Parece que hace muchos años (quizá miles) nos pusimos de acuerdo en mentirnos.La mentira consiste en negar que espontáneamente nos amamos más que al resto del universo (personas y objetos).
También es mentira cuando decimos o creemos que podemos amar a alguien igual que a nosotros mismos.
Como para poder disfrutar de ese amor máximo que sentimos por nosotros mismos tenemos que ser coherentes (porque de lo contrario nos perderíamos la protección de la sociedad), organizamos toda nuestra conducta de tal forma que nadie descubra nuestros verdaderos sentimientos.
Imaginemos un caso sin esta gran falsedad.
El padre de familia se asegura de que no les falte nada ni a él mismo ni a su compañera.
Ambos hacen lo posible para que lo que les sobra de lo que ganan, alcance para que los hijos tengan lo mínimo imprescindible para crecer sanos y fuertes, pero sin las necesidades y deseos tan cubiertos como para que nunca deseen desarrollarse y ocupar esos lugares de privilegio que detentan sus padres.
Hay consenso en que los hijos criados en la abundancia se convierten en adultos vagos, deprimidos y casi inútiles.
También estamos de acuerdo en que el consumismo es dañino... pero simultáneamente tratamos de que a nuestros hijos «no les falte nada», hacemos regalos erosionando nuestra economía o —además de pagar impuestos— hacemos donaciones para carenciados que el Estado debería atender.
El psicoanálisis siempre trata de quitar la causa de los problemas y no pierde tiempo en eliminar los síntomas. Sabe que estos se irán definitivamente cuando desaparezcan las causas que los provocan.
Opino que el (síntoma) consumismo desaparecería si pudiéramos aceptar
— que cada uno se ama a sí mismo más que a nadie,
— pero que lo disimulamos haciendo exactamente lo contrario.
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