miércoles, 31 de agosto de 2011

La represión de las coincidencias

Porque nuestro cerebro hace comparaciones y asociaciones, resulta que la represión sexual indirectamente termina inhibiendo las «coincidencias» (acuerdos, contratos, negociaciones, pactos, alianzas).

El psicoanálisis propone que nuestro cerebro produce comparaciones, analogía, equivalencias, asociaciones y otras funciones más que implican apartarse de la realidad material, de la percepción objetiva.

Por ejemplo, pensamos que la justicia se parece a una balanza de dos platillos porque este instrumento de medida funciona tomando en cuenta la igualdad de los pesos y la justicia trata de que todos seamos iguales ante la ley para que nadie tenga más «peso» (privilegios) que otros.

Decimos que la balanza simboliza a la justicia.

Por similares motivos decimos que las palomas simbolizan la paz y el amor, la hoz y el martillo a los trabajadores rurales e industriales según la visión comunista.

Los símbolos son abundantes y variados, pero se parecen en que provocan en nuestro cerebro significados colaterales al más explícito (una balanza no es más que una balanza).

He mencionado otras veces (1) que lo único que tenemos que hacer los humanos, al igual que los demás seres vivos, es conservar la vida —individual y de la especie—.

Porque esto es lo único que tenemos para hacer, la sexualidad es la función más importante pues de ella depende la conservación de la especie.

Los humanos tenemos dos características que combinadas generan un resultado digno de comentario.

1º) Para los humanos es muy importante ponernos de acuerdo, negociar, resolver los conflictos que tenemos con los demás y con nosotros mismos.

2º) Los humanos reprimimos culturalmente nuestra sexualidad.

Buscar «coincidencias» tiene en el coito (coincidencia del pene y la vagina) la simbolización perfecta, pero como la cultura reprime la copulación, también tenemos conflictos por la represión sexual pues, indirectamente son reprimidas las coincidencias.

(1) La compulsión a la repetición

La gestación de hijos ideales

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martes, 30 de agosto de 2011

La omnipotencia de quien duerme con el enemigo

Muchas personas respetables se creen capaces de desempeñar roles que tienen intereses contrapuestos en un gesto de omnipotencia frecuentemente ignorado.

En varios artículos he compartido con ustedes algunos comentarios sobre dos creencias (supuestos, premisas, prejuicios) bien interesantes que utilizamos los humanos sin prestarle atención, como si fueran verdades incuestionables.

Me refiero al libre albedrío (hacemos lo que queremos) y al dualismo cartesiano (somos la suma de un cuerpo más un espíritu).

Creer en el libre albedrío (1) y en el dualismo cartesiano (2) nos induce a practicar un estilo de omnipotencia muy frecuente y que aún no se ha detectado como proveedor de pérdidas, errores, injusticias.

Ambos supuestos nos permiten tener la convicción de que podemos actuar en ámbitos diferentes aunque estos tengan intereses opuestos.

En términos más concretos, creemos que somos capaces de ser «juez y parte», que tanto podríamos realzar y fundamentar los atenuantes del acusado (como haría un abogado defensor) e inmediatamente realzar y fundamentar los agravantes del acusado, como haría un fiscal o la víctima del delito que se le imputa.

En términos más concretos, creemos que somos capaces de luchar eficazmente defendiendo los intereses de los trabajadores y simultáneamente integrar el directorio de la empresa contra la cual se demandan mejoras laborales.

Algo que a todos nos toca más de cerca, está dentro de nuestra propia casa.

Efectivamente estos factores (creencia en el libre albedrío, creencia en el dualismo cartesiano y sentimiento de omnipotencia de que podemos «ser jueces y acusados»), nos inducen a creer que en las relaciones afectivas podemos sentir y expresar hostilidad cuando de asuntos económicos se trata.

En suma: no podemos amar a nuestro competidor, o es un colaborador o no lo amamos; o «estamos en el mismo bote» o estamos tratando de hundirnos mutuamente. La omnipotencia genera hipocresía y corrupción.

(1) Blog dedicado al Libre albedrío y Determinismo

(2) El dogma del dualismo cartesiano


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lunes, 29 de agosto de 2011

La empresa y el dormitorio

El amor y el erotismo son fenómenos presentes en los asuntos económicos pero ignorados prejuiciosamente por los economistas.

Hace años estoy interesado en buscar las causas de por qué tantas personas se quejan de la escasez de recursos materiales con los que cuentan. Ellos suelen preguntarse «¿Qué es lo que estoy haciendo mal?»

A lo largo del tiempo mis reflexiones han parido más de mil artículos en los que busco la respuesta tratando de alejarme de todos los caminos que la humanidad ha utilizado hasta ahora.

Por ejemplo, rechazo metódicamente todo lo que pueda ser catalogado como «sentido común» porque supongo que este no hace más que reafirmar lo que siempre se creyó, sin distingos entre verdades científicas, mitos, supersticiones, prejuicios, eslóganes publicitarios.

Sin embargo, es interesante tener en cuenta el «sentido común», expresado habitualmente en forma de proverbios, refranes o dichos populares, porque es probable que esa manera de utilizar la inteligencia forme parte de las causas por las que tantas personas no pueden mejorar su posición económica.

No hace mucho tuve oportunidad de enterarme de los trámites hereditarios provocados por un señor que poseía algunos bienes y muchos «¿vienes [conmigo]?»

Me refiero a los lazos afectivos que todos tenemos y que lideran sigilosamente las decisiones económicas de nuestras vidas.

El liderazgo sigiloso está causado por dos grandes motivos:

1) Porque nuestra cultura —expresada en el «sentido común»—, afirma «prejuiciosamente» que los afectos no tienen nada que ver con el dinero; y

2) Porque nuestra cultura —expresada en su moral—, condena ciertos vínculos, intereses, lealtades, sueños, sin los cuales alguien no podría ser tan productivo, como es buen ejemplo este señor que al fallecer permitió saber cuántas personas lo amaban, lo necesitaban, vivían gracias a él.

En suma: El psicoanálisis tiene mucho para decir de economía.

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domingo, 28 de agosto de 2011

La pobreza saludable III (1)

Luchamos de forma similar contra la pobreza, el sufrimiento y el masoquismo (gozar con el dolor), sin considerar la posibilidad de que nuestra biología funciona mejor si conserva un cierto grado de insatisfacción.

La suerte quiso que Masoch fuera el elegido para representar, para ser el abanderado, quizá también el máximo exponente de algo que hacemos todos para vivir el mayor tiempo posible.

Efectivamente, Leopold von Sacher-Masoch (1836 - 1895) fue un escritor austríaco famoso por que en su novela La Venus de las pieles expone prácticas sexuales objetivamente dolorosas que el personaje utiliza para obtener placer.

Nuestra inteligencia educada según los criterios de la cultura en la que vivimos, rechaza el dolor como fuente de placer. Por eso lo buscamos de formas tan disimuladas que hasta el propio usuario del dolor cree que está siendo víctima de algún sádico imaginario.

La psiquiatría se apoderó del vocablo «masoquismo» porque fue un psiquíatra quien introdujo esa denominación en el libro titulado Psicopatía Sexual (1886, de Krafft-Ebing).

El masoquismo es la obtención de placer al ser víctima de actos de crueldad o sometimiento.

Es considerado una anormalidad, una patología, algo que debe ser tratado y curado.

Sin llegar a la búsqueda de golpes y humillaciones, podríamos admitir que alguien goce privándose inconscientemente de placeres a los que podría acceder si se lo propusiera.

Nuestra cultura rechaza que alguien disfrute privándose de gozar pero podríamos considerar que la falta de necesidades y deseos (2) puede provocar un malestar infinitamente superior a la privación de tener un buen auto, vivir en una casa lujosa, vestir ropa elegante, comer en los mejores restoranes, conocer el mundo, frecuentar divertidos espectáculos artísticos y deportivos,...

En suma: nuestra cultura dice que sufrir es patológico pero no descartemos que la buena salud dependa de contar con algunas frustraciones, carencia, infortunios.

Nota: Las imágenes aluden a que el sometimiento masoquista también se manifiesta en alhajas (collar, caravana, anillo, pulsera).

(1) La pobreza saludable II
La pobreza saludable I
(2) El aburrimiento cerebral

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sábado, 27 de agosto de 2011

El aburrimiento cerebral

Quizá intuimos que el aburrimiento por falta de necesidades y deseos (cancelados por tener abundancia de dinero) es potencial causa de una muerte cerebral.

Existe la creencia según la cual sabemos todo pero lo tenemos olvidado. El defensor de esta idea más conocido es Platón (427 – 347 antes de Cristo).

Si esto fuera cierto, entonces los descubridores serían personas que «lograron recordar lo que todos conservamos olvidado».

Un caso diferente sería el de los inventores pues estos serían aquellos que encuentran la manera de copiar algo que ya hace la naturaleza.

Este prólogo me pareció necesario para comentar algo sobre cómo tuvimos que modificar el concepto de muerte clínica (verificada por la medicina).

Efectivamente, antes la muerte clínica podía ser certificada verificando que el corazón había dejado de latir y que no había respiración. A partir de varias «resurrecciones» y de que algunos aparatos de reciente invención permiten prolongar por un tiempo casi indefinido el funcionamiento circulatorio y respiratorio, la medicina certifica un fallecimiento ante la interrupción irreversible del funcionamiento cerebral (encefálico).

La idea que les propongo es que los humanos probablemente intuimos que, sin dejar de interesarnos en que nuestro corazón nunca deje de latir, también nos preocupa, aunque de forma menos consciente, que nuestro cerebro nunca deje de funcionar porque la continuidad de los pensamientos es tan vital como la continuidad de la respiración.

En otras palabras: es probable que el aburrimiento (1) nos moleste porque incluye un malestar pero que además nos preocupe (aumentando el malestar) por el temor inconsciente a morir por cese de la actividad cerebral.

En suma: el hastío, la falta de estímulos que provoca carecer de necesidades y deseos, puede ser una amenaza inconsciente tan importante como es la preocupación consciente ante un exceso de colesterol o de azúcar en la sangre.

(1) Sobre lo bueno de lo malo
Lo bueno que parece malo
La creatividad y el miedo

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viernes, 26 de agosto de 2011

La tolerancia a la saciedad

Nuestro patrimonio está determinado por cuánto podemos poseer sin perder las ganas de vivir, es decir, sin perder necesidades y deseos estimulantes.

Pueden surgir nuevas ocurrencias (hipótesis) si una idea conocida la formulamos (redactamos) de un modo diferente al clásico.

La nueva redacción de una idea antigua dice lo siguiente:

Todos somos igualmente ricos o pobres si para determinarlo nos fijamos en el nivel de saciedad y no en el valor patrimonial expresado en dólares.

Parto de la base de que Descartes estaba equivocado y que no existe un cuerpo y un espíritu, sino tan solo un cuerpo que produce manifestaciones tangibles e intangibles respectivamente.

En el supuesto materialista de que somos un organismo biológico que funciona de una determinada manera (fisiología), es posible afirmar que la necesidad o el deseo son manifestaciones dolorosas imprescindibles para que el fenómeno vida ocurra el mayor tiempo posible (1).

Por lo tanto todos necesitamos padecer las molestias provocadas por las carencias (necesidades o deseos).

Nos diferenciamos en que ese dolor es distinto para todos y en que la tolerancia al dolor también es diferente.

Lo único importante es conservar al individuo y a la especie (2), o sea que lo único importante es conservar la vida y como esta depende de que sintamos las molestias de la carencia (necesidad o deseo), todos tenemos la carencia que necesitamos.

Si lo imprescindible es tener una carencia mínima que nos excite el fenómeno vida, algunos conservan la carencia con un patrimonio de U$S 1:000.000 pero otros la conservan con un patrimonio de U$S 100.-

En caso de exceder esos topes patrimoniales el sujeto pierde a mediano plazo el interés por vivir (necesidad o deseo), se deprime, deja de producir y si no disminuye su patrimonio hasta el máximo necesario, algo le ocurre (enfermedad, accidente, suicidio) que lo mata.

(1) Los pensamientos narcóticos
(2) Sobre la indolencia universal

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jueves, 25 de agosto de 2011

La inseguridad y la agresividad

Comer, abrigarnos, ser amados, son insumos imprescindibles para vivir pero no es seguro que siempre podamos conseguirlos. Esto nos pone agresivos.

Juntemos algunos «ingredientes» como para preparar una comida:

1) Los seres humanos ambicionamos el poder y coloquialmente hasta podríamos decir «queremos poder… seguir viviendo». La ambición de poder no es exclusiva de los líderes, gobernantes, generales: todos queremos lograr cierto «dominio» sobre el entorno para asegurarnos de que «conquistaremos», tomaremos, nos apropiaremos de lo imprescindible: comida, vestimenta, techo, compañía que nos permita reproducirnos.

2) Este último punto (reproducirnos) está integrado a un deseo más genérico de ser amados, reconocidos, aceptados.

3) Tenemos dudas, inseguridades. La propia realidad se encarga de que no siempre logremos lo imprescindible (alimentos, compañía, aprobación).

4) La inseguridad sobre si lograremos comer, abrigarnos, estar acompañados, nos pone desconfiados. Desconfiamos de si seremos capaces de conseguirnos la comida o de que otras personas se opongan malignamente a que sigamos viviendo.

5) Esta desconfianza posee un monto de agresividad pues se trata de un sentimiento que incluye una convicción que nos predispone al ataque en defensa propia pues si el resto de los competidores que buscan lo mismo (comida, etc.) nos dejan sin esos recursos, no tendremos más remedio que atacarlos, depredarlos, robarles.

6) El estado de ánimo (desconfianza y agresividad) necesita algún pensamiento tranquilizador tal como es suponer que somos poderosos, temibles, capaces de ganarle a nuestros competidores.

7) Al creer que somos poderosos (para tranquilizarnos), imaginamos que nuestros competidores supondrán lo mismo y desconfiarán de nosotros.

8) En nuestra organización capitalista, liberal y competitiva, desarrollamos una paranoia permanente aunque difusa para sobrevivir sin que la ley nos encarcele por peligrosos y perdamos algo necesario para ejercer el poder y disfrutar del afecto: la libertad.

Con estos insumos podemos preparar una filosofía de vida, realista y nutritiva.

Artículos vinculados:

Agresividad por convicción
Los caza-fantasmas no paran
El orgullo constructivo del filósofo

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