La salud física y mental depende de la coherencia entre lo que somos, pensamos y hacemos.
Fabrico un jabón para uso humano, especial para la ducha y las manos.
Me fue bien hasta que los competidores empezaron a «golpearme».
Mis ventas fueron muy gratificantes los dos primeros años de ventas en el mercado, pero los otros fabricantes quizá se sintieron perjudicados o desafiados y comenzaron a promocionar sus productos similares al mío con especial agresividad.
Agresividad que se expresaba en dos «frentes»: con mayor publicidad y con menor precio.
Tan fuertes fueron para mí sus «golpes» que me obligaron a pensar seriamente en la creación de otro producto de menor costo para competir con los colegas.
Finalmente opté por hacer una pequeña trampita: disminuí los costos directamente sobre el jabón que ya tenía cierta aprobación en el público. Lo hice de tal forma que nadie se diera cuenta: insumos más baratos, envoltorio más económico y una publicidad un poquito exagerada, para lograr una recuperación en las ventas que le trajera más tranquilidad a los números (gastos, rentabilidad, liquidez).
Cinco años después de haber hecho esta «trampita», estoy viendo que los resultados fueron buenos en los números pero algo fue cambiando en mi vida tan paulatinamente que cuando quise acordar me encontraba negociando con mi esposa cómo nos repartimos los bienes gananciales porque ella quería terminar con el vínculo lo antes posible.
¿Qué habrá ocurrido?, me pregunté con la angustia que todos se imaginan.
La culpa la tiene la, pocas veces reconocida, coherencia humana.
Hoy estoy convencido de que aquella «trampita» con el jabón tuvo que integrarse a mi vida y, sin darme cuenta también hice «trampitas» en otras actividades, inclusive la afectiva.
Nuestra sagrada salud física y mental depende de una coherencia entre lo que somos, pensamos y hacemos.
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