sábado, 21 de diciembre de 2013

Licencia neuro-dactilar

Me tomo un pequeño descanso. Vuelvo el 21/01/2014. Un abrazo!


viernes, 20 de diciembre de 2013

Represión sexual, duda y pobreza


La represión sexual genera la duda, que remplaza la entrada y salida del pene, generando una inacción que impide producir.

Por algún motivo que no conozco, ni conoceré, la pobreza me provoca dolor ajeno. Felizmente tengo lo suficiente para vivir dignamente, pero me duelen las carencias materiales en los niños, en las mujeres y en los hombres (en ese orden).

El culto a la pobreza que predican las religiones cristianas me parece nefasto, cruel, hipócrita. La promesa de un más allá para que unos pocos aprovechen las riquezas que desprecian los pobres y crédulos, me parece una estafa tan grande que excede nuestro campo visual: por eso no la vemos directamente sino que tenemos que inferirla.

Además de la prédica explícita y dogmática contra el bienestar material, las políticas (religiosas o no) que reprimen la sexualidad provocan, en muchas personas, un estado emocional que les impide producir lo que necesitan para vivir dignamente.

En otras palabras: la represión sexual genera pobreza.

El razonamiento que fundamenta esta aseveración no proviene de la economía que, como ya he mencionado, hace siglos que lucha infructuosamente contra la pobreza. Les propondré un razonamiento con lógica psicoanalítica, es decir: irracional, nativo del inconsciente.

El instinto sexual se expresa con la entrada y salida del pene erecto del genital, boca o ano de otra persona. Esta otra persona también ejerce su instinto sexual con la entrada y salida de un pene erecto, de su vagina, boca o ano.

La prohibición, represión, proscripción de realizar esta entrada y salida como sería natural, hace que muchas personas realicen ese mismo movimiento pero mediante el ejercicio de la duda. Sus mentes, sexualmente inhibidas, dudan: si-no, ahora-después, voy-me quedo, hago-no hago.

En suma: la duda, que remplaza la entrada y salida del pene, produce dudas paralizantes, bloqueadoras de la acción.

(Este es el Artículo Nº 2.099)


jueves, 19 de diciembre de 2013

El sistema educativo configura a los futuros trabajadores


El sistema educativo de cada país determina, en los estudiantes, a qué estímulos responderán cuando se conviertan en trabajadores.

Si escuchamos lo que hablan quienes buscan trabajo tendremos la impresión de que los empleadores son malas personas, explotadores, esclavistas, abusadores, avaros, desmesuradamente exigentes, y adjetivaciones similares.

Si escuchamos lo que hablan quienes buscan trabajadores, tendremos la impresión de que estos son malas personas, holgazanes, pretensiosos,  que quieren cobran mucho y no hacer nada, que viven faltando sin aviso, que los viernes se emborrachan de tal manera que ni siquiera el lunes se presentan sobrios, que rehúsan capacitarse, que están alentados por los gremialistas para descender la productividad, y adjetivaciones similares.

Correspondería abstenernos de tomar posición porque, desde sus respectivos puntos de vista, los dos tienen razón, así como también están equivocados. Lo que sí es cierto es que ambos tienen intereses diferentes, pero carecen de suficiente curiosidad para averiguar si la otra parte tiene o no algo de razón.

Podría decirse que los centros de estudio son el preámbulo adecuado para un determinado futuro laboral.

Quienes estudian donde el régimen predominante es el de premios y castigos, quedarán mentalmente prontos para desempeñarse en lugares de trabajo donde, el régimen predominante, también sea el de premios y castigos.

Por el contrario, quienes estudian donde predominan los estímulos, y los castigos son una rarísima excepción, quedarán mentalmente prontos para desempeñarse en lugares de trabajo donde el régimen predominante también sea el de estimular, alentar, desafiar, ayudar, colaborar.

En otras palabras: el sistema educativo determina ante qué tipos de estímulos el futuro trabajador tendrá una respuesta satisfactoria.

Los ciudadanos suelen no darse cuenta cómo son tratados pues, generación tras generación, han recibido las mismas técnicas pedagógicas y suponen que esas son las únicas disponibles. Por eso el régimen estudiantil-laboral tenderá a perpetuarse.

(Este es el Artículo Nº 2.098)


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Popularidad, celos y pobreza


Por qué, cuando alguien necesita ser ‘popular’, tiene que: celar al cónyuge, ser infiel y ganar poco dinero.

La mayoría ama a la mayoría. La popularidad es una condición deseada, valorada.  Nos gustaría ser integrantes de una enorme familia en la que nuestros hermanos nos protegieran, nos dieran su amor, nos ayudaran.

Como las familias suelen ser mucho más reducidas de lo que desearíamos, tratamos de ampliarlas construyendo vínculos matrimoniales, comerciales, políticos, religiosos, profesionales, sindicales.

Este anhelo nos obliga a igualarnos, a tratar de no sobresalir, a evitar las innovaciones, la creatividad.

Para poder estar rodeados de gente que nos quiere, no podemos ser ni competitivos, ni individualistas, ni originales, ni extravagantes. Tenemos que ser como los demás y hacer lo que hacen los demás.

Es así como terminamos aumentando nuestra tranquilidad y disminuyendo nuestra rentabilidad. Si, para no sobresalir, hacemos lo que hacen todos, nos repartiremos la utilidad de esa única actividad entre más personas.

De acá podríamos sacar una conclusión: a mayor popularidad menor rentabilidad.

No solo la popularidad nos impone una menor rentabilidad sino que, para evitar la envidia, directamente apuntaremos a realizar cualquier tarea que nos mantenga con escasa rentabilidad, para que la envidia de otros no atente contra ese vínculo afectivo, social, familiar, que necesitamos conservar.

La, recién mencionada, envidia es un sentimiento tan popular como los celos.

Para sentirnos integrantes de esa familia multitudinaria, tenemos que poseer deseos y gustos parecidos a los demás. Nuestros deseos y preferencias también deben ser comunes al resto de nuestro colectivo.

Los celos aparecen cuando, para sentirnos mejor integrados a esa gran familia, necesitamos sentir que los demás también gustan y disfrutarían a nuestro cónyuge. Peor aun: tenemos este sentimiento ‘popular’ porque, si fuéramos sinceros, reconoceríamos que aumentaría nuestra popularidad si también poseyéramos a la mujer del prójimo.

(Este es el Artículo Nº 2.097)


martes, 17 de diciembre de 2013

Las oficinas nómadas

  
La movilidad del sector servicios está permitida porque los teléfonos celulares inteligentes funcionan como una oficina que va donde hay trabajo.

En nuestra especie algunos son nómadas y otros son sedentarios. Algunos se desplazan casi continuamente y otros viven siempre en el mismo sitio.

Los humanos somos una especie particularmente vulnerable, demoramos muchos años en ser adultos autosustentables, pero estamos bien compensados por una elevada capacidad adaptativa. La mayoría de las especies solo habitan ciertas zonas del planeta, nosotros habitamos en casi cualquiera.

En las culturas hispanas hemos tenido una fuerte tendencia a establecernos definitivamente en algún lugar y también nos gusta poseer un terreno en exclusividad. El sueño de la casa propia es una característica muy difundida.

Sin embargo, la fijedad del domicilio está cediendo paso a un progresivo nomadismo y el sueño de la casa propia ahora comienza a verse como la opción de pasar toda la vida pagando una hipoteca.

Los economistas identifican tres sectores de la economía: el primario, dedicado a la producción agropecuaria; el secundario, dedicado a la producción industrial y el terciario, dedicado a proveer servicios.

Tanto el primario como el secundario solo pueden ser ejercidos en régimen de sedentarismo. Los agricultores y los industriales poseen establecimientos inmuebles. Sin embargo, el sector terciario depende menos de una locación fija.

Paulatinamente, los empresarios agropecuarios y los empresarios industriales son cada vez menos porque es una práctica habitual que se fusionen hasta formar grandes corporaciones multinacionales. Por el contrario, el sector servicios funciona muy bien organizado en pequeñas empresas, que agrupan a pocos trabajadores, sin descartar las unipersonales, en las que cada individuo es su propia empresa.

Los trabajadores del sector servicios, —gracias a las prestaciones de los teléfonos celulares inteligentes—, ahora pueden desplazarse con su oficina a cuestas y migrar hacia donde encuentran trabajo.

(Este es el Artículo Nº 2.096)


lunes, 16 de diciembre de 2013

Nos cobrarán todo lo que les paguemos


Nuestros proveedores no se conforman con ganar lo mínimo imprescindible sino que intentarán cobrarnos lo máximo que estemos dispuestos a pagarles.

Compro la mayoría de los alimentos en un pequeño comercio de mi barrio. No es que tengan mejores ofertas que los grandes supermercados, pero me ofrecen un trato especial: conocen mi nombre, algunas de mis obsesiones y manías, algunas de mis predilecciones y me han dejado saber qué les molesta de algunos clientes.

Según parece, algunos no cuidan su crédito y pagan las deudas con abusiva irregularidad. Más exactamente, algunos han abandonado su condición de clientes dejando una abultada deuda impaga.

Cuando el comerciante empezó a contarme este detalle de su vida algo me puso en estado de alerta.

Como suele ocurrirles a quienes se entusiasman contando una historia, dejó de prestarle atención a mis reacciones como interlocutor.

Estoy seguro que mi cara tiene que haber cambiado de expresión y hasta de color: o me puse pálido o enrojecí. Pero el señor continuó contándome que Fulano dejó una deuda impaga de tanto, que Fulana dejó una deuda impaga de tanto, y así con varias personas del barrio.

Cuando mi incomodidad por el tema subió demasiado tuve que interrumpirlo para decirle: «Tú y yo sabemos que esas deudas impagas terminamos pagándolas quienes compramos todos los días pagando con dinero efectivo. Para resarcirte es casi seguro que estás aumentando los precios de la mercadería que los buenos pagadores te compramos».

El hombre reaccionó como electrocutado, pero su nobleza o vergüenza lo obligó a reconocer que, efectivamente, le estaba confesando a una víctima (a mí) cómo él tenía que sacrificarlo cobrándole un poquito más para recuperar lo que otros no pagaron.

Contándole esto mismo a una sobrina, me dijo: «Los comerciantes siempre te cobrarán lo máximo que tú puedas pagarles».

(Este es el Artículo Nº 2.095)


domingo, 15 de diciembre de 2013

El instinto de conservación y la lucidez


El instinto de conservación exaspera nuestra lucidez mediante el dolor para que seamos eficaces en la conservación de la vida.

Aunque usted no lo crea, existen personas que no están preocupadas por el dinero.

Ellas lo tienen en cantidad suficiente; la cantidad que les llega parece tener una fuente inagotable; no están preocupadas por si algún día caerán en la indigencia, ni se les ocurre pensar en los vaivenes de la economía mundial: simplemente hacen ciertas tareas, cumplen ciertas obligaciones y el dinero suficiente llega con pacífica regularidad.

Para quienes viven corriendo tras los compromisos económicos, para quienes todos los meses padecen un cierto monto de angustia porque no llegan a fin de mes sin hacer malabares con los escasos recursos que tienen...o con la excesiva cantidad de gastos, imposible de abatir, para todas estas personas, repito, es quimérico imaginar que existan otras formas de vivir.

Más allá de lo que cada uno sea capaz de suponer, hay gente que no padece preocupaciones económicas, pero padece otro tipo de preocupaciones porque, según parece, las preocupaciones son un ingrediente natural para que el fenómeno vida solo se detenga lo más tarde posible (1).

Las preocupaciones de quienes no tienen problemas económicos consisten en cómo entretenerse, en cómo darle sentido a la existencia, en cómo llenar el tiempo libre.

Nuestra mente está especializada en detectar rápidamente las carencias pero es muy torpe para detectar todo lo demás. Está diseñada para captar el dolor pero tiene dificultades para registrar el alivio.

La Naturaleza es sabia: como lo único que puede poner en riesgo la existencia suele avisar su proximidad provocándonos dolor, el instinto de conservación nos aumenta la conciencia, la lucidez, el estado de alerta, con las sensaciones dolorosas, para que actuemos defensivamente y se cumpla el objetivo principal: vivir.


(Este es el Artículo Nº 2.094)


sábado, 14 de diciembre de 2013

La medicalización de la re-producción


Se plantea que la medicalización del proceso reproductivo podría sugerir que cualquier proceso productivo es una enfermedad que debería evitarse.

Varias veces ha transitado por mi cabeza la idea de que las palabras «producción» y «reproducción» son algo más que la misma palabra, con y sin el prefijo «re».

 El plus que podría exceder el concepto de intensificación aportado por «re» estaría dado por una probable vinculación asociativa inconsciente entre trabajar para producir y fornicar para re-producir.

Según opina el psicoanálisis, las metáforas, es decir las comparaciones, son nativas del inconsciente. La particular ilógica de esta parte del psiquismo considera igual algo que la conciencia mantiene como desigual (trabajar-fornicar).

En otras palabras: para el inconsciente es lo mismo producir pan y producir niños, pero para la conciencia, para la actividad lúcida, en estado de vigilia, producir pan es algo muy diferente a provocar un embarazo, gestarlo y parirlo (reproducirnos).

Desde el mismo psicoanálisis suponemos que nuestras decisiones («me levanto y me ducho», «me casaré con Fulano», «compraré una moto»), provienen del inconsciente, mientras que la conciencia, lo único que hace es enterarse, obedecer y después creer que fue la que decidió las acciones.

En suma: en este artículo compartiré con ustedes una hipótesis según la cual nuestra capacidad de producir dinero para vivir dignamente está influida por lo que nuestro inconsciente piensa del dinero y del fenómeno reproductivo.

Nuestra cultura considera que el embarazo es un fenómeno biológico que debe ser rigurosamente atendido y vigilado por la medicina.

En nuestra cultura pensamos que las enfermedades deben ser atendidas por la medicina y viceversa: cuando un médico interviene es porque algo de nuestra salud no anda bien.

De estas premisas podría pensarse que muchas personas, INCONSCIENTEMENTE,  consideran que producir es algo enfermante que debe evitarse y que RE-producir es peor.

(Este es el Artículo Nº 2.093)


viernes, 13 de diciembre de 2013

Comunicar requiere construir con ingenio


La comunicación no consiste en decir qué pensamos sino en construir nuestra idea en la cabeza del receptor.

Este artículo puede aportarles una idea a ciertas personas, pero resultará redundante para otras.

Para que usted no pierda tiempo, pondré la idea nuclear al principio:

No existe una buena comunicación cuando expresamos nuestro pensamiento, sino cuando logramos que nuestro interlocutor construya en su cabeza la idea que necesitamos trasmitirle.

Algunos habrán visto esos buques armados dentro de un envase de vidrio, cuya boca es demasiado pequeña como para que haya pasado por ahí. Sabemos que el vidrio no es flexible. La belleza del objeto radica, fundamentalmente, en imaginar cómo se las ingenió el constructor para armarlo en tan precarias condiciones.

En los parques de diversiones solemos encontrar una especie de grúa, encerrada en una caja de vidrio, que puede ser maniobrada desde afuera. Si este trabajo está bien hecho, podremos extraer algún obsequio que nos premiará la habilidad, la paciencia, el ingenio.

Cuando hacemos compras por Internet debemos cumplir un conjunto de pasos para que algún día el cartero nos entregue el paquete con lo que encargamos.

En estos tres ejemplos encontramos alguna forma de tele-comando, de acción a distancia, de realización habilidosa, indirecta, con un limitado control de nuestros movimientos.

Sin embargo, cuando necesitamos comunicarnos con otra persona, apelamos más a la magia, a la telepatía, al voluntarismo, al idealismo, a la esperanza de que el receptor de nuestro mensaje adivine qué deseamos trasmitirle.

Cuando el receptor nos está mirando, esa magia es más probable porque detecta nuestro estado de ánimo, capta nuestros gestos y la energía desplegada. Cuando hablamos por teléfono el mensaje pierde todos los complementos visuales y cuando nos comunicamos por escrito la construcción de nuestra idea en la cabeza del receptor adquiere la máxima dificultad.

(Este es el Artículo Nº 2.092)


jueves, 12 de diciembre de 2013

La envidia es instintiva

  
Podemos envidiar ventajas no económicas (salud, belleza, éxito social). Estas envidias son padecidas por semejanza con la perturbadora injusticia distributiva.

Estamos en 2013. Este año ocurrieron, en Venezuela primero y en Argentina después, saqueos a comercios perpetrados por ciudadanos comunes.

Los periodistas se hacen una orgía con estas noticias tan escandalosas, alarmantes, trágicas.

Los psicólogos también nos hacemos una fiesta.

Quizá la perversidad de los periodistas y de los psicólogos no sea tan grave (¿me estaré dando ánimo?, ¿querré silenciar mi autocrítica?).

Los acontecimientos realmente ocurrieron y todo haría pensar que ninguno de los dos profesionales (periodistas y psicólogos) contribuyó directamente al caos.

Hay muchas cosas para decir desde la psicología, pero la única que me parece un poco novedosa, porque casi nadie la menciona, nos comprende a toda la especie y no solo a quienes participaron en los actos vandálicos.

La frase que resume este diagnóstico dice: «Los ciudadanos honestos robamos cuando no existen razones para no robar».

Lo digo de otro modo: «Saquearemos siempre que sea posible».

De esta aseveración se deduce que la naturaleza humana contiene la vocación de apoderarnos de lo que a otros les sobra y a nosotros nos falta.

Por lo tanto, los humanos somos económicamente socialistas por naturaleza, excepto que alguien nos lo impida con el suficiente poder disuasivo.

Lo que llamamos envidia es en realidad la irritante percepción subjetiva de que se está transgrediendo una ley natural: la de que nadie tenga bienes de más.

La envidia es, entonces, el sentimiento de injusticia distributiva vivido individualmente por cada ciudadanos que observa cómo otros tienen mayores posesiones que él.

Si esto fuera cierto, también podemos envidiar ventajas no económicas, como por ejemplo la salud, la belleza, la cantidad de amigos. Pero estas envidias son padecidas por simple semejanza con la perturbadora injusticia distributiva.

(Este es el Artículo Nº 2.091)


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Generalizar es bueno y también es malo


La metonimia es un funcionamiento mental que nos amplía los conocimientos, pero que también nos induce a generalizar erróneamente.

Quienes me conocen están de acuerdo en que tengo varias obsesiones que me mantienen alejado de algunas ideas  tan perturbadoras que prefiero desconocerlas distrayéndome con estas obsesiones.

En este sentido soy normal: todos los obsesivos se abrazan a ideas fijas para concentrar la atención y no percibir cosas desagradables.

Una de mis obsesiones refiere a la metonimia. Este fenómeno lingüístico y mental consiste en designar a un objeto mencionando alguna de sus características, o a la causa o al autor.

Ejemplos: «Fulano, ya peina canas». Es una manera de decir que Fulano entró en la vejez, pero mencionando tal solo una característica de su cabello; «Fulana se vio afectada por un exceso de sol», en vez de decir que se vio afectada por el exceso de radiación solar; «Mengano compró un Picasso», en vez de decir que compró un cuatro pintado por dicho artista.

Esta forma de funcionar de nuestro cerebro quizá sea valiosa porque nos permite ampliar nuestros conocimientos a partir de experiencias singulares. Por ejemplo, si tropezamos con una piedra, por metonimia pensamos que todas las piedras podrían hacernos caer y de esa manera el aprendizaje mediante las experiencias se ve potenciado.

¿Cuándo la metonimia puede convertirse en un funcionamiento contraproducente? Cuando, por falta de conocimientos, generalizamos indiscriminadamente. Por ejemplo: no todas las piedras serán causa de nuestra caída sino aquellas que estén en nuestro camino, que además no hayamos visto y que sobresalgan lo suficiente.

Durante nuestra niñez y adolescencia recibimos mucha información generadora de metonimias porque carecemos de conocimientos suficientes: si nuestro padre nos rezonga, pensamos que dejó de querernos para siempre; si una chica nos rechaza, nunca tendremos hijos; si somos pobres, siempre lo seremos.

(Este es el Artículo Nº 2.090)


martes, 10 de diciembre de 2013

Resistencia al dolor y a la ansiedad


La elevada resistencia al dolor físico suele estar debilitada por una baja tolerancia a la ansiedad y a la frustración.

Todos hacemos lo mejor que podemos con los recursos que están a nuestro alcance.

Por ejemplo: si un grupo de personas tiene más resistencia al dolor físico que paciencia para convencer a los votantes de que son la mejor opción, se dedicarán a tomar el poder por la fuerza, serán revolucionarios, tratarán de llegar al poder mediante el uso de las armas y no a través del voto popular.

Quienes optan por la lucha armada necesitan contar con una elevada resistencia al dolor físico porque, por regla general, deben vivir en la clandestinidad, padeciendo enormes dificultades y privaciones, pero, sobre todo, aquel que caiga en manos del ejército que protege las instituciones democráticas que los sediciosos desean destruir, será sometido a terribles torturas que, inclusive, podrían provocarle la muerte.

Dicha resistencia al dolor y a las torturas son parte del perfil excluyente, (obligatorio), porque los motivos de las torturas son dos: extraer información que le permita al ejército formal capturar al resto de los insurgentes y también como castigo por la intención de matar a los militares del gobierno.

Esta segunda condición, la del cruel castigo a quienes sean capturados, también tiene por fundamentación provocar, entre quienes desean tomar el poder utilizando metodología bélica, una drástica selección muy difícil de lograr.

Puesto que son pocas las personas que tiene tan elevada resistencia al dolor físico, es muy poco probable que lleguen a juntarse una cantidad de guerrilleros dispuestos a padecer los probables suplicios.

Observemos además que esa fortaleza física, (resistencia al dolor), que demuestran los guerrilleros está compensada por la debilidad psíquica, (ansiedad, baja tolerancia a la frustración), que les impide afrontar el lento,  incierto y frustrante proceso electoral.

(Este es el Artículo Nº 2.089)


lunes, 9 de diciembre de 2013

La pobreza es un refugio

  
El dinero es un irritante cuantificador. Por eso tanta gente se refugia en la pobreza.

Para muchas personas el dinero es odioso, antipático, desagradable porque, nos guste o no, provoca una cuantificación de nuestra existencia.

La cuantificación que nos molesta del dinero quizá sea similar a la incomodidad que sentimos cuando tenemos que estudiar matemática: geometría, aritmética, cálculo, trigonometría, álgebra, ecuaciones, conversiones de unidades de medida.

La humanidad entera rechaza estudiar algo tan cuantificador como es la matemática.

Además de recordarnos las dificultades provocadas por la matemática, todo lo cuantitativo nos recuerda las leyes que regulan los asuntos

Civiles, es decir sobre los derechos y obligaciones de las personas, de sus bienes, de las herencias;

Penales, que regulan la forma en que los Estados pueden castigar a los ciudadanos.

Cuando imaginamos cuánto más felices seríamos haciendo nuestra voluntad, ahí tenemos las normas de convivencia y los funcionarios represores, (policías, militares, jueces, celadores carcelarios), que nos recortan esa libertad y su correspondiente felicidad imaginaria.

Los aspectos cuantitativos de la existencia se contraponen a los cualitativos, cuya principal característica es que no se pueden medir, que son opinables, que cada uno puede evaluarlos como lo desee y hasta modificar su propia valoración a lo largo del tiempo (de los años y hasta de las horas).

Las evaluaciones cualitativas nunca son coercitivas, ni fríamente razonables, ni obsesivamente coherentes: son libres, antojadizas, arbitrarias, caóticas, anárquicas, carentes de penalizaciones.

El dinero es homicida de casi cualquier cosa porque casi cualquier cosa puede ser remplazada por dinero. Peor aún: algunas personas pueden ser compradas y vendidas, con lo cual nos enfrentamos a la tragedia de que algunos semejantes parecen cosas, objetos, máquinas sin voluntad, sin moral, sin sentimientos, deshumanizados.

Estas son algunas razones de por qué tanta gente se refugia en la pobreza.

(Este es el Artículo Nº 2.088)


domingo, 8 de diciembre de 2013

El auge de las psicopatías en tiempos de crisis


La psicopatía es propia de muchos seres humanos «normales» pero se vuelve problemática en períodos de crisis económica.

El cerebro humano quizá sea el único que padece de incertidumbre. Para compensar esta característica perjudicial, quizá sea el único que puede creer en Dios

Son ‘acción y re-acción’ complementarias: primero sufrimos con la incertidumbre y después creamos la existencia de Dios para aliviar la ansiedad resultante.

En el terreno de la salud mental, por un lado observamos que algunas personas hacen cosas insólitas que nos inspiran temor, para tranquilizarnos salimos a buscar explicaciones, la ciencia nos satura con datos, estadísticas, teorías, opiniones, pero si a alguien se le ocurre profundizar apenas un poquito, descubrirá, lleno de pavor, que la ciencia no está segura de nada.

Lo único que nos queda entonces es aferrarnos a una ilusión, a una fantasía que en definitiva nos ayuda. Las religiones aportan la compañía de otros creyentes igualmente angustiados y entre todos nos consolamos, nos damos ánimo y hasta nos olvidamos de los problemas.

Muchos pueblos están padeciendo una profunda crisis económica desde hace varios años.

En épocas como esta la angustia y la desesperación se convierten en campo propicio para que emerjan con su mayor esplendor nuestros clientes, competidores, jefes y compañeros de trabajo psicópatas.

Por supuesto que la ciencia nos dirá que la psicopatía es un trastorno de personalidad que se manifiesta por una pérdida de escrúpulos y las religiones nos dirán que son «ovejas descarriadas que Dios pone en nuestro camino para probarnos», pero ¿qué hacemos con un acosador, con una brillante manipuladora, frente a un competidor que no reconoce los riesgos, con una compañera de trabajo que sólo respeta sus códigos personales?

Lo que hacemos con ellos es lo mismo que hacemos con cualquier otro fenómeno natural adverso: guarecernos para sobrevivirlo.

(Este es el Artículo Nº 2.087)


sábado, 7 de diciembre de 2013

Cuánto valgo y cuánto me aman


Las diferencias en el valor de los objetos nos angustian porque evocan nuestras dudas sobre cuánto valemos para los demás.

Imaginemos que una persona pregunta el precio de un cierto objeto. Cuando el vendedor responde la pregunta el interesado dice: «Es demasiado caro», a lo que el vendedor le responde: «¡Nadie lo vende más barato que yo!

Este simple diálogo no es tan simple porque, si no le agregamos más datos, nos quedamos sin saber cuál es la situación real.

Cuando un comprador dice que el objeto de su interés es demasiado caro, puede querer decir:

— Que el dinero del que dispone no es suficiente para pagarlo;

— Que ese mismo objeto puede conseguirse por menos dinero con otro proveedor;

— Que miente al decir que es demasiado caro solo para sacar verdad de mentira, es decir, para que el vendedor, que no esté muy seguro de que su oferta es realmente competitiva, haga una rebaja injusta, que lo perjudique y que beneficie al comprador que intenta engañarlo;

— Que el comprador nunca supo el valor de un objeto similar y que, pensando en voz alta, reconoce que no imaginaba que fuera tan costoso;

— Que, al existir varias calidades de ese mismo objeto, es lógico que algunos sean más costosos que otros, y que el comprador, al decir que este es demasiado caro, esté queriendo decir que prefiere comprar una opción más económica.

Si usted aún sigue leyendo, se merece saber que el análisis de estas diferentes alternativas es aburridor para casi todo el mundo y que dicho letargo intelectual es la causa de que tengamos tantas dificultades en el manejo del dinero.

Nos aburre porque nuestra mente rechaza estas alternativas que tanto nos recuerdan a nuestro principal motivo de angustia: ¿Cuánto valemos para los demás? ¿Nos aceptan (nos compran) o nos abandonan?

(Este es el Artículo Nº 2.086)


viernes, 6 de diciembre de 2013

Las preguntas del trabajador inseguro

  
Quien pregunta demasiado causa la sensación de que tiene dificultades para asumir una responsabilidad, para asumir un compromiso.

Como dice una canción que interpreta Alberto Cortez: “Ni poco ni demasiado, todo es cuestión de medida”.

Hay trabajadores que preguntan demasiado y trabajadores que deberían preguntar un poco más.

Sin ir más lejos, hace un año que estoy pagando las consecuencias de que un sanitario no me preguntara si yo aprobaba o no sus decisiones.

Pero este artículo se refiere a quienes preguntan de más.

Los niños suelen llamar la atención por cuántas preguntas les hacen a sus padres, hermanos, maestros.

Algunos interpretan esta actitud como una señal de curiosidad, de inteligencia, de avidez por aprender, pero no es así. Esta interpretación es errónea.

Los niños preguntones se sienten afectivamente inseguros. Lo que parece una pregunta muy intelectual, es en realidad algo parecido a «¿Me quieres?», «¿Ocupo un lugar en tu vida?», «¿Hoy estás enojado conmigo?».

Lo que un niño pregunta es más bien buscando cuál es el tono de voz de la respuesta o si esta respuesta es igual a la que recibió anteriormente.

Ansioso por saber qué lugar ocupa en el interés del otro, utiliza este método para obtener información valiosa: tono de voz y ratificación.

El tono de voz le indica el estado de ánimo del consultado y la ratificación le indica si el adulto es confiable, si se contradice, si le dice la verdad, o no.

Un empleado o un profesional que haga demasiadas preguntas a su empleador o a su cliente, causa la sensación de que es un niño afectivamente inseguro.

También causa la sensación de que tiene dificultades para asumir una responsabilidad, es decir, la habilidad para responder, para asumir un compromiso y, en definitiva, para ser confiable al realizar un trabajo.

(Este es el Artículo Nº 2.085)


jueves, 5 de diciembre de 2013

La envidia empobrece


La envidia es desestimulante para quien la padece. Suele generarse por incomprensión del personaje envidiado.

Para comprender la idea que justifica este artículo necesitamos asumir que existen roles gestores (exclusivamente ejercidos por madres) y roles proveedores (ejercidos por personas de ambos sexos que trabajan para mantener a su familia).

Por lo tanto, los gestores siempre son de sexo femenino y los proveedores pueden ser tanto mujeres como varones.

Solo haré un comentario sobre los proveedores, sin incluir a las gestoras.

Es muy probable que los proveedores, de ambos sexos, tengan una forma de pensar masculina porque es este sexo el que suele dedicarle más tiempo y energía al trabajo remunerado.

Los proveedores, (con mentalidad masculina, como acabo de decir en el párrafo anterior), tienen una psiquis apta para fecundar a todas las mujeres que se los soliciten. Un varón normal desea ser elegido Míster Padrillo Universal. Los varones que desean la monogamia continúan en una relación edípica con su madre (‘madre hay una sola’), pues no han logrado abandonar aquel vínculo primario e infantil.

Por esta mentalidad masculina de los proveedores, tienden a suponer que las prostitutas efectúan un trabajo envidiable, en tanto se las imagina realizando el sueño dorado de tener relaciones sexuales con muchas personas. Más aún: cobran por hacer la tarea más deseable.

Una prostituta no es un varón polígamo, es una mujer que anhela tener relaciones sexuales con el padre de sus hijos y no con cualquiera. Ellas tienen que cobrar para indemnizar el doloroso sacrificio de violentar su deseo natural.

Los proveedores, que envidian a las prostitutas, también las desprecian para aliviar las molestias causadas por la mencionada envidia.

Los proveedores bajan su productividad y sus ganancias cuando, por error, envidian la situación laboral de prostitutas o de cualquier otro trabajador imaginariamente feliz (gobernantes, empresarios, ...).

(Este es el Artículo Nº 2.084)


miércoles, 4 de diciembre de 2013

Opinar y no hacer es fácil


Quienes solo dan opiniones pero nunca hacen algo se parecen a quienes se burlan de las trabajosas responsabilidades maternales.

Alguna vez me contaron, leí o escuché, que Marck Zuckerberg (creador de Facebook) fue demandado por alguien que dijo ser quien tuvo la idea de Facebook, y que Zuckerberg le habría respondido: “La idea fue tuya pero ¿quién hizo Facebook?”

Algunos pretenden mover el mundo con gestos espermatogénicos (generadores de espermatozoides), es decir, solo con ideas, sin hacer nada, como sí hace el cuerpo de la mujer que gesta, pare y luego alimenta.

El modelo femenino es el más valioso: las ideas, por sí solas, no tienen ningún valor y su autor no debería reclamar nada..., o casi nada.

Dicho de otro modo: En la construcción de un nuevo ser humano, el varón copula y entrega su semen al cuerpo de la mujer quien, a partir de ahí, comienza un trabajoso proceso que dura nueve meses, que luego continúa con la alimentación que proveen las glándulas mamarias y que, como si todo esto fuera poco, sigue por más de 18 años.

Estoy comparando este placentero acto masculino de copular para entregar el semen con la generación de ideas que otros puedan convertir en útiles.

Los derechos de autor son derechos vacíos, monárquicos, llenos de orgullo por la nada misma, igual que las ideas que no sean llevadas a la práctica.

Con esta ideología que enaltece a quienes dan ideas y menosprecia a quienes las ponen en práctica, estamos rodeados de gente que habla, escribe y pretende que, con esas autoproclamadas «genialidades», todos le rindamos tributo, le demos una pensión vitalicia, los cuidemos como a la abeja reina.

Esta situación subvierte los valores, estimula a quienes se dedican a opinar cómodamente, como esos varones que menosprecian, con actitud pedante, las cansadoras tareas maternales

(Este es el Artículo Nº 2.083)


martes, 3 de diciembre de 2013

La desvinculación con el dinero


Desde la Revolución Industrial, los asalariados desvinculados del producto final del trabajo, malgastan el dinero porque pierden noción de su valor.

En otro artículo (1) les comentaba que podemos caer en la pobreza por no saber administrar nuestro dinero.

Un eficiente motivo para no saber administrarlo es no saber qué son esos papelitos tan bien dibujados (los billetes).  Si apenas conocemos su equivalencia práctica (un papelito azul es igual a tres litros de leche vacuna, por ejemplo), difícilmente podremos hacer un manejo más sofisticado.

En el artículo mencionado les comentaba cómo en los casinos obligan a los apostadores a canjear su dinero por fichas, logrando de ese modo que los jugadores pierdan, lo más rápidamente posible, la noción del patrimonio que ponen en riesgo de ser perdido (¡y ganado por el casino, por supuesto!).

Algo similar ocurre cuando visitamos otro país.

No podríamos asegurar que el presidente se comporta como el dueño de un casino favoreciendo la confusión de los visitantes. Sin embargo ocurre algo similar cuando el turista, para poder transitar por el país que visita, debe canjear la moneda que traía (muy conocida para él) por la moneda local (que desconoce).

Los turistas suelen gastar más de lo que pensaban, entre otros motivos, porque no calculan acertadamente cuánto significa en su economía esa moneda extranjera que desconocen.

Algo similar aconteció con la Revolución Industrial, ocurrida en el siglo 19 en Iglaterra, que puso fin al feudalismo.

Las máquinas que remplazaron la manufactura (manu-factura = hecho con las manos) provocaron, entre otros fenómenos, que los obreros perdieran contacto con lo que fabricaban. Dejaron de entender que el dinero que ganaban correspondía al mueble, al tejido o al utensilio que habían construido.

Los asalariados, al desvincularse del producto final del trabajo, malgastan el dinero porque pierden noción de su valor.


(Este es el Artículo Nº 2.082)


lunes, 2 de diciembre de 2013

El valor olvidado del dinero

  
El dinero es el equivalente a todo el esfuerzo que hicimos para ganarlo, pero lo gastamos sin recordar cuánto nos cuesta.

Hasta hace 30 años, la mayoría de los casinos permitían que los apostadores de ruleta compraran fichas o que pusieran directamente los billetes sobre los números elegidos.

Más de una vez, los crupiers debieron aclarar situaciones confusas porque, naturalmente, los billetes son todos iguales y más de un avivado quiso figurar como propietario de un billete ganador en perjuicio de quien realmente lo había apostado.

Finalmente, cortando por lo sano, quedaron prohibidas las apuestas de dinero en efectivo: solo pueden usarse fichas con valor de dinero, pero que son diferentes para cada jugador.

¿Qué se logró inesperadamente? Que los apostadores jugaran más y más, según dicen, porque las fichas parecen objetos sin valor económico mientras que tirar billetes sobre el paño verde provocaba una mayor sensación de riesgo.

Pero el asunto no para ahí. ¿Qué es el dinero en realidad?

El dinero es sudor, esfuerzo físico y mental, levantarse temprano, fatigarse, recibir órdenes irritantes, pelearse con algún compañero malhumorado, no poder jugar con los hijos, desplazarse desde la casa hasta el lugar de trabajo durante miles de horas en la vida, disminuir las reuniones familiares y con los amigos por falta de tiempo y de energía.

En suma: el dinero es todo lo que nos cuesta ganarlo.

Igual que nos ocurre en los casinos, donde se juegan fichas de vistosos colores en vez de billetes de banco, cuando cobramos nuestro salario no tenemos presente cuánto tuvimos que hacer para ganarlo.

La memoria sirve para recordar y también para olvidar. Tenemos una memoria útil, porque recordamos lo que no deberíamos volver a vivir y placentera pues olvidamos lo desagradable.

Gastamos nuestro dinero irracionalmente porque olvidamos cuánto nos costó ganarlo.

(Este es el Artículo Nº 2.081)


domingo, 1 de diciembre de 2013

Causas de la obesidad y de la riqueza

  
En este artículo hago algunas comparaciones entre la obesidad y la riqueza, así como también en sus posibles causas.

¿Por qué algunas personas son obesas? Respuesta: Porque ingieren más alimentos de los que necesitan.

¿Por qué algunas personas son ricas? Respuesta: Porque ganan más dinero del que necesitan.

En suma: la obesidad y la riqueza se producen por un desbalance entre los ingresos y los egresos, de calorías y de dinero, respectivamente.

Estas ideas tan simples están prontas para ser complicadas a voluntad. Solo hace falta un poco de ingenio y energía suficientes.

¿Por qué algunas personas ingieren más alimentos de los que necesitan? Respuesta: Porque temen tener hambre.

¿Por qué algunas personas ganan más dinero del que necesitan?  Respuesta: Porque temen caer en la indigencia.

¿Por qué algunas personas temen tener hambre? Respuesta: Porque alguna vez la madre demoró en darles de comer o porque imaginan que el alimento lo es todo o porque imaginan que sentir hambre es similar a no tener aire para respirar, o por miles de causas de este estilo.

¿Por qué algunas personas ganan más dinero del que necesitan? Respuesta: Porque si fueran pobres se avergonzarían ante sus amigos o porque suponen que con menos dinero nadie los querría o porque consideran que la falta de dinero y la falta de salud solo son padecidas por personas tontas.

Dadas estas semejanzas entre obesos y ricos, ¿en qué se diferencian?

— Respuesta 1: Los obesos prefieren guardar energía en forma de tejido adiposo (grasa) y los ricos prefieren guardar energía en forma de dinero;

— Respuesta 2: Los obesos confían en su propio cuerpo para guardar las reservas y los ricos confían en los bancos;

— Respuesta 3: Los obesos prefieren guardar sus reservas en el propio cuerpo para que los demás lo sepan. Los ricos, no.

(Este es el Artículo Nº 2.080)


sábado, 30 de noviembre de 2013

Hacer falta no significa faltar


Nos dan trabajo donde «hacemos falta» y no podemos ausentarnos, pues nos pagan por estar presentes y por no faltar.

Cuando decimos “Hace falta Fulano”, estamos queriendo decir que la ausencia de Fulano es notoria, perturbadora, problemática.

Tengo la sensación de que es una forma muy popular, pero a su vez muy poco clara, de expresarnos.

Si no pensamos qué quiere decir exactamente todo anda bien, pero si nos detenemos en el significado surgen dudas.

La palabra «falta» significa varias cosas parecidas:

— Carencia, escasez: «Falta de dinero; falta de lluvias»;

— Ausencia: «Falta el profesor; falta del florero que estaba acá»;

— Transgresión: «Fulano cometió una falta menor»;

— Error: «Falta de ortografía».

Estas acepciones podrían resumirse aun más para concluir que la palabra «falta» tanto sugiere ideas de «ausencia» como de «infracción».

La pregunta es: Si solo me darán trabajo donde ‘yo haga falta’, ¿me van a pagar por HACER ausencia o por HACER infracción?

Algo está fuera de lógica. No puede ser que «hacer falta» signifique «ser necesario».

Aunque, pensándolo un poco más, puede haber una forma de pensar que explique este sinsentido.

La familia Pérez-González está compuesta por María, José y Pedrito, hijo de ambos. Para que la familia esté completa deben estar los tres, la ausencia de uno nos llevará a decir: «Hace falta José», que es como decir: «Sin José la familia Pérez-González está incompleta». En otras palabras: hace falta quien forma parte obligatoria del grupo.

¿Dónde podemos conseguir trabajo? Solo donde exista una vacante, es decir donde un grupo esté incompleto por la ausencia de quien desempeñe cierto rol, porque sin esa tarea el equipo no produce.

«Hacer falta» es poseer la condición de imprescindible para completar un equipo.

Nos dan trabajo donde no podemos ausentarnos, donde nos pagan por estar presentes y por no faltar.

(Este es el Artículo Nº 2.079)


 

viernes, 29 de noviembre de 2013

La compra de necesidades


Personas iguales a nosotros hacen gastos para obtener problemas, dificultades, realizar esfuerzos o para exponerse a riesgos patrimoniales.

Aunque suene extraño, a veces pagamos para tener problemas.

En realidad lo poco frecuente es que alguien lo diga como yo acabo de hacerlo. Por ejemplo, cuando jugamos con algún juego electrónico podemos llegar a pagar cifras importantes en la compra de más niveles de dificultad.

Aunque es notorio que nunca es dicho de esta forma, cuando pagamos los costos de un club deportivo, estamos pagando para caminar en una cinta, para pedalear frenéticamente en una bicicleta sin ruedas y así cosas por el estilo.

Vuelvo al párrafo inicial y repito: a veces pagamos para tener problemas, dificultades, trabajos, para sacrificarnos, para sudar. En estos casos correspondería entonces modificar la condena bíblica para convertirla en «ganarás problemas con el sudor de tu frente», en vez de «ganarás el pan con el sudor de tu frente».

Como vemos, hasta cierto punto es normal la compra de problemas, es normal gastar dinero en la adquisición de dificultades, es conocida la compra de riesgos que realizan quienes practican juegos de azar.

Acá entramos en la puerta patológica de este tipo de compra de problemas.

Los juegos de azar son negocios negativos en los que, el (irónicamente llamado) inversor, compra posibilidades de suicidio patrimonial.

Las personas que compran pequeños o grandes problemas, son como nosotros. No son personas venidas de otra galaxia: son seres humanos que evalúan su proceder con un criterio diferente al que usamos nosotros para evaluarlos a ellos.

Así como nos parece bien que alguien pague la cuota de un club para ir a sacrificarse y nos parece equivocada la persona que hace apuestas en un casino, todos ellos opinan que están haciendo las cosas bien.

Solo cambian los puntos de vista.

Artículo temáticamente vinculado


(Este es el Artículo Nº 2.078)


jueves, 28 de noviembre de 2013

Relación entre vivienda propia y salud


En nuestro idioma están lingüísticamente asociados conceptos tan dispares como las enfermedades de mal pronóstico y la vivienda propia.

En otro artículo (1) les comentaba que, desde cierto punto de vista, las personas funcionamos con si fuéramos palabras cuya definición está compuesta por todas las opiniones que genera nuestra existencia.

Si esto fuera aceptable, como intenté demostrar en el mencionado texto, las palabras de nuestro idioma tienen una influencia especial en nuestra forma de ser, en nuestras creencias, en nuestras decisiones.

Claro que, así como en nuestra conciencia no está la idea de que somos palabras tampoco está la influencia que tienen las palabras en nuestra vida.

Todo lo que tiene que ver con el lenguaje funciona, según el presente punto de vista, a nivel inconsciente, esto es, funciona sin que lo sepamos, sin perjuicio de lo cual podemos elaborar hipótesis como estas cuya utilidad práctica también operará a nivel inconsciente.

Veamos el caso que justifica este preámbulo.

La palabra desahuciar (2) tiene los siguientes significados:

1 — Quitar a uno toda esperanza de conseguir lo que desea:
siento ser yo quien te desahucie de tus fantasías.

2 — Considerar el médico que un enfermo es incurable:
le desahuciaron sin atender a más pruebas.

3 — Despedir el dueño de un piso, local o finca a su inquilino mediante una acción legal:
lo van a desahuciar por falta de pago.

Como vemos, la palabra desahuciar tanto significa un mal pronóstico para nuestras expectativas en general y sobre la evolución de una enfermedad en particular, como ser expulsados a la calle de nuestra vivienda.

Con esta particularidad de nuestro idioma nos explicaríamos por qué es lógica la convicción según la cual quienes no poseen una vivienda propia se exponen a múltiples infortunios, pues la eventualidad de un desalojo está, lingüísticamente, asociada a la salud.



(Este es el Artículo Nº 2.077)