El orgullo (patriótico, racial, intelectual, ideológico, partidario, gremial) anula la humildad necesaria para aprender, capacitarse, estudiar.
Las teorías confabulatorias son todas aquellas que tienen como principal componente la hipótesis de que algunas personas malignamente conspiran para obtener ciertos beneficios en perjuicio de otros.
Aunque no es posible confirmar estas teorías, suelen ser realistas en la medida que todos queremos beneficiarnos «caiga quien caiga» y sólo a último momento, la educación pero sobre todo los castigos legales, nos disuaden y nos abstenemos escrupulosamente de provocar reacciones defensivas que podrían causarnos pérdidas en vez de la ganancia que buscamos.
Algunas veces he sugerido en este blog (dedicado a la búsqueda de las causas de la pobreza involuntaria) que somos persuadidos cristianamente para que repudiemos la riqueza ... y de esa manera facilitarle el acaparamiento a quienes financian esa propaganda.
Poseído por esa actitud emocional (imaginar fantasmas conspiradores) hoy les comento que otra forma que tenemos de actuar en contra nuestra (e indirectamente a favor de los más privilegiados) es siendo orgullosos, es decir, no siendo humildes.
Imaginen esta situación:
Aparece en escena un hombre, golpea las manos para llamar la atención y nos dice: «A ver, vengan para acá que intentaré sacarlos de la ignorancia».
Antes de que empiece con lo que tiene para decir, reaccionaríamos con el orgullo herido.
Aunque no sea explicitado, todo alumno es considerado alguien que no sabe y todo maestro es considerado alguien que sabe.
La situación estudiantil inevitablemente marca estos roles jerárquicamente diferentes, asimétricos, diferenciadores.
En suma: Los saboteadores de los pobres son aquellos que alientan el orgullo de clase, de raza, de ideología, de hincha deportivo, de patriotismo. Ese orgullo impide aceptar que tenemos que estudiar para no ser mascotas de gobernantes, líderes, empresarios, quienes sí tienen humildad para capacitarse (sólo para capacitarse).
●●●






