lunes, 7 de noviembre de 2011

La felicidad deprimente

El entusiasmo puesto en buscar una felicidad llena de alegría puede atemorizarnos llevándonos a la depresión.

Estamos de acuerdo en que el objetivo de cualquiera de nosotros es ser felices, intensamente felices, durante el mayor tiempo posible.

Dentro de este gran grupo de aspirantes a la felicidad, se incluye una mayoría que piensa que ser felices significa estar contentos, alegres, sin dolores, descansados, sin hambre, entretenidos y no incluye lo contrario: estar tristes, cansados, molestos, aburridos.

Cuando comparamos estas expectativas con lo que realmente nos ocurre diariamente, tenemos que reconocer que la situación es un poco frustrante pues los momentos de felicidad perfecta son escasos, raros, infrecuentes.

Los espíritus optimistas que anhelan la felicidad suelen estar acompañados de algunas fantasías de omnipotencia, al punto de decir, intentar, practicar y aconsejar que «querer es poder».

Esta aspiración a ser felices que tenemos la mayoría, cuando la sentimos acompañada de optimismo y omnipotencia, nos provoca el temor a que nuestro poder mental nos conduzca a enloquecer de alegría, de amor, que nuestra energía sea desbordante, incontrolable, autodestructiva.

Estas ideas, sensaciones, creencias y fantasías suelen ser utilizadas por la publicidad cuando se nos informa que un empresario se volvió loco y está vendiendo todo a precios insólitamente bajos (a menos del costo).

Cuando percibimos esta promoción,

— se despierta nuestra ambición e intentamos aprovecharnos (depredar, explotar, abusar) del supuestamente loco, descontrolado y dispuesto a perder en nuestro beneficio;

— se despierta nuestro temor a caer en el estado de enajenación del «desdichado comerciante» y eso nos hace huir emocionalmente de ese estado que nos había propuesto con optimismo buscar y conservar la felicidad plena de alegría, de hiperactividad, de entusiasmo, impulsándonos al polo contrario;

— por este recorrido, en forma temerosa y preventiva, nuestro ánimo se refugia en la tristeza, el miedo, la inactividad, la depresión.

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domingo, 6 de noviembre de 2011

Cuanto peor, mejor

Por «selección adversa» puede entenderse esa extraña predisposición que tienen algunas personas a elegir frecuentemente lo que menos los beneficia y mejor los perjudica.

Podríamos denominar «selección adversa» al acto de elegir lo peor.

Al leer esta afirmación no podemos perder de vista que el vocablo «peor» es un «adjetivo comparativo de malo», o sea que es una opinión, una apreciación subjetiva y personal de cada uno.

En otro artículo (1) les comentaba algo que nos ocurre cuando preferimos dedicar nuestra atención precisamente a quienes menos se fijan en nosotros.

Por si alguien no cree en eso de «perder el tiempo» con quienes menos chances tenemos de lograr algún beneficio, observemos qué ocurre con algunas fotografías muy seductoras (imagen) en las que el modelo seduce porque está mirando hacia un costado, dejándonos fuera de su campo visual, de su interés.

Esta tendencia que nos caracteriza tiene algún parentesco con hacer hincapié en el muy conocido «medio vaso vacío».

No importa que estemos viviendo un período de bonanza económica, política y climática, si nuestro mejor jugador de ping-pong salió segundo en el campeonato sub-regional de esa especialidad.

Hace un tiempo les había comentado la importancia que tienen las carencias para que nuestro fenómeno vida no se interrumpa (2).

En suma 1: somos expertos en realizar la paradójica «selección adversa» que mencioné al inicio.

Imaginemos por un momento qué ocurriría con las respectivas economías, si los países petroleros de tierras muy áridas, dedicaran sus mayores esfuerzos a la agricultura y a la ganadería.

Lo que en economía se denomina «ventaja comparativa» es precisamente aplicar más esfuerzo en lo más rentable y menos esfuerzo en lo menos rentable.

Parece muy sencillo, obvio, inapelable, pero nuestra lógica individual suele reaccionar al revés.

En suma 2: Algunas pobrezas patológicas pueden ser causadas por una extraña «selección adversa».

(1) ¿El dinero persigue a quienes lo desprecian?

(2) Los perjuicios de las donaciones

Artículos vinculados:

Sacrificio: ¿clave del éxito?

La parábola del hijo avivado

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sábado, 5 de noviembre de 2011

¿El dinero persigue a quienes lo desprecian?

El desprecio del amor recibido y el empecinamiento con el amor esquivo, pueden aplicarse a la relación con el dinero.

Los humanos somos complicados o los humanos somos tan poco inteligentes que no nos entendemos.

Algunas personas, auto observándose, han intuido, entendido, concluido, que están más enamoradas y por más tiempo de quienes las tratan con indiferencia mientras que, por el contrario, sienten desprecio por quienes las tratan con interés, amor, consideración.

Lo digo de otra forma: A veces uno se da cuenta que ama más cuando no es correspondido.

Por último, el humorista norteamericano Groucho Marx (1890 - 1977), habría dicho: «Me niego a pertenecer a un club que me acepte a mí como socio».

Esta actitud, que parece interesada en reforzar las frustraciones afectivas como estilo de vida, nos permite suponer otra hipótesis que explique algunas pobrezas no deseadas.

Recordemos que nuestro cerebro piensa que todo tiene características humanas porque nuestra propia percepción del entorno es inevitablemente humana (1).

Dada la cantidad de usos que tiene el dinero, es posible pensar que para muchas personas es algo más que un instrumento inerte, carente de intenciones, voluntad y poder.

Muchas personas consideran que el dinero tiene algo humano, así como puede llegar a pensar en términos poéticos que el sol y la luna forman un matrimonio, o que el reloj informa la hora que se le antoja.

Quienes no corresponden el amor recibido sino que, por el contrario, tienden a despreciarlo para concentrar todo su esfuerzo en conquistar el amor más esquivo, pueden desarrollar la estrategia de despreciar el dinero porque creen que el desprecio es atractivo y que el dinero, al verse despreciado (¿?), se empecinará en conquistarlos, vendrá a buscarlos, se meterá en sus bolsillos... como hacen ellos mismos con quienes los tratan con indiferencia.

(1) «La naturaleza piensa como yo»

La naturaleza es una monarquía absolutista

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viernes, 4 de noviembre de 2011

Cuando la madre ama la riqueza del padre

La pobreza recorta las libertades como una cárcel. Algunas personas empobrecen para impedir la posibilidad de que los deseos incestuosos tengan satisfacción.

Los institutos penitenciarios, las cárceles y las empresas de reclusión, existen para evitar que alguien que cometió una falta grave, un delito, un crimen, reincida.

Después de pasar por el calvario autogenerado por la responsabilidad, la moral y la ética, son muy pocas las personas que volverían a cometer un delito. El arrepentimiento nos provoca un autocastigo ejemplarizante.

Por lo tanto, la privación de libertad no sería necesaria para la mayoría de los infractores primarios (los que cometen un delito por primera vez).

Sin embargo, como somos incapaces de saber en qué medida la falta grave fue por error, como ignoramos el grado de arrepentimiento del inculpado, como en estos casos es preferible desconfiar a ser crédulos, mandamos a la cárcel a todos los que transgredieron las leyes penales.

En otro artículo (1) les comentaba que la mayoría resuelve la tentación a transgredir que nos imponen algunos deseos, reprimiendo esas diabólicas ideas (olvidándolas, sepultándolas en el inconsciente), pero que una cantidad importante de gente cree resolver al problema de una manera costosa, cruenta y muy perjudicial para sus intereses.

Les comentaba que ciertas personas imaginan que sus deseos prohibidos están radicados en la vesícula biliar, o en un tramo del intestino, o en la dentadura, y por eso, sin saberlo «se hacen extirpar» el órgano «maldito», creyendo que de esta manera «extirpan» los deseos prohibidos.

Otras personas pueden pensar que el padre se acuesta con la madre porque es quien tiene dinero.

Cuando el inconsciente de alguien se maneja con esta suposición, es probable que procure tener mucho menos dinero que su padre para evitar de ese modo que los deseos incestuosos puedan realizarse.

(1) Cirugía para deseos prohibidos

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jueves, 3 de noviembre de 2011

La rentabilidad negativa de un hombre bomba

La energía humana (laboral, intelectual, deportiva), es útil sólo si se aplica inteligentemente pero inútil o contraproducente en cualquier otro caso.

Muchos recordarán una anécdota de autor anónimo según la cual un empresario solicitó la asistencia de un experto en reparar su compleja maquinaria.

Cuando el trabajador llegó provisto de un pequeño martillo, pidió que se pusiera a funcionar el mecanismo defectuoso, escuchó como un músico afinando su instrumento, golpeó un caño y el inconveniente quedó solucionado.

Los honorarios llamaron la atención del cliente quien reclamó argumentando que no podían cobrarle mil dólares por dar un golpecito, ante lo cual el profesional rompió la factura reclamada y redactó otra con un desglose:

— Martillazo: U$S 1.-
— Saber dónde golpear: U$S 999.-

Ocurre muy a menudo que los jóvenes, generalmente llenos de ideales, energía y entusiasmo, creen durante muchos años que el dinero se gana poniendo buena voluntad y mucha energía, ... que son los recursos que ellos poseen en abundancia por razones fundamentalmente biológicas (juventud).

La actitud suele dar resultados moderados, escasos, nulos o desmoralizantes.

El nuevo trabajador sale al mercado laboral cargado de entusiasmo, especialmente estimulado porque también tiene muchos deseos de formar una familia, de divertirse, de triunfar.

Visto de afuera, este nuevo trabajador no solamente tiene muy poco para ofrecerle a los potenciales clientes o empleadores sino que hasta puede ser considerado un peligro.

Lo comparo con los explosivos (pólvora, dinamita, nitroglicerina) que pueden ser usados en forma útil para mover tierra y rocas o en fuegos artificiales, pero que si explotan descontroladamente se convierten en mortíferos.

En suma: Las personas dotadas de mucha energía sólo pueden ganar dinero en el caso que la apliquen cuando, como y donde sea útil para alguien, durante el tiempo que la función lo requiera.

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ignorar para no sentirse culpable

Los seres humanos explotamos la naturaleza sin excluir a nuestros semejantes.

Ningún presupuesto familiar se mantiene equilibrado mediante el ahorro, pero convengamos en que la austeridad, la evitación de gastos superfluos y contando cuidadosamente el dinero que damos o cobramos, hacemos una contribución significativa.

El regateo (pugna, tira y afloje, solicitar la rebaja de los precios) es cultural. En algunos países es casi obligatorio y en otros es una pérdida de tiempo, una ofensa causante de enojo.

Donde la práctica es habitual, la compra-venta es considerada un acto social, en el que los participantes se brindan generosas argumentaciones y atractivos espectáculos teatrales, que buscan llegar a un acuerdo con pasión erótica.

En estas culturas, quienes no regatean son vistos como personas frías, indiferentes, antisociales, obscenos derrochadores y si fuera posible, habría que negarles la venta.

Cuando la cultura reinante excluye el regateo, el razonamiento es muy distinto.

El comprador pregunta el precio, el vendedor se lo informa:

— Si el comprador insinúa que es muy caro, el vendedor se ofende porque interpreta que lo están tratando de abusador, estafador o ladrón.

— Si el vendedor cede y hace la rebaja del precio que le pidió el comprador, este no concreta la compra porque interpreta que el vendedor es deshonesto pues hizo un intento de cobrarle de más.

Cada uno de nosotros tendrá su predilección pero quizá no sería razonable afirmar que una de las dos costumbres está bien o mal pues ambas están en sintonía con su respectivo contexto cultural.

En suma: Es sensato no gastar de más y pagar lo mínimo, con lo cual podemos concluir que el deseo de explotar al semejante (ya sea comprador o vendedor) es inherente a la condición humana.

Quienes piensan que la explotación es odiosa, negarán poseer esta característica para poder ejercerla inconsciente e irresponsablemente.

Artículos vinculados:

La esclavitud de los animales no humanos

La explotación es comparable a una violación

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martes, 1 de noviembre de 2011

El desplazamiento de la energía sexual

Los temores a la actividad sexual suelen resolverse aplicando la energía generada por ese deseo en actividades igualmente apasionantes.

Algunos varones temen disfrutar de una felatio (excitación del pene con la boca) por temor a que el partenaire (quien practica la felación) tenga un repentino ataque de epilepsia y cause una accidental castración.

Algunos varones temen practicar el coito vaginal por temor a que la mujer los castre con una imaginaria dentadura de la vulva.

El orgasmo es evitado, demorado o aplacado en su intensidad cuando la persona teme que le estalle el corazón, que explote todo su cuerpo o que enloquezca de forma irreversible.

Estas fantasías atemorizantes son algunas de las que suelen dificultar una vida sexual plena.

Aunque algunos profesionales se ganan la vida asistiendo a quienes consultan para resolver estos inconvenientes, la mayoría de los potenciales pacientes resuelven el asunto de otra forma.

En un artículo de reciente publicación (1) les decía que algunas personas famosas por su desempeño excepcional, llegan a esas proezas presionados porque suponen que con menos esfuerzo no tendrían el amor que necesitan. Temen ser ignorados, abandonados, despreciados.

Los temores personales al goce sexual mencionados más arriba también generan el impulso a gozar intensamente con alguna otra actividad que les reporte un placer lo más parecido posible al sexual que prefieren evitar.

Las actividades útiles para reemplazar al coito son aquellas que también ofrezcan una fuerte intensidad emocional y corporal.

Tres de ellas son la actividad política, la pasión deportiva y la lucha sindical.

Si observamos el entusiasmo puesto en juego en estos ámbitos, no necesitaremos exigir nuestra imaginación para entender que esas personas (mayoritariamente varones, temerosos de una castración orgánica), teatralizan con ardor, ímpetu, efusión, fogosidad, exaltación, actos que en su origen tienen la matriz (molde, modelo, origen) sexual.

(1) La sublimación por miedo

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