Cuando los padres se debilitan física y económicamente, los hijos quedan enfrentados a cuánto se valoran a sí mismos.
Al menos en los pueblos rioplatenses (argentinos y uruguayos), puede decirse «Fulano, regalado es caro», para significar que «Fulano» no tiene valor, que es una persona despreciable, inútil, inservible.
En condiciones normales, nadie se alegra de recibir esta cotización. Por lo tanto, de una u otra manera, todos tratamos de ser «ciudadanos meritorios», «grandes compañeros de trabajo», «buenos amigos», «hijos maravillosos».
Retomo un tema del que he compartido con ustedes dos o tres comentarios (1) y que refiere a la supuesta deuda de gratitud o económica que tenemos hacia nuestros padres por habernos gestado, criado, alimentado, educado y, en definitiva, destinado parte de su esfuerzo a pagar lo que hemos gastado hasta que pudimos autosustentarnos con nuestros propios ingresos.
A partir de esa expresión popular, que seguramente tiene su semejante en otros países hispanoparlantes, y en el entendido que todos preferimos ser valiosos, no queremos que nuestros padres piensen que «regalados, somos caros», que no tenemos valor.
Dicho de otro modo, si llegamos a la conclusión de que no tenemos ninguna deuda con ellos, seguramente no tenemos valor y, en el peor de los casos, quizá tengan que disculparse con el resto de la sociedad por haberles entregado un ciudadano tan inútil. Todo lo que invirtieron en su hijo inútil fue un error, una pérdida.
Los padres más afortunados son los que en la ancianidad pueden gozar de una vida feliz gracias a las ganancias generadas por su hijo rentable.
En suma: Si queremos sentirnos valiosos, con la autoestima elevada, podemos darles el mayor placer, comodidad y si fuera posible lujo a nuestros padres y así demostrar y demostrarnos cuán acertados estuvieron en gestar y criar a su «hijo maravilloso».
(1) La deuda imposible de pagar
La normalidad teórica (aunque posible)
La supuesta deuda con los padres
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