Aunque parezca insólito, fue una tía, (hermana
de mi mamá), quien me dio las primeras ideas sobre cómo es la sexualidad
adulta.
Yo tenía 8 años y ella me había sorprendido en
una especie de autoerotismo, me puse muy nervioso, comencé a llorar, ella me
abrazó, nos sentamos en un banco de mármol que había en el jardín de mi casa y,
cuando hube recobrado la tranquilidad, inició lo que fue para mí la
introducción a la sexualidad adulta.
Ella sabía mucho de hombres porque mi abuela,
mujer delgada, nerviosa, muy gritona y reprimida, se lo pasaba amonestándola
cuando mi tía llegaba de madrugada, siempre en un auto distinto, acompañada por
alguien también diferente, de quien se despedía como si ya estuvieran por
casarse.
Cuando terminé mi doctorado en prácticas
eróticas en la Universidad de la Vida, seguí pensando en la sabiduría de
aquella mujer, quien nunca más vi porque ingresó en una religión que
prácticamente secuestraban a las novicias.
Ella misma me hacía caricias de diferente
manera y me decía, paso a paso, qué sensaciones estaba teniendo en mi cuerpo.
En cierta ocasión, quizá no tenía ganas de
hablar sobre el tema de su especialidad, me dijo algo que aun recuerdo muy
bien, como podrán constatar cuando se los cuente.
Ella, como pensando en voz alta, dijo:
—
Guillermito, hay un antiguo refrán que dice: «Vale más malo conocido que bueno
por conocer», por lo tanto, si me prometes que no se los dirás a tu madre, debo
decirte que la sociedad en la que vivirás se guiará más por tu fama que por tus
auténticos valores. Preocúpate por conservar tu buen nombre que nunca te
faltará bienestar.
(Este es el Artículo Nº 1.770)
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