viernes, 7 de mayo de 2010

La envidia es progresista

En un artículo publicado con el título Dime con quién andas y sabré tu patrimonio les comentaba que los grupos humanos tienen un cierto nivel de ingresos y de gastos.

Ponía como ejemplo aclaratorio, que en algunos grupos sus integrantes ganan y gastan (promedialmente) 10, en otros, 100 y así con las cifras que ustedes imaginen.

Es una necesidad para los integrantes, respetar las normas de afiliación. En un grupo de nivel 100, alguien con nivel 1000, será considerado como un avaro, amarrete, tacaño, egoísta y, por lo tanto, tendrá con los demás una convivencia conflictiva.

También sugería en ese artículo, que la envidia es un sentimiento determinante en este fenómeno socio-económico. La rivalidad que caracteriza a ese afecto, contribuye a uniformizar las condiciones de vida entre los integrantes de un grupo.

En el blog que creé para tratar sólo los temas que incluyan esta característica humana, trato de exponer todas sus aristas y no solamente las negativas, aunque sé que son las más populares.

Precisamente, ésta es una paradoja que favorece la permanencia de la pobreza patológica.

La envidia es el deseo de tener lo que el otro tiene y se llama de la misma manera el deseo de que el otro deje de tener lo que a mí me falta.

Si dejamos de lado la prejuiciosa antipatía que nos inspira, la envidia es un sentimiento que busca la igualación progresista.

Es progresista porque nunca se envidia lo malo que otro tiene (una enfermedad, una pérdida, un dolor), sino lo bueno que otro tiene (la salud, el bienestar, la riqueza).

Como la naturaleza se vale de provocarnos molestias para estimular el fenómeno vida (1), no descartaría que los seres humanos rechacemos la envidia para preservar el conflicto que nos provoca la irregular distribución de la riqueza.

(1) La naturaleza es hermosa pero antipática
(Maldita)Felicidad publicitaria
Somos marionetas de la naturaleza
Loción infalible contra las molestias
La disconformidad universal
El budismo zen
Administración del desequilibrio
«¡Me alegra estar triste!»
Receta racional

●●●

jueves, 6 de mayo de 2010

Dime con quién andas y sabré tu patrimonio

Nuestra relación con el dinero implica un compromiso afectivo. El dinero nos conmueve, emociona, altera.

Algunas personas no pueden hablar de él sin bloquearse, inhibirse o avergonzarse.

Me llegan muchos comentarios referidos a este tema tan emocionante.

El compromiso afectivo que provocan los asuntos económicos, tienen muchos aspectos, uno de los cuales es el estrés que nos provoca no ser amados incondicionalmente sino por lo que tenemos o podemos.

Acceder a ciertos círculos socio-económicos, implica respetar sus reglas, ser aceptado por sus integrantes y sentirse bien con ellos.

Me consta que yo no podría ser integrante de muchas agrupaciones, corporaciones, sindicatos, ideologías, equipos, familias.

Me animaría a decir que tampoco podría ser ciudadano de algunos países o vivir en ciertas ciudades.

La mayoría de las veces, esa dificultad comenzaría porque no me aceptarían por lo que pienso, expreso y hago.

Si fuera aceptado, tolerado, puesto a prueba por un tiempo, es probable que en muchos ámbitos me sentiría incómodo y terminaría yéndome.

En cada comunidad existe un cierto nivel de circulación económica.

Ese nivel está dado por la cantidad de dinero que habitualmente ganan y gastan sus integrantes.

Por ejemplo, en algunas comunidades, la mayoría de la gente gana y gasta 10, en otras gana y gasta 100, en otras 1.000.

En esos comentarios que me llegan, puedo ver que las personas integran grupos donde circulan grandes, medianas o pequeñas sumas de dinero. No faltan las comunidades donde predomina el trueque y las tarjetas de crédito no se usan.

Donde usted está ahora, circula cierta cantidad de dinero y si lo que actualmente usted posee no le resulta suficiente, tendrá que emigrar a otro colectivo.

No es sabio desconocer que somos influidos por la presión social.

Nuestro patrimonio nos hace lindos o feos, buenos o malos, amables o antipáticos.

Nota: encontrará temas complementarios en el blog La envidia: herramienta o arma.

●●●

miércoles, 5 de mayo de 2010

Deseamos a quienes lo hacen mejor

En el artículo titulado Los intereses del deseo , le comentaba algunas ideas que tengo sobre cómo deberíamos crear una empresa de intermediación financiera (un banco) entre usted y yo.

No olvide que usted dispone de un espacio igual al mío para exponer sus ideas, agregando comentarios en el blog.

Los negocios que dan mejores resultados son los que hacen unas pocas personas, pero destinados a muchas personas.

Si lo que hacemos puede hacerlo cualquiera, tendremos miles de competidores y nuestras ganancias serían muy pequeñas.

Si lo que hacemos pueden hacerlo pocas personas, tendremos pocos competidores y nuestras ganancias serán las máximas que esa actividad genere.

A su vez, si lo que hacemos le interesa a pocas personas, tendremos pocos clientes y también tendremos pocas ganancias.

Si lo que hacemos le interesa a muchas personas, tendremos muchos clientes y también tendremos muchas ganancias.

En suma 1:

— lo mejor es hacer algo que pocos saben o pueden hacer y que le interese a la mayor cantidad de gente posible, y

— lo peor es hacer algo que muchos saben o pueden hacer y que le interese a poca cantidad de gente.

Los negocios financieros no tienen ningún misterio. Son elementales, fáciles, lógicos, sencillos.

De los seres humanos (clientes del sistema financiero), tenemos mucho por aprender.

En suma 2: Lo más difícil del negocio financiero, es entender cómo reaccionamos los seres humanos frente al dinero.

Los seres humanos no somos difíciles, pero nos ponemos complicados cuando pretendemos igualar modelos ideales, imaginarios, inexistentes, maravillosos, irreales.

Este artículo es el número 870 (ochocientos setenta) que publico, comentando con usted cómo podemos entender el vínculo que hay entre los humanos y el dinero.

Parecen muchos, pero el examen y descripción de qué nos sucede con este instrumento social (el dinero), recién está comenzando.

●●●

martes, 4 de mayo de 2010

Los intereses del deseo

Si usted y yo creáramos un banco para recibir depósitos y prestar dinero, tenemos que invertir en publicidad.

Esto tiene que ser así porque nuestro negocio se basará fundamentalmente en la confianza que logremos inspirar

— entre quienes tienen más dinero del que necesitan (depositantes e inversionistas), y

— entre quienes tienen menos dinero del que necesitan (prestatarios).

En otras palabras, usted y yo, representados por nuestra institución financiera, nos colocaremos entre dos personas que están en situaciones opuestas (lo que a uno le sobra, al otro le falta).

Como comentario al margen, a usted y a mí nos conviene que estos dos ciudadanos no se conozcan pues podrían negociar dejándonos afuera.

El manejo de la publicidad es algo que quiero comentarle hoy.

Le propongo que gastemos una pequeña parte de nuestra inversión en convencer de que somos honestos y eficientes (como hacen nuestros competidores), y que gastemos la mayor parte de nuestra inversión publicitaria, en incitar (estimular, excitar) a que la gente tenga deseos muy intensos.

Trataremos —disimuladamente— de que los vendedores de bienes y servicios prescindibles, aumenten sus ventas al máximo, contando con nuestro financiamiento, por supuesto.

Estimularemos a los vendedores de artículos superfluos (vehículos lujosos, televisores, joyas) y de servicios prescindibles (cruceros, cementerios privados, organizadores de fiestas).

La prosperidad de nuestro banco depende de quienes tengan deseos muy intensos.

Es lo que hacen los organismos multilaterales de crédito con los países (Fondo Monetario Internacional [FMI], Banco Mundial [BM], Banco Interamericano de Desarrollo [BID]): los inducen a endeudarse y luego se dedican a tratar de cobrarle puntualmente los intereses, aunque prefieren no cobrar el capital, porque los países, cuando cancelan sus deudas, dejan de pagar los intereses.

Usted y yo tendremos que hacer lo mismo.

●●●

lunes, 3 de mayo de 2010

La explotación de los patriotas

Mercenario, ria. 1. Dicho de una tropa: Que por estipendio sirve en la guerra a un poder extranjero. || 2. Que percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios.

La palabra mercenario describe a un soldado que lucha a cambio de un salario, para defender los intereses de quien le paga aunque no sean de su incumbencia, es decir, que el mercenario no adhiere a ideologías, creencias o patriotismo: sólo defiende a quien le paga.

Como vemos, este vocablo también define a quien «percibe un salario por su trabajo o una paga por sus servicios».

La propaganda de que se valen los países en guerra, ha recurrido —desde hace siglos—, a esta definición del término, para desprestigiar a esos combatientes asalariados.

El vocablo fue desprestigiado por razones publicitarias en un contexto bélico.

Este fenómeno lingüístico y publicitario, genera el convencimiento de que el único trabajo digno es el que se hace gratis, voluntaria y desinteresadamente.

En otros términos, el único trabajo digno para estas personas, es el trabajo patriótico, solidario, sin afán de lucro y sienten que los trabajos remunerados, son propios de alguien moralmente condenable, ya sea por traidor a la patria, ambicioso o materialista.

Quienes organizaron el desprestigio del vocablo mercenario, intentaban desmoralizar a los soldados pagados por el enemigo.

La definición no es muy precisa si tenemos en cuenta que los ejércitos de todos los países, están conformados por profesionales que cobran por su capacitación, entrenamiento y trabajo (luchar defendiendo los intereses de quien les paga).

De hecho, no existen militares que no sean mercenarios.

En suma: lo que importa es la propaganda aplicada a descalificar una forma de trabajar por un salario en tanto contamina a cualquier otra forma de trabajo remunerado.

●●●

domingo, 2 de mayo de 2010

La presión arterial es ilegal

Alguna vez he comentado con ustedes (1) que las prohibiciones que padecemos, son parte del mecanismo implementado por la naturaleza para hacernos funcionar.

La Ley de Gravedad, atrae todo hacia el centro de la tierra. Como la cabeza está en la parte más alta de nuestro cuerpo, tiene que existir una presión arterial que contrarreste esa atracción hacia los pies, de forma que nuestro cerebro también pueda ser alimentado por la sangre.

La Ley de Gravedad es la que nos prohíbe flotar en el aire (como sí pueden hacerlo quienes habitan una cápsula espacial).

Los fenómenos físicos están influidos por unas pocas leyes (gravitación, centrífuga, inercia y pocas más).

Los fenómenos sociales también están influidos por unas pocas leyes, la más importante de las cuales refiere a respetar los derechos ajenos.

La naturaleza tuvo que inventar la presión arterial para transgredir la Ley de Gravedad y resolver la necesidad de irrigar el cerebro (¡sobre todo el de las jirafas, como usted sabe!).

No es normal que pensemos a la presión arterial como una forma de transgredir la Ley de Gravedad, pero sin embargo no deja de ser coherente desde cierto punto de vista.

Cuando los humanos transgredimos las leyes que nos hemos impuestos a nosotros mismos, quizá estamos haciendo lo mismo que hace la naturaleza pues creó la Ley de Gravedad y la presión arterial.

Los humanos inventamos la monogamia y simultáneamente la prostitución, ante la cual tenemos una actitud explícitamente hipócrita.

Nuestra especie tiene cada vez más ejemplares, el planeta es siempre el mismo, la cantidad de alimento es finita y los seres humanos cada vez sufrimos más del estrés (presión psicológica, emocional).

En suma: El dicho popular «hecha la ley, hecha la trampa», describe un fenómeno de la naturaleza.


(1) Mamá es demasiado fácil

Ingeniería psicoanalítica

●●●

sábado, 1 de mayo de 2010

Mi amo me ama

Cuando nos educan, nos sugieren algo así como «o haces lo que te digo o te abandono».

A escala de un niño, esto equivale a una situación entre adultos en el que un instructor, con su revólver puesto sobre la sien del alumno, le sugiere que recuerde lo que acaba de decirle si no quiere llevarse una sorpresa breve, pero desagradable.

Cuando nos enseñan criterios morales (las normas de convivencia, cómo ser educado, qué es portarse bien), nos hablan del «camino recto».

La «rectitud» es el cumplimiento minucioso de lo que para nuestros cuidadores, está bien. No seguir el «camino recto», es lo que para nuestros cuidadores, está mal.

Cuando (intentan) enseñarnos criterios racionales (cómo pensar, qué es deducir, cómo razonar), se remiten a «la ciencia de las ciencias»: la matemática.

Está asumido mundialmente que esta es una disciplina que generalmente no se entiende y en la que los alumnos fracasarán.

De todos modos, el intento se hace y es en ese contexto cuando se nos ofrece una verdad incuestionable, una verdad pura: «la distancia más corta entre dos puntos cualesquiera, es la línea recta».

¡Otra vez aparece la «rectitud»!

El principio de la rectitud es sagrado entre laicos y religiosos.

Todos parecen haber acordado que este punto no se discute.

Una aceptación ciega, obsecuente, apasionada de este criterio, nos impone descartar todo lo que no se nos presente directamente, ignorar lo que requiera un proceso, descalificar lo que esté fuera de ese dictatorial camino «recto».

El camino recto tiene las ventajas de ser previsible, obediente, sencillo.

El camino recto tiene las desventajas de ser necio, irreflexivo, automático, despersonalizado, desafectivizado, irresponsable.

Los buenos alumnos que siguen «el camino recto», se convierten en esclavos rentables y son felices porque el amo los ama.

●●●