viernes, 30 de abril de 2010

La inutilidad rentable

La cultura nos impone ciertos criterios, que todos obedecemos a la corta o a la larga.

Una madre está regida por más leyes que un padre. Como ellas poseen el organismo mejor dotado para la conservación de la especie, todos (hombres y mujeres) controlamos que no haga un mal uso de su cuerpo.

Ellas son ricas por disponer de un cuerpo capaz de gestar y luego de alimentar, y por eso todos le imponemos más obligaciones y restricciones.

Como los varones hacemos un mínimo aporte, tenemos menos responsabilidades, menos compromisos, la cultura es más tolerante con nosotros.

Desde cierto punto de vista, los humanos pensamos así: «a quien más contribuye con la preservación de la especie, más le exigimos».

Si condensamos aún más la idea, podríamos decirlo así: «los que más tienen, más deben».

La idea opuesta también es válida: «los que menos tienen, menos deben».

Razonando de esta forma, llegamos a la conclusión de que es poco conveniente ser o parecer una mujer, y al revés: conviene ser o parecer un varón.

Por lo tanto, el machismo («actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres»), no sólo es un abuso de poder derivado de la mayor fuerza física, sino también es la consecuencia de una objetiva condición desfavorable del sexo femenino.

Dicho de manera más elemental:

— Ser mujer es más difícil que ser varón;
— El machismo es una reacción adaptativa inteligente ante opciones tan dispares en cuanto a conveniencia;
— Todos monitoreamos que ellas cumplan con lo que deben.

Conclusión 1: Es el único caso en el que, quien más tiene y más vale, menos decide, gobierna y enriquece.

Conclusión 2: «Tener» y «ser útil» sólo es conveniente cuando la cultura está dispuesta a remunerar adecuadamente esos méritos. De lo contrario conviene «no tener» y «ser inútil».

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jueves, 29 de abril de 2010

Tengo razón porque soy más fuerte

La mayor parte de la población carcelaria pertenece a la clase socio-económica menos favorecida.

Tan es así, que existe la creencia popular (confesada o negada), de que la pobreza es causa de la delincuencia.

No podemos olvidar que los pobres suelen ser la clase social más numerosa.

Imaginemos una población:

— 1.000 pobres
— 100 de clase media
— 10 ricos

Si estas tres clases socio-económicas, contuvieran el mismo porcentaje de transgresores (por ejemplo, 10%), estarían privados de libertad:

— 100 pobres
— 10 de clase media
— 1 rico.

Como las personas con discernimiento matemático también son muy pocas, en esta población se creería que los pobres son más deshonestos que los ricos.

Peor aún: algunos dirían que los pobres son cien veces más delincuentes que los ricos.

Podríamos pensar entonces que la existencia del prejuicio que asocia pobreza con delincuencia, tendría un apoyo matemático desde el punto de vista cuantitativo (los pobres son más numerosos y es lógico que también tengan más delincuentes), pero no es una justificación desde el punto de vista cualitativo (la pobreza no predispone a la delincuencia).

Sin embargo, existe otro motivo que alimenta el prejuicio (los pobres tienden a delinquir).

Las personas menos favorecidas, son las que más dificultades tienen en cumplir con los criterios del sistema capitalista que nos gobierna.

Las transgresiones son actos propios de cualquier ser humano, pero predominan en quienes menos se ajustan a las normas de convivencia establecidas.

Defendemos e imponemos los valores que más nos gustan y luego
aplicamos nuestro ingenio para encontrar razones que los legitimen.

Conclusión: Como los pobres no se ajustan al sistema que aceptamos los no-pobres, decretamos e imponemos por la fuerza, que ellos están equivocados y deberían ser reprendidos.

De hecho, a algunos inadaptados (a nuestros gustos y preferencias), ya los tenemos entre rejas.

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miércoles, 28 de abril de 2010

El tráfico de carencias

Las personas que se dedican al estudio de las causas, efectos, problemas y soluciones referidos a la pobreza, lo hacen siempre desde un punto de vista que permitiría resumirlo así: «nosotros acudimos en ayuda de los pobres».

Una primera interpretación de este enunciado, daría lugar a estas oraciones: «nosotros damos lo que otros (los pobres) no tienen» y «nosotros hacemos lo que otros (los pobres) no hacen».

En otras palabras, quienes se dedican a resolver la pobreza:

— no se autodefinen como pobres;
— se autodefinen como capaces de hacer cosas que otros no hacen.

Si apelamos a la imagen mental que estas ideas sugieren, estaremos de acuerdo en que la persona que ayuda es más capaz que la persona que recibe esa ayuda.

Las palabras claves acá son: «más capaz que».

Si alguien puede conseguir para su disfrute personal, que otros lo consideren «más capaz que», estará recibiendo un suministro narcisístico que lo emocionará, movilizará y estimulará.

Como digo en un artículo recientemente publicado (1), es posible pensar que alguien puede seducir con su carencia, ofrecer su condición de menesteroso, donar lo que le falta, estimular con sus necesidades.

En suma:

Es posible suponer que todos estamos compitiendo por ser amados igual que los hermanos intentan llamar la atención de la madre (y si es posible, también del padre y si es posible, de cualquier otra persona).

Los seres humanos consumimos amor, es nuestro principal insumo.

Recibimos amor cuando quienes nos aman, satisfacen nuestras necesidades (comida, abrigo, salud, etc.) y deseos (libertad, curiosidad, diversión, etc.).

En la interacción que se produce entre los pobres y quienes acuden en su ayuda, los pobres donan su falta (carencia) a quienes la utilizan para obtener el estímulo de sentirse «más capaz que».

(1) Permuto carencia grande por dos pequeñas

Artículos vinculados:

Giuseppe Verdi: ¡eres mi vida!
¡Haremos el bien caiga quien caiga!
Pagar para creer
Los perjuicios del beneficio
Trovador traidor

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martes, 27 de abril de 2010

Permuto carencia grande por dos pequeñas

Existe una verdad popular que dice: “más vale que sobre y no que falte”. Con un mayor poder de síntesis, otros dijeron: “lo que abunda, no daña”.

La interpretación intutiva de estas afirmaciones, nos hace pensar que lo que debe sobrar o abundar son cosas necesarias o deseadas: comida, abrigo, amor, belleza.

Sin embargo, debo decir que lo que nunca debe faltarnos son las carencias, tanto de bienes necesarios como de deseados.

Podría decir sin temor a equivocarme que “la insatisfacción es vida” (1).

¿Parece un error? Sí, es cierto, parece, pero no es.

Otra frase extraña es el «tráfico de carencias».

Dicho de otra forma: «intentar seducir ofreciendo lo que nos falta».

Si aceptáramos estas ideas, podríamos concluir que los primeros refranes también pueden expresarse así: «más vale que nos sobren necesidades y no que nos falten».

Las psicopatologías van cambiando con las épocas y hoy en día tenemos, muchas personas de clase media y alta, que sufren por la sobre-abundancia.

El éxito de las políticas económicas (en cuanto a tener más riquezas) y el éxito de las políticas sociales (en cuanto a distribuir mejor esas riquezas), ha logrado que más personas tengan más dinero.

Sin embargo, quienes han mejorado su poder adquisitivo, tienen que trabajar más horas y suelen destinar parte de sus ingresos a compensar con bienes materiales el inevitable abandono afectivo de sus hijos.

La lógica que tiene la naturaleza para preservar el fenómeno vida en los ejemplares de todas las especies, es la provocación, tanto de dolor como de placer, para obligarnos a conseguir el equilibrio transitoriamente perdido.

Cuando buscamos el amor de otros, estamos cumpliendo con la naturaleza, estamos ofreciendo nuestra carencia, pedimos colaboración, seducimos presentándonos como vulnerables, menesterosos, demandantes y en definitiva, receptivos, acogedores y dispuestos a dar de lo que sí tenemos.

(1) (Maldita) Felicidad publicitaria
Loción infalible contra las molestias
Menos culpa y menos estrés
Por ahora necesitamos la pobreza
Trabajo molesto y seguro
Vivir es molesto

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lunes, 26 de abril de 2010

El lunes empiezo

¿Podría existir una sociedad en la que se aplaudan de igual forma los fracasos y los éxitos?

Sí, es posible.

Para que eso suceda, el aplauso no puede estar dirigido al éxito o al fracaso mismos, sino a la temeridad que sólo se demuestra cuando se observa que hubieron resultados (buenos o malos) de una acción que otros no serían capaces de realizar.

Lo que se estimula con el aplauso es la diferenciación, es el heroísmo, la excepcionalidad, la proeza, independientemente de sus resultados.

Los delincuentes suelen potenciar su agresividad antisocial, porque en su colectivo felicitan a los que perpetran grandes delitos sin ser castigados y también a quienes caen en manos de la policía acusados de poseer una altísima peligrosidad.

Si pensamos en los combatientes que incursionan en otro país, observaremos que son honrados cuando regresan con gloria y también son distinguidos cuando caen prisioneros del enemigo (por ejemplo, protegiendo a su familia, destinando grandes recursos para su rescate, negociando canje de rehenes).

Parecería ser que los humanos premiamos la acción (con cierta independencia del buen fin logrado), cuando están priorizados valores ideales, abstractos, subjetivos ... y me abstengo de decir «superiores» porque este adjetivo depende de quien haga el juicio.

Lo que sí parece más concreto y objetivo, es que la mayoría de las personas estamos condicionados para aplaudir solamente los éxitos, mientras que los fracasos son abucheados ... salvo que el perdedor nos inspire lástima.

Esta característica de nuestro grupo de pertenencia determina que le tengamos mucho miedo a la acción y sus riesgos.

Seguramente nadie nos tendrá lástima si no mostramos algún fracaso.

Tampoco nos alegraremos por los éxitos, porque la inacción nos salva de fracasar, aunque nos priva de triunfar.

Por todo esto, el fracaso de los arriesgados es nuestra secreta fuente de alegría.

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domingo, 25 de abril de 2010

Madonna en seis cuotas mensuales

Cuenta un cuento que, hace muchos años, cuando existían los préstamos pignoraticios (es decir, la entrega de dinero con garantía de objetos personales tales como joyas, prendas de vestir, electrodomésticos), un músico entregaba (empeñaba) su violín cada pocos días y luego lo retiraba devolviendo el dinero que habían recibido en préstamo.

Así sucedió hasta no volvió a cancelar el préstamo.

Como era de práctica en este tipo de negocios, el prestamista decidió vender el violín para recuperar su dinero. Sin embargo, al abrir el estuche, se encontró con un trozo de madera cuyo peso era similar al del instrumento.

Cuentan testigos que el psicoanalista francés Jacques Lacan (1901-1981), llegó a ser tan famoso, que los pacientes esperaban las horas que fueran necesarias con tal de tener una sesión que a veces no duraba más de 3 ó 4 minutos.

Una paciente llegó a decir que estaba hechizada por él, aunque algo le llamó la atención cuando estaba muy angustiada por la muerte de su padre y Lacan la escuchó sin inmutarse.

Efectivamente, su salud estaba provocándole limitaciones (circulatorias, auditivas, de atención) pero los pacientes fascinados, sólo atinaban a pensar que eran manifestaciones de su inteligencia sobrenatural.

A pesar de esta idolatría que inspiraba, era notoria su ambición económica. Sus honorarios eran más exorbitantes a medida que las sesiones eran cada vez más breves.

Alguien llegó a decir que pagaría lo que fuera por ser atendido por Lacan, inclusive en el Polo Norte.

Tanto el caso del prestamista como el de los pacientes de este famoso psicoanalista, muestran ejemplos de sugestión (1).

Algunas empresas invierten en publicidad, porque de esa manera logran sugestionar a sus clientes o admiradores, haciéndolos pagar cifras enormes por sus marcas, productos o servicios.


(1) Apagar el cigarrillo con 2 litros de agua
La sugestión exitosa

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sábado, 24 de abril de 2010

Los catorce pecados económicos

Aunque no seamos cristianos ni católicos, igualmente estamos influidos por las normas morales que esta corriente religiosa ha impuesto a sus fieles.

Aunque —por igual motivo— no podamos creer en los castigos divinos que se merecen quienes pecan, igualmente sentimos algún tipo de amenaza preocupante.

También nos influyen porque, cuando los humanos nos enteramos qué no debemos hacer, incluiremos dentro de nuestros objetivos clandestinos, desobedecer.

Cuando el proverbio dice: «Hecha la ley, hecha la trampa», el sentir popular no hace otra cosa que justificar algo que hizo o está por hacer.

En el siglo sexto, la Iglesia Católica publicó la lista completa de los siete pecados capitales, esto es, aquellas acciones que provocan en Dios un verdadero enojo.

Nos influyen a cristianos y no cristianos porque ocho siglos más tarde, Dante Alighieri publicó La divina comedia, donde, con fuerza artística indiscutible, describió cómo se ofende a Dios y cómo éste toma venganza.

Es imposible no horrorizarse con la descripción de los siete castigos.

La lista completa de pecados, incluye: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

Dios se ofende si practicamos sexo por simple diversión, si comemos por placer, si queremos tener más de lo necesario, si no tenemos ganas de trabajar, si nos enojamos, si deseamos lo que otros tienen y si somos arrogantes.

Más recientemente, el Vaticano cambió los siete pecados.(1)

Desde 2008, se condenan la manipulación genética, los experimentos con seres humanos, la contaminación ambiental, la injusticia social, provocar la pobreza, enriquecerse excesivamente y consumir drogas.

Conclusión: Todo hace pensar que ahora tenemos catorce pecados capitales y —lo invito a corroborarlo— todos tienen repercusiones económicas. Aunque más no sea por tratarse de pecados capitales.

(1) Ver nota de prensa de diario El mundo.

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