lunes, 7 de junio de 2010

Pasó lo que tenía que pasar

Si sumamos la cantidad de historiadores y sumamos la cantidad de adivinos del futuro (con profecías confirmadas), observaremos que los primeros ganan por abrumadora mayoría.

Es un dato de la realidad. Nadie podrá negar lo que digo.

Sin embargo, aparecen algunos hechos que sí me contradicen.

Cada vez que ocurre algo interesante (un éxito deportivo, un tsunami o el abatimiento de dos grandes edificios de Nueva York), germinarán como hongos una cantidad de adivinos a posteriori que nos dirán por qué estos eventos llamativos, era obvio que ocurrirían.

Simultáneamente, hay quienes siguen instalándose en las orillas de los ríos que suelen desbordarse, reconstruyen sus casas abatidas por un desmoronamiento o permanecen en la ciudad de Los Ángeles, a pesar de que hace años que se anuncia lo que ellos llama The Big One (un sismo que no dejará piedra sin mover) (1).

Todos le tememos al futuro y a los cambios. Por eso tratamos de adivinarlo y evitarlos, respectivamente.

Quienes creen que lo que ocurrió era previsible, quedan convencidos de que hoy están ocurriendo cosas que anuncian con total claridad ciertas calamidades futuras.

Esas personas —totalmente normales desde el punto de vista de su salud mental—, tienen la certeza de que están rodeados de señales elocuentes, nítidas, inconfundibles, que sin embargo, no pueden captar, tener en cuenta o utilizar para evitarse eso que descubrirán cuando ya sea tarde.

El mismo funcionamiento mental nos lleva a suponer que esa sensación que nos surgió hoy en el dedo más pequeño del pie derecho, puede ser una señal de algo terrible. Entraremos más tarde a trabajar para que —cuanto antes— un médico (imagen) descarte un mal pronóstico irreversible.

Para esas personas, los noticieros y periódicos sensacionalistas son de consulta obligatoria y destinan mucha energía a cualquier tipo de prevención.

(1) Se puede ampliar este tema consultando Wikipedia sobre la Falla de San Andrés .

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domingo, 6 de junio de 2010

¿Delegar o abandonar?

Los refranes (proverbios, sentencias, adagios, aforismo, dichos populares, máximas), son construcciones lingüísticas muy eficaces, pero que no contienen verdades universales.

En pocas palabras —y a veces con cierta rima o juego de palabras que le aportan belleza de estilo—, enuncian ideas útiles para algunos casos e inútiles para todos los demás.

Cotidianamente nos vemos enfrentados en la vida social, hogareñas y laboral, a la delegación de tareas: «Fulano, tráeme el perióco», «Fulana, hazme este transplante de corazón», etc.

Casi todos los que tenemos que delegar una tarea, la habríamos realizado de otra forma. La manera de trabajar es tan personal como la firma o las huellas digitales.

Si tenemos en cuenta este hecho, podremos delegar tranquilamente. Si no aceptamos que los demás hacen las cosas de forma diferente, entonces nos agarraremos un dolor de cabeza.

Desde un punto de vista diferente, les comentaba en otro artículo (1) que las personas que imaginan tener los mismos gustos y afectos que el resto de la humanidad, se mueren de celos porque también imaginan que otros desean tanto a su cónyuge como ellos mismos.

Existe un proverbio que nos aclara bien todo esto: «Si lo deseas, hazlo; si no lo deseas, delégalo».

En pocas palabras resume las alternativas claramente.

Más aún, puede aclarar nuestra propia situación frente a una acción: cuando la estamos haciendo, sabemos que la estamos deseando y cuando la delegamos, sabemos que no la estamos deseando.

También neutraliza las críticas que alguien pueda hacer sobre cómo fue cumplida la acción encomendada a otro.

Efectivamente, la responsabilidad cae sobre quien, antes que criticar al delegado, debe reconocer que, si encargó a otro una tarea, eso demuestra que su interés por el resultado no era tan importante.

En suma: La satisfacción de nuestro deseo es personal e intrasferible.


(1) Los amantes de mi cónyuge

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sábado, 5 de junio de 2010

Las cualidades envidiables del dinero

Una manera de razonar interesante, consiste en pensar cómo serían las cosas si fueran exactamente al revés.

Por ejemplo, un señor que está harto de que la suegra viva en su casa, puede pensar cuántas cosas perderían sin ella.

El dinero genera muchos malestares en nuestra vida. Especialmente cuando la suerte hace que nos llegue con escasez o se nos vaya con excesiva velocidad.

Jugando con el lenguaje, estoy en condiciones de decirle que lo opuesto al dinero es la mentira.

Si aceptamos esto un par de minutos solamente, podemos dialogar sobre por qué es así.

Un billete de banco con el que hacemos compras y nos convertirnos en dueños de la mercadería, no es otra cosa que una constancia de fe, credibilidad, sinceridad, honestidad, verdad.

Si ese billete no inspirara la confianza que inspira, rápidamente saldría de circulación y nadie suficientemente informado lo aceptaría como forma de pago.

Perdería su valor de canje.

Cuando vamos a pedir un préstamo, el banco estudia nuestra solicitud y averigua si somos buenos o malos pagadores.

Si no lo fuéramos, nadie nos daría crédito.

En otras palabras, si somos dignos de crédito es porque somos sinceros, decimos la verdad. Los demás pueden confiar en nosotros porque cuando prometemos, cumplimos.

Esta es una característica del dinero que nunca es comentada.

Es normal decir que el dinero es sucio, que corrompe, que deteriora nuestros valores espirituales, que siempre acompaña al delito o al pecado, pero no decimos que el dinero es un símbolo inequívoco de la verdad, la sinceridad, la credibilidad, la honestidad.

Es probable que la pobreza patológica tenga como una de sus causas, nuestro interés en descalificar ciertas cualidades del dinero que no estamos seguros de poder igualar.


Artículo vinculado:

Dinero emitido por un supermercado
El costo del desprestigio
El árbol se atravesó en mi camino
Siempre aparece alguien más astuto

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viernes, 4 de junio de 2010

¡Basta!

Solemos criticar a los intolerantes.

Son los que no aguantan a un niño travieso, a un anciano conversador, a un joven ruidoso, a un conductor de ómnibus que hace maniobras muy bruscas, al ruido que hacen los aviones que aterrizarán cerca de su casa, a las ramas de los árboles que le quitan luminosidad a los focos de luz, y una larga lista de incomodidades, insatisfacciones, estímulos para la queja.

Todos necesitamos ganar dinero para atender los gastos personales y familiares, necesarios para tener una calidad de vida satisfactoria.

El joven que termina sus estudios, se para en la puerta del instituto de enseñanza que le entregó el tan deseado título y se pregunta: — Y ahora: ¿qué hago?

Las opciones parecen muchas, pero para ese joven parecen muy pocas.

La creencia en que «ayudar es rentable», conduce a muchos trabajadores hacia las tareas de la intermediación.

Así como en nuestra cultura es normal criticar a los intolerantes, es normal alabar a los que ayudan.

Colaborar es una acción que connota superioridad, generosidad, solidaridad.

— El productor de hortalizas no tiene tiempo de venderla, entonces aparece un voluntarioso intermediario que lleva su producción al mercado, cobrando una cierta comisión por la tarea.

— Cientos de fabricantes, necesitan a los comercios que venden pocas cantidades a muchas personas, quedándose con una cierta ganancia.

— La naturaleza nos dota de muchos recursos para la autocuración, pero nos aliviamos antes si un médico nos suministra un calmante, cobrando honorarios razonables.

Aceptada la existencia de intermediarios, llega la segunda etapa: estos procuran ganar más dinero.

¿Cómo lo hacen? Un procedimiento que está funcionando muy bien consiste en estimular la intolerancia.

Los intermediarios invierten bien su dinero si nos estimulan (por medio de la propaganda) para que no aguantemos ninguna molestia, demora, esfuerzo y compremos su intermediación, ayuda, solución.

Artículos vinculados:

El arte de vender
La pasión de Pedro
Los 40 ladrones chinos
La teoría del «bolsillo tibio»
Justicia tributaria por mano propia

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Mi hijo millonario

Mi hijo me dijo con un gesto solemne y demasiado serio para sus 9 años, que quería ser rico.

Eso me provocó una reacción inesperada.

Abrí los ojos con sorpresa y lo abracé con gran entusiasmo.

Él no entendió mi actitud y me preguntó directamente si estaba pensando recibir muchos regalos del hijo rico para ponerme tan contento.

«De alguna manera es un regalo que me hace la vida saber que uno de mis hijos está pensando en convertirse en rico.»

«Fíjate que para ser rico tendrás que ser un ciudadano interesado en saber qué deseamos los demás para poder satisfacer nuestras aspiraciones y recibir nuestro dinero a cambio.»

«Muy pocas personas dejan de mirarse el ombligo para dedicarse a entender las verdaderas necesidades ajenas.»

«Los que buscan el aplauso haciendo obras de caridad, sólo buscan descalificar las preferencias ajenas e imponer las propias como si fueran mejores».

«Antes se decía que Dios había hecho al hombre a su imagen y semejanza. Ahora, son estas personas las que se creen Dioses porque hacen donaciones para que otros también consuman a su imagen y semejanza

«No es que los filántropos trabajen desinteresadamente. Por el contrario, lo que hacen no merece ninguna remuneración porque desconoce egoístamente los intereses de los beneficiarios».

«Me alegro mucho de que quieras ser rico porque eso me asegura que serás tan generoso como para vender o entregar lo que tus semejantes realmente quieren, desean y piden.»

— ¿Entendiste por qué me puse tan contento?

— No.

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miércoles, 2 de junio de 2010

Me quiere mucho, poquito, nada ...

Todos los días, al levantarnos, tenemos una cantidad limitada de energía.

Esto es así para todos, jóvenes, viejos, hombres y mujeres.

Esa energía la necesitamos para cumplir nuestra única misión: conservarnos como individuos y como especie.

Para cumplir ambas tareas, aplicamos parte de esa energía a conseguir y conservar vínculos, porque siempre necesitamos la compañía de por lo menos una persona más. Solos, podríamos sobrevivir poco tiempo.

Conseguir y conservar los vínculos, nos consume energía de dos maneras:

1) Haciendo lo que nuestros compañeros aman en nosotros (trabajar, escuchar, acariciar, dejarnos mirar, permitirles que nos ayuden, alimentarlos, defenderlos, etc.), y

2) Demostrando o aparentando la existencia de esas cualidades que desean de nosotros quienes nos aman (exhibir resultados concretos, hacerles regalos, prometerles, maquillarnos, auto-publicitarnos, adularlos, etc.).

Necesitamos a los demás, pero la proximidad de la compañía depende de cada uno.

Hay personas que pueden sentirse acompañados por personas físicamente lejanas, mientras que otros casi no toleran la falta de contacto visual.

También es diferente la cantidad de esfuerzo que hace falta para atraer y conservar los vínculos.

Algunas personas son naturalmente atractivas, pero otras tienen la necesidad de hacer o aparentar grandes proezas para lograr atraer y retener los vínculos.

En relación con esta otra particularidad que nos caracteriza, es oportuno recordar la fábula de la liebre y la tortuga.

Al correr una carrera, la liebre —muy confiada en su natural velocidad (atractivo) —, se echó a dormir pero se despertó cuando la tortuga había traspasado la meta.

Hasta acá, estuve haciendo un prólogo que fundamente la creencia en que la inseguridad personal es necesaria.

Culturalmente criticamos a la gente insegura, pero me atrevería a decir que las personas prosperan cuando temen el abandono y no prosperan (pobres patológicos) los arrogantes y altaneros como la liebre.

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martes, 1 de junio de 2010

La riqueza que no paga impuestos

Las utopías y la esperanza, se parecen a los medicamentos: pueden ser útiles aplicados en el momento oportuno y en las dosis adecuadas, así como pueden ser perjudiciales en cualquier otra circunstancia.

El deseo de tener una buena calidad de vida, depende en gran medida de recursos psicológicos.

Alguien llegó a decir que «el subdesarrollo está en la mente de los subdesarrollados».

A la postre, esto es lo que quiero decir cuando pienso que existe una pobreza patológica, en tanto hay personas que tienen oportunidades de vivir humanamente bien, pero no pueden aprovecharlas.

Nuestro cerebro produce ideas, creaciones, entusiasmo, energía, voluntad, perseverancia, resistencia o, por el contrario, nos deja tirados en una cama, tan inertes como una planta.

La causa original de todo esto, es la suerte: de haber recibido una buena dotación genética, una familia estimulante, de vivir en un país próspero, haber nacido en una época de auge mundial, más una infinita serie de pequeños factores, que aparecen o no aparecen, como los números de una lotería.

Leí un cuento cuyo principal personaje es un joven muy ambicioso, que esperaba la muerte de su tía millonaria para enriquecerse.

Cuando el albacea abrió el sobre con el testamento, encontró una carta más otro sobre.

En la carta, la anciana había determinado que su único heredero era este ambicioso sobrino, pero ordenó al albacea abrir el segundo sobre, cuando el joven hubiera ganado y ahorrado un millón de dólares.

El resto del cuento narra todo el esfuerzo que hizo este muchacho para cumplir la condición de su caprichosa tía.

Finalmente, pudo lograr esa gran fortuna con su propio esfuerzo, y corrió a demostrárselo al albacea, quien al abrir el segundo sobre, leyó: «Mi legado fue la utopía y la esperanza que te estimularon».

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