domingo, 14 de diciembre de 2008

El símbolo y lo simbolizado

Un símbolo es un representante. Es algo perceptible que representa otra cosa. Los embajadores son personas que representan un país ante otro. Los diputados son personas que representan el pensamiento de sus votantes. La palabra «camión» es la representante de un vehículo de carga, etc.

El lenguaje es un conjunto de símbolos con los que podemos pensar y comunicarnos, en forma oral o escrita.

Esos símbolos tienen diferentes grados de complejidad. La palabra-símbolo «camión» es de uso sencillo porque rápidamente entendemos qué representa, podemos llegar a imaginar un camión con su carga, desplazándose, conducido por alguien.

Sin embargo, la palabra-símbolo «libertad» puede requerir para su entendimiento un esfuerzo mucho mayor. De hecho, el estudio que hacemos durante muchos años tiene como uno de sus principales objetivos aumentar nuestra destreza en el uso de los símbolos.

El dinero es un símbolo y para algunas personas es de muy difícil comprensión. Dado que es un bien que representa un valor (el que está escrito en el billete, por ejemplo, 1 dólar, 1 euro, etc.), quienes no hayan podido desarrollar la capacidad de manejarse con símbolos tendrán grandes dificultades para usarlo.

Seguramente estamos de acuerdo en que las personas que no saben ni hablar ni escribir padecen una severa limitación para vivir en sociedad. Lo mismo sucede cuando el analfabetismo se refiere a la comprensión y uso de este otro símbolo: el dinero.

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sábado, 13 de diciembre de 2008

La suerte de la fea

Hace dos días publiqué el artículo titulado No a la competencia y ayer otro titulado El primer fracaso.

Hoy sigo más o menos por el mismo lado pero desde otro punto de vista.

Dice el refrán que «La suerte de la fea la bonita la desea».

Es probable que las mujeres muy atractivas no sean tan solicitadas como las menos atractivas porque una mayoría de hombres supone que tendrán que hacer un gran esfuerzo para competir con muchos otros interesados en ella.

Los machos de nuestra especie estamos menos dispuestos a luchar por lo más valioso y menos dispuestos aún a tener que continuar esa lucha por un tiempo indeterminado ya que si la bonita nos prefiriera, intuimos que será preciso continuar el trabajo de seducción y retención para que ella no se vaya con otro competidor que también la desea por lo bonita que es.

No deja de ser un infortunio el ser linda y por ese motivo quizá reciba menos ofrecimientos de compañía. Como dice el refrán, ellas envidian a quienes por tener menos belleza resultan más accesibles para una mayoría de hombres.

En este caso la belleza y la riqueza se parecen porque ambas son estresantes mientras que la intrascendencia y la pobreza son más serenas.

Lo mismo sucede con cualquier otra cosa que queramos ofrecer, incluida nuestra fuerza laboral. Estar tapizados de títulos es un embellecimiento que puede ahuyentar a la mayoría de potenciales empleadores que no se cree en condiciones de pagar tanto lujo.

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viernes, 12 de diciembre de 2008

El primer fracaso

Opinamos los psicoanalistas que los seres humanos desearíamos casarnos con nuestro padre o madre (según cual sea nuestra opción sexual) y formar con ellos una familia, desplazando al que sobre. En general el varoncito quiere casarse con su madre y echar a su padre de la casa así como la niña quiere casarse con su papá y echar a su madre de la casa.

Esta aspiración surge en los primeros meses de vida y dura quizá toda la vida aunque con intensidad muy atenuada después de los primeros 3 ó 4 años de edad.

Todos tenemos diferentes formas de reaccionar ante este deseo frustrado. Algunos lo aceptan y se dedican a otra cosa (al juego, al estudio, a buscarse novia o novio, a practicar deportes) y otros se quedan enojados dándole vueltas al asunto con una actitud desconsolada, reivindicativa, frustrada, triste.

El hecho es que nuestras primeras experiencias competitivas son bastante desalentadoras. Yo diría que frustrantes y traumáticas.

Los padres parecen muy amorosos pero no se casan con el hijo enamorado olvidándose de su cónyuge adulto como él desearía. Para esa tierna edad este es un fracaso muy doloroso. Mejor dicho: cualquier enamorado sufre mucho si sus aspiraciones no son contempladas.

Como menciono en el artículo de ayer titulado No a la competencia, ésta nos impone un esfuerzo estresante pero es imprescindible para lograr ciertas cosas mínimas en nuestra existencia.

Si aquel fracaso original fue muy traumático y aún no hemos podido superarlo, es de suponer que en la adultez tendremos serias dificultades para conseguir toda otra cosa que implique competir (trabajo, cónyuge, calidad de vida).

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jueves, 11 de diciembre de 2008

No a la competencia

Algo que gusta a pocas personas es la competencia permanente y corriendo el riesgo de padecer pérdidas dolorosas.

El desagrado surge fundamentalmente del desgaste de energía física y emocional que impone la competencia. Obliga a los participantes a un grado de estrés que a la mayoría de nosotros nos desagrada. Se parece demasiado a un estado de guerra permanente.

Como forma de solucionar esto, muchas personas tratan de llegar a un acuerdo para no pelearse entre ellos y acuerdan que todos aplicarán el mismo criterio de precios u otras condiciones. Esto da lugar a otro fenómeno que también tiene sus detractores: El monopolio.

A los consumidores o usuarios no les conviene que sus proveedores dejen de competir entre sí porque eso hará que los precios sean más altos.

Por lo tanto todos tenemos un criterio que parece injusto: Queremos que nuestros proveedores compitan entre sí pero hacemos lo posible para no participar en ninguna competencia.

La realidad parece indicar que no es posible evitar la tan desagradable competencia en situaciones como son conseguir un trabajo para el que se postulan varios interesados, aprobar exámenes para los que tenemos que demostrar que sabemos lo que se nos exige, obtener la preferencia de alguien con quien desearíamos tener un proyecto de vida, etc.

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miércoles, 10 de diciembre de 2008

«Déme dos»

Tener poder parece una vocación generalizada aunque no muchas personas trabajarían intensamente para conseguirlo y luego mantenerlo.

A todos nos gustaría poder ordenarle a los demás que hicieran lo que a nosotros nos conviene o nos gusta. Una imagen adecuada sería la del jinete. Hasta un niño de corta edad, puede montar un caballo —y con ciertos conocimientos—, hacerlo avanzar, retroceder, girar, caminar, trotar, correr, detenerse, caracolear, etc.

El inconveniente para realizar este sueño es precisamente que todos lo tenemos y que entramos en competencia para ver quien manda a quien. Pero el hecho es que la intención de tener poder está siempre presente en todos y que unos pocos logran que sus esfuerzos sean coronados por el éxito.

Como les he comentado varias veces, el dinero no es más que una mercancía sólo que puede ser canjeada por casi todas las demás. El dinero da poder a quien lo tiene porque le permite cambiarlo por cualquier otro bien (o servicio).

Esto nos lleva a una conclusión más: Vender es una forma de obtener poder puesto que cuando vendemos estamos entregando un bien que sirve para una sola cosa mientras que el otro (quien nos compra) nos está entregando algo que sirve para infinitas cosas. Quien vende entrega algo muy poco útil y recibe algo (el dinero) muy útil.

Como la publicidad siempre nos está estimulando para que compremos, lo que en realidad nos está proponiendo es que cambiemos algo muy útil (nuestro dinero) por algo casi inútil (un objeto o servicio).

Concretamente: Vender da poder y comprar quita poder.

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martes, 9 de diciembre de 2008

«Niño, alcánzame la pinza»

El invento de máquinas capaces de multiplicar la producción de bienes modificó el campo laboral en Europa a partir de 1750.

Lo que antes se hacía en los hogares fue dejando lugar a las concentraciones obreras en los establecimientos industriales.

La idea de explotación surgió rápidamente porque este fenómeno, comúnmente llamado Revolución Industrial, produjo grandes acumulaciones de riquezas en pocas familias.

El ambiente se caldeó y los sindicatos fueron (y siguen siendo) organizaciones que lucharon contra esas familias para mejorar el reparto de tantas ganancias.

Por supuesto que surgieron pensadores nostalgiosos que comenzaron a recordar y proponer el retorno a la perdida producción familiar, imaginada como plena de amor y felicidad.

En verdad no es tan así. La producción familiar también tiene sus conflictos, molestias, injusticias y sobre todo, ineficacias porque los padres de familia no siempre son los mejores gerentes del emprendimiento.

De todos modos y por lo que puedo ver, esta idea algo romántica está prevaleciendo y lo que hoy llamamos Mypes (de hasta 10 trabajadores) y Pymes (de hasta 20 trabajadores) son algo muy parecido al trabajo en familia.

Más aún, está en pleno desarrollo el Teletrabajo que permite que mucha gente produzca y negocie desde su casa y para todo el mundo utilizando la tecnología informática.

Quizá estemos recuperando algo agradable que tenía el siglo 18.

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lunes, 8 de diciembre de 2008

Entre los esclavos nos aplaudimos

La esclavitud se asocia con un sistema económico social en el que unos seres humanos disponen de menos derechos que otros a quienes sirven sin remuneración alguna. El esclavo es alguien que trabaja como si fuera un animal o una máquina. Si se le da dónde dormir, se atiende su salud o se le da de comer es para que siga entregando su trabajo sin interrupciones.

Este modelo genera indignación entre una mayoría de ciudadanos del mundo sin reparar que sigue vigente aunque con algunas modificaciones que lo vuelven menos visible.

En muchos casos la diferencia que existe entre una persona próspera y otra decadente está en el mismo espíritu del sujeto.

Se dice que los mercaderes, comerciantes y personas en general que encaran la vida con un ostensible afán de lucro, son acomodaticios en asuntos de conciencia, tienen una moral más elástica, pueden vincularse con gente de las más variadas ideologías, creencias, religiones, razas, actitudes, antecedentes, prestigios.

Termino diciendo que la incapacidad para admitir el trato con cualquier otro semejante, no es más que eso, una incapacidad, una limitación, una falta de libertad, una esclavitud.

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