Si sumamos la cantidad de historiadores y sumamos la cantidad de adivinos del futuro (con profecías confirmadas), observaremos que los primeros ganan por abrumadora mayoría.Es un dato de la realidad. Nadie podrá negar lo que digo.
Sin embargo, aparecen algunos hechos que sí me contradicen.
Cada vez que ocurre algo interesante (un éxito deportivo, un tsunami o el abatimiento de dos grandes edificios de Nueva York), germinarán como hongos una cantidad de adivinos a posteriori que nos dirán por qué estos eventos llamativos, era obvio que ocurrirían.
Simultáneamente, hay quienes siguen instalándose en las orillas de los ríos que suelen desbordarse, reconstruyen sus casas abatidas por un desmoronamiento o permanecen en la ciudad de Los Ángeles, a pesar de que hace años que se anuncia lo que ellos llama The Big One (un sismo que no dejará piedra sin mover) (1).
Todos le tememos al futuro y a los cambios. Por eso tratamos de adivinarlo y evitarlos, respectivamente.
Quienes creen que lo que ocurrió era previsible, quedan convencidos de que hoy están ocurriendo cosas que anuncian con total claridad ciertas calamidades futuras.
Esas personas —totalmente normales desde el punto de vista de su salud mental—, tienen la certeza de que están rodeados de señales elocuentes, nítidas, inconfundibles, que sin embargo, no pueden captar, tener en cuenta o utilizar para evitarse eso que descubrirán cuando ya sea tarde.
El mismo funcionamiento mental nos lleva a suponer que esa sensación que nos surgió hoy en el dedo más pequeño del pie derecho, puede ser una señal de algo terrible. Entraremos más tarde a trabajar para que —cuanto antes— un médico (imagen) descarte un mal pronóstico irreversible.
Para esas personas, los noticieros y periódicos sensacionalistas son de consulta obligatoria y destinan mucha energía a cualquier tipo de prevención.
(1) Se puede ampliar este tema consultando Wikipedia sobre la Falla de San Andrés .
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