lunes, 26 de agosto de 2013

No sabemos por qué nos aprecian




Generamos hipótesis, teorías, conjeturas, que intentan explicar por qué a veces nos aPRECIAn mucho y otras veces nos aPRECIAn poco.

Imaginemos la siguiente situación:

Un comerciante se dedica a vender, por ejemplo, pan.

Como ocurre con todos ellos, la mentalidad de este comerciante es ganar la mayor cantidad de dinero posible, por lo tanto se mantendrá atento a no perder ninguna oportunidad de ganar más y más.

El día lunes abre su comercio a la hora 7:00 y pone en la pizarra el mismo precio con el que cerró su comercio el sábado anterior. Por ejemplo, $ 10.-

Comienzan a llegar los primeros clientes y todo transcurre como habitualmente.

Sin embargo, a partir de la hora 15:00, la afluencia de público es mayor y cada uno quiere comprar más cantidad que lo habitualmente.

El comerciante entiende que es oportuno subir el precio para, de esa manera, vender la misma cantidad de pan que vende habitualmente pero ganando más dinero.

Comienza a subir el precio lentamente y, como era de esperar, los clientes ya no son tantos y cada uno vuelve a comprar lo que siempre acostumbraban comprar, pero resulta que ahora pagan más dinero y el comerciante, vendiendo la misma cantidad de kilos por día, gana más dinero.

Este comerciante tiene una larga experiencia y hace años que dejó de interrogarse filosóficamente sobre ¿por qué los compradores tienen mayor o menor interés por la misma mercadería?

Pero no todos disfrutamos de esa filosofía tan pragmática y es por eso que no paramos de generar hipótesis, teorías, conjeturas, que intentan explicar, con diferente grado de credibilidad, por qué los precios suben y bajan, pero sobre todo, por qué los demás a veces nos aPRECIAn mucho y otras veces nos aPRECIAn poco, si, aparentemente siempre somos los mismos.

Respuesta: no se sabe.

(Este es el Artículo Nº 1.983)

domingo, 25 de agosto de 2013

La pobreza patológica solo puede ser autodiagnosticada



 
Pobre patológico es quien así se autodiagnostica. Las opiniones ajenas son insuficientes para determinar qué nos conviene a cada uno.

Les he comentado que soy quien (o uno más de quienes) utiliza el concepto pobreza patológica para designar aquella situación económica deficitaria que infructuosamente desearía ser mejorada por quien la vive.

Por algunos comentarios que he recibido reiteradas veces considero que es oportuno hacer este artículo en el que pretenderé precisar algo relativamente importante.

Alguien es un pobre patológico si, y sólo si, él mismo se define como tal. La opinión que otros podamos tener sobre su estilo de vida sólo cobra valor si es ratificada por quien está en esa situación.

Por ejemplo, alguien puede decir que Juan Pérez es un pobre patológico porque lo ve habitando una casa precaria construida en un terreno inundable cada vez que las lluvias son especialmente abundantes.

Aunque esa opinión referida a Juan Pérez sea compartida por muchos, incluidos experto en economía, arquitectura, urbanismo, antropología, filosofía, psicología, sociología, Juan Pérez no es un pobre patológico si él no confirma estar disgustado con su situación económica, si no confirma que ha hecho esfuerzos denodados por mejorarla sin obtener resultados positivos.

Esto es así porque a todos nos pasa que, sin querer, sin darnos cuenta, automáticamente, nos ponemos como modelo de referencia.

Nos creemos ejemplos imitables porque siempre hacemos lo más que podemos para hacer todo bien y quedamos convencidos que la nuestra es la única manera de «hacer todo bien».

Nuestra inteligencia es incapaz de reconocer y aceptar que existen formas de vivir tan buenas como la nuestra.

Por esta dificultad de nuestro cerebro es que Juan Pérez tiene la última palabra en el diagnóstico SU pobreza patológica. Ninguno de nosotros está capacitado para determinar qué le conviene y cuáles deben ser sus preferencias.

(Este es el Artículo Nº 1.982)

sábado, 24 de agosto de 2013

Somos sedentarios pero no queremos vegetar



 
Tenemos hábitos sedentarios pero no podríamos afirmar que «Vivir maquinalmente con vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas», sea productivo.

No sé hasta qué punto «saber» es algo útil, pero adhiero al prejuicio generalizado según el cual «saber es beneficioso».

Probablemente el conocimiento es algo que enriquece el instinto de conservación, dotándolo de mayores referencias de las que tenemos al nacer.

Lo que parece seguro es que algunas personas disfrutamos sabiendo, averiguando, investigando.

Por lo tanto «saber» es divertido para algunos y eventualmente útil para todos.

Sin ir más lejos, de la palabra «vegetar» se dice: «Dicho de una persona: Vivir maquinalmente con vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas.» (1). Dentro de la misma entrada, se dice: «Disfrutar voluntariamente vida tranquila, exenta de trabajo y cuidados.»

Tomando en cuenta estas definiciones, podría decirse que el estilo de vida mayoritario, en tanto casi todos somos sedentarios y no somos nómadas, nos induce a «vegetar».

Por ejemplo, para muchas personas es importante tener una vivienda propia y, si fuera posible, también ser dueños de una vivienda alternativa, para los períodos de vacaciones, en algún lugar turístico.

Razonablemente, estas propiedades que procuramos tener pertenecen a la categoría «Bienes inmuebles» o «Bienes raíces», con lo cual nos aproximamos al concepto «vegetar» para «disfrutar voluntariamente vida tranquila...».

Nuestras mentes intuyen que la movilidad animal es más productiva que la fijedad vegetal, pero nuestras mentes, ¿no estará equivocadas?

Casi todos tenemos la proclividad a creer que el sentido de la vista es el más confiable, («Si no lo veo no lo creo»), pero este sentido depende de la movilidad para poder ver los cambios.

En suma: Tenemos hábitos claramente sedentarios y vegetales, pero no podríamos afirmar que «Vivir maquinalmente con vida meramente orgánica, comparable a la de las plantas», sea provechoso.

 
(Este es el Artículo Nº 1.981)


viernes, 23 de agosto de 2013

La mujer que mantiene a un vividor




La mujer que sostienen económicamente a un hombre desearía haber nacido varón para no frustrar a sus padres.

Según las estadísticas, que figuran en Internet, hay muchos más ricos que ricas. Parecería ser que el poderío económico elige al sexo masculino mientras que las mujeres sólo excepcionalmente disponen de grandes fortunas.

Sin embargo, es relativamente frecuente la existencia de «vividores», entendiendo por tales a los varones que se las ingenian para ser mantenidos por alguna mujer.

El adjetivo «vividor» quizá no se entienda en algunos pueblos, pero el Diccionario de la Real Academia nos agrega otros de uso más universal: Sableador, gorrón, parásito, aprovechado.

¿Qué puede influir en una mujer para que dedique su esfuerzo a mantener a un parásito que se aprovecha abusivamente de ella?

Una hipótesis psicoanalíticamente aceptable es la siguiente:

Cuando un hombre y una mujer fecundan a un nuevo ser pueden estar ilusionados con una determinada expectativa en cuanto al sexo que tendrá el hijo.

Durante milenios, y en casi todos los pueblos, el sexo preferido fue el masculino. Desde mi punto de vista esta preferencia estuvo favorecida porque son varones quienes «mueren por la patria», sobre todo cuando los reyes, tiranos y gobernantes fueron tan belicosos que vivían en guerra contra algún otro pueblo.

Si esto fuera cierto, el privilegio de ser el hijo preferido de los padres más obsecuentes para con los gobernantes tiene una contracara trágica, esta es, la muerte violenta y prematura como carne de cañón de los líderes guerreros.

Algunas niñas de esas culturas machistas pueden anhelar inconscientemente ser varones. Para gozar con esa fantasía las vemos viviendo con un varón que actúa como la mantenida de un hombre rico.

Es probable que la mujer que sostiene económicamente a un hombre deseara haber nacido varón para no frustrar a sus padres.

(Este es el Artículo Nº 1.980)

jueves, 22 de agosto de 2013

No querer quizá sea no poder



 
Probablemente «No querer es no poder». Si nuestra vocación fuera la de ser ricos, sería poco probable que pudiéramos evitarlo.

Diré una verdad indiscutible: quienes no juegan a la lotería jamás obtienen su premio mayor.

¡Vaya novedad! ¡Es más que obvio!

Pero, ahora agrego algo igualmente obvio pero menos aburridor: quienes nunca se postulan para ejercer roles de poder político jamás logran acceder a puestos de gobierno.

Por analogía podemos decir lo mismo de quienes no se postulan para ejercer roles de poder económico: jamás logran crear por sí mismos grandes patrimonios.

En varias ocasiones he mencionado la opinión que se opone a la consigna: «Querer es poder». Me parece que el voluntarismo es un delirio provocado por quienes abusan de la esperanza y terminan embriagándose con ella.

Sin embargo, en algo podemos ponernos de acuerdo: Estaría dispuesto a reconocer que «No querer es no poder». El realismo aumenta cuando el voluntarismo se expresa en términos negativos.

Así como decía en el primer párrafo que no es posible ganar a la lotería sin hacer apuestas, tampoco es posible hacer algo que no queremos hacer: si no queremos enriquecer es bastante probable que logremos no enriquecer.

Parecería que es mucho más fácil y probable dejar la realidad como está que cambiarla.

No solo el ser humano se resiste a los cambios, la realidad tampoco quiere que la modifiquen. Por esto es que la consigna «Querer es poder» casi nunca funciona mientras que su opuesta, «No querer es no poder», tiene más chances de cumplirse.

Podríamos pensar que forma parte de esa realidad que se resiste a los cambios, que cada uno de nosotros tenemos una cierta forma de ser natural, vocacional, que no podemos cambiarla voluntariamente: Si nuestra vocación fuera la de ser ricos, sería poco probable que pudiéramos evitarlo.

(Este es el Artículo Nº 1.979)