sábado, 7 de marzo de 2009

Los instintos ¿están para ser reprimidos?

La mayoría de los «opinadores» en temas psicológicos dicen que tenemos dos instintos principales: el de auto-conservación y el de reproducción (sexual). Una minoría agrega un tercer instinto que es el de poder (o apoderamiento).

Este último —del que se ha hablado menos—, se manifiesta por la fuerza que aplica el ser humano para cancelar sus necesidades, tratando de apropiarse de los objetos y personas que lo rodean.

Quienes agregan este tercer instinto se fundamentan en la visible actitud de los niños de llevarse cosas a la boca, de tomar entre sus manos, de mirar con avidez aquello que les llama la atención y que suponemos que desearían poseer. En la adultez se profundiza esta intención aunque se somete a las reglas de convivencia.

Claro que estos (supuestos) tres instintos después entran en conflicto con los mismos tres instintos de los demás. Acá surge la competencia y no todos logran satisfacer su instinto de poder (o apoderamiento).

Si fuera cierta esta suposición de los tres instintos, podríamos observar que en esa competencia de todos contra todos para ver quién logra satisfacer mejor sus instintos, observamos que la represión social se ejerce en el siguiente orden:

1º) El instinto más fuertemente reprimido es el de poder o apoderamiento. Una prueba de ellos es que son muy pocos los que toman decisiones y son pocos los ricos;

2º) El segundo instinto más reprimido es el sexual. Por algún motivo la mayoría de las colectividades condenan el deseo sexual e imponen severas normas morales. Se prohíbe terminantemente el incesto y a la sexualidad fuera de una pareja monogámica se la considera inconveniente;

3º) Felizmente, el tercer instinto, el de auto-conservación, está siendo bien tolerado y nuestras colectividades no han decidido restringirlo.

Observen cómo el instinto 1º) más fuertemente reprimido puede ser una causa más (no la única) de nuestra pobreza.

●●●

viernes, 6 de marzo de 2009

Soy pobre por tu culpa

Es muy probable que cuando un niño aburrido en una tarde de lluvia se entretenga practicando fútbol en el bazar donde trabaja la madre, alegue que el jarrón se rompió porque fue tirado por la pelota.

Frecuentemente somos testigos de cómo algunas personas pretenden lavarse las manos cuando un damnificado por su torpeza, mala suerte o negligencia, le exige una indemnización.

Parecería ser que el origen de esta flagrante evasión del irresponsable surgiría en los primeros días de vida.

El pequeño siente hambre, llora y la mamá corre a darle su leche. En ese momento, el niño carece de las funciones más elementales del pensamiento, pero imaginen la siguiente escena:

Un señor llega al auto estacionado, ve que alguien chocó contra él y le estropeó la carrocería. Indignado comienza a vociferar y desde la multitud sale un señor que muy solícito ofrece pagarle la reparación de los daños. Obviamente que todos pensaremos que éste fue el responsable del accidente.

Por lo tanto, es probable que de alguna manera quede registrado en nuestra memoria desde la más tierna infancia que si alguien se ofrece rápidamente a solucionar nuestras dolorosas necesidades (generalmente mamá), ese alguien sea el responsable de ellas.

Luego, si nuestro pensamiento adulto está configurado para razonar en estos términos, es probable que tengamos enormes dificultades para trabajar y ganar dinero, porque algo nos estará diciendo en el fondo del corazón que no somos responsables de nuestra necesidad.

●●●

jueves, 5 de marzo de 2009

Casamiento laboral

Les he comentado recientemente que al nacer con dolorosas necesidades impuestas por la agresiva naturaleza, es nuestra mamá quien las alivia, a partir de nuestro pedido-exigencia (llanto), desarrollando de esta forma la estrategia de pedir-exigir mediante algún método que «estimule» a nuestro proveedor y generándose en nosotros lo que será nuestro sentimiento de amor (hacia quien dé satisfacción a nuestras necesidades).

Condensado en un sólo párrafo tenemos varias ideas que están en el núcleo de nuestra habilidad para sobrevivir.

Pues bien, llegamos a nuestra adultez, terminamos nuestros estudios, las hormonas nos apremian para que busquemos con quién reproducirnos y surge la necesidad de ganar dinero para mantener a la familia que formaremos.

Aquellas ideas primarias del primer párrafo, procuraremos reciclarlas para que se adecuen a nuestro nuevo rol social: joven interesado/a en formar una familia.

Necesitaremos «una mamá proveedora» que podrá ser un empleador que nos dé trabajo o un emprendimiento por nuestra cuenta (empresa o profesión).

Pediremos-exigiremos un salario digno o una ganancia razonable. Tendremos que negociar, estimular al otro para que esté dispuesto a darnos aquello que calmará nuestra necesidad de dinero.

Estas comparaciones tienen un faltante: En el primer párrafo vemos que el amor surge ante el buen cumplimiento de la proveedora pero en el caso del empleador o de nuestra empresa, ese sentimiento está presente en quienes realmente aman su trabajo, su empresa o su profesión.

La ausencia de este sentimiento genera la «pobreza patológica».

●●●

miércoles, 4 de marzo de 2009

Quien mata primero, come

El instinto de conservación nos impone dos criterios bien fáciles de comprender:

1º. Necesitamos comer.
2º. Necesitamos no ser comidos.

Con el 1º estoy abarcando todo lo que necesitamos del mundo exterior. Tanto sea comer un vegetal, abrigarnos con la lana de una oveja, que alguien seque amorosamente nuestras lágrimas.

Con el 2º estoy abarcando todo lo que tenemos que evitar para que otros no pongan en riesgo nuestra existencia. Debemos evitar que un león nos coma, que alguien robe nuestro abrigo, que alguien abuse de nosotros (explotación, violación, injusta culpabilización).

Lo que tienen en común estos dos criterios que nos impone nuestro instinto de conservación es la agresividad, en un caso aplicada por nosotros y en el segundo recibida de otros.

Existe un proverbio que nos paraliza: «No le hagas a los demás lo que no quieras que otros te hagan a ti».

Si aceptamos que la naturaleza nos obliga a matar para poder comer (un vegetal o un animal), y que tenemos que exigir (mediante el llanto, la reclamación gremial, la demanda judicial) que otros nos entreguen lo que necesitamos, estamos haciendo contra otros lo que no querríamos padecer.

Sin embargo, no hay más remedio que transgredir esa norma de hierro, haciéndole a los demás (vegetales, animales, personas) lo que no nos gustaría que nos hicieran.

La naturaleza nos obliga a ser incoherentes o estamos definiendo mal qué es ser incoherente.

●●●

martes, 3 de marzo de 2009

La naturaleza es hermosa pero antipática

Una vez terminado el período de gestación (9 meses y más exactamente 40 semanas), se termina la etapa en la que tenemos todo solucionado y comienza el penoso período en el que padecemos necesidades (hambre, sueño, evacuación, conservación de la temperatura corporal, etc.).

Sólo hay dos manera de terminar con las agresivas necesidades: satisfaciéndolas o muriéndonos.

Las dos soluciones son bastante agresivas porque prácticamente se reducen a una sola (satisfacerlas) pues la otra (morirnos) es impensable.

Estas son las reglas de juego básicas con las que entramos a la vida y que se conservan hasta el último día en que la propia naturaleza se encarga de solucionarnos definitivamente el problema de las necesidades matándonos.

¿Por qué los niños no deben trabajar? Porque el régimen de estrés que demanda cumplir una tarea remunerada no sería soportada por una personalidad tan poco desarrollada.

Ellos adquieren la resistencia a lo largo de muchos años de experiencia, práctica y entrenamiento, en los juegos con otros niños, en el sistema educativo donde año a año se establece un gradualismo saludable en las exigencias y en su hogar donde se le van asignando roles progresivamente más complejos (y que ellos asumen total o parcialmente).

En suma: La vida se nos presenta como muy agresiva, es amenazante, cruel, drástica, despiadada, pero puede ser vivida satisfactoriamente siempre y cuando hayamos podido desarrollar una personalidad que la resista.

●●●

lunes, 2 de marzo de 2009

Ven, lleva y tráeme. ¡Ahora!

La mayoría de los seres vivos pasamos por dos etapas que en los humanos llamamos niñez y adultez.

En la niñez completamos el desarrollo de las funcionalidades inmaduras y en la adultez, con todas las funcionalidades desarrolladas, podemos fundar una familia y reproducirnos.

No sé qué sucede en otras especies, pero al menos en la humana, siempre nos quedan algunas particularidades de la niñez.

Como de todo esto se sabe muy poco, andan por ahí teorías que intentan explicar nuestro afán de poder: En general las personas queremos organizar nuestro entorno a nuestro antojo, queremos que los demás nos obedezcan, nos enoja cuando alguien no nos obedece o, peor aún, pretende darnos órdenes.

Alguna de esas teorías propone que el maravilloso bienestar de la vida intrauterina y de la niñez, donde nos creemos muy poderosos y nuestra fantástica imaginación nos permiten ser protagonistas de aventuras extraordinarias, puede llegar a la adultez y hacernos actuar en consecuencia.

Los adultos podemos sentirnos omnipotentes, persistir con nuestro alocado afán de gobernar a los demás y con la pretensión de que los demás nos pertenezcan con actitud servicial ... como lo sentimos con nuestra madre.

Aunque sea obvio, igual lo digo: Un adulto que no esté al servicio de sus empleadores o clientes está condenado a la «pobreza patológica».

●●●

domingo, 1 de marzo de 2009

El feto millonario

Ayer decía en Retorno al Paraíso que procuramos alcanzar un estado ideal que no sería otra cosa que un recuerdo inconsciente de una vida intrauterina libre de malestares.

Para acceder a esa vida perfecta —libre de preocupaciones, de molestias, de angustia, de incertidumbre, en una paz completa—, podemos suponer que el camino adecuado es tener mucho dinero.

Es fácil suponer que con el dinero se resuelve todo (lo cual es parcialmente cierto). Por esto es posible que algunas personas dediquen todo su esfuerzo a obtener la mayor cantidad de dinero posible.

Cuando esa perfección buscada no sea otra cosa que un recuerdo inconsciente, realizaremos inútilmente un esfuerzo real para alcanzar una situación imposible (la vida intrauterina), desembocando por esta vía en la “pobreza patológica”.

●●●