martes, 14 de febrero de 2012

Somos propensos al ahorro ilimitado - (Artículo Nº 1.464)

Los humanos somos naturalmente capaces de tolerar el hambre y la sed durante un cierto tiempo y también estamos naturalmente condicionados para ahorrar y acumular cuando las circunstancias lo permiten.

Esta mañana desperté con esta idea en la cabeza y no sé si es un recuerdo o un invento. Sea como sea, para algo puede servir.

En economía se dice que «los precios son resistentes a la baja», lo que en lenguaje menos académico quiere decir algo así como: «cuando algo sube de precio, difícilmente baje de precio algún día».

La idea que quiero comentarles es la siguiente:

Es probable que la naturaleza haya desarrollado en los seres vivos la capacidad de tolerar la escasez de lo que ocasionalmente puede escasear (alimentos y líquidos) y no desarrolló esa tolerancia a la escasez para lo que difícilmente vaya a escasear: el aire.

Es probable, decía, que los seres humanos estemos preparados orgánicamente para sobrevivir a ciertos períodos de escasez de alimentos sólidos y líquidos.

Esta particularidad de nuestro organismo nos permite soportar la transitoria ausencia de proteínas, vegetales y líquidos. Corre por cuenta de la suerte de cada uno que la obtención de estos elementos ocurra antes de que esa resistencia se agote (muerte por inanición).

Complementariamente a esta característica corporal, también estamos instintivamente predispuestos a acumular, no solamente dentro del cuerpo en forma de gordura sino también fuera del cuerpo, guardando alimentos salados, refrigerados, envasados.

Nuestra mente está diseñada para que tratemos de acortar los períodos de escasez y para que acumulemos en los períodos de auge.

Por eso es que

— cuando alguien cobra un cierto precio o salario, se resiste tenazmente a rebajarlo (resistencia a la baja);

— también está en nuestra naturaleza tolerar cierta escasez (pobreza); y

— también está en nuestra naturaleza acumular (guardar, ahorrar, enriquecer) ilimitadamente.

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lunes, 13 de febrero de 2012

La jubilación del útero - (Artículo Nº 1.463)

El rol natural de la mujer es conservar la especie. Si la población mundial ya es la suficiente, ellas necesitan conquistar roles que eran masculinos.

¿Qué le ocurre a un trabajador cuando se jubila?

Aunque la palabra «jubilación» deriva del vocablo «júbilo» (alegría, gozo, satisfacción), la situación real tiene muy poco de estos sentimientos placenteros.

La persona jubilada necesita enfrentarse a la elaboración de un duelo, similar (aunque no idéntico) a la pérdida de un ser querido o a la pérdida de alguna función orgánica (caminar, ver, oír).

Es muy frecuente que el jubilado se sienta especialmente molesto porque lingüísticamente su rol afirma todo lo contrario. Entonces, no sólo se siente mal por haber «perdido» su ocupación remunerada sino que además se siente triste cuando los demás esperan que esté muy feliz.

Ahora cambio la dirección de estas ideas para comentarles qué le ocurre a un «útero jubilado».

Las mujeres son felices cuando pueden desempeñar su rol principal para el que son «monopólicamente» aptas: gestar nuevos ejemplares.

Si fuera cierto que la cantidad de ejemplares de nuestra especie ya es la suficiente, entonces aquella imprescindible «tarea» de procrear estaría viéndose limitada.

Cuando los humanos moríamos en cantidades por guerras y pestes, ellas eran esenciales, pero la longevidad actual les resta protagonismo. Sus mentes, diseñadas para detentar el rol más valioso de la especie, deben enfrentar un duelo, como el del jubilado que «se queda sin trabajo remunerado».

Es por ese «útero jubilado» que todo el mercado de trabajo transita un período de confusión, transformación, cambio.

Los varones, que nos sentíamos protagonistas como proveedores de la mujer y sus (nuestros) hijos, ahora ya no somos tan necesarios y hasta compiten con nosotros.

En suma: La «jubilación del útero» provoca la angustiante jubilación anticipada del protagonismo de los varones.

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domingo, 12 de febrero de 2012

El amor no es gratis - (Artículo Nº 1.462)

Los pensamientos «lindos» y las ilusiones infantiles conducen inevitablemente a la ruina económica y afectiva.

Aceptamos de buena gana, aunque no siempre con entusiasmo, que otras personas ganen el dinero que necesitan para darle satisfacción a sus necesidades y deseos.

La diferencia entre «de buena gana» y «no siempre con entusiasmo» está vinculada psicológicamente con nuestra dualidad ante la propiedad privada: la entendemos perfectamente para conservar nuestros bienes aunque tenemos dificultades para respetar esa misma pretensión en otros.

Es por esto que:

— corremos a cobrar pero nos desplazamos en cámara lenta para pagar;

— notamos que alguien se demora en devolvernos un paraguas pero el bibliotecario tiene que llamarnos varias veces la atención para que devolvamos un libro;

— ponemos el grito en el cielo si encontramos que alguien rayó la pintura del automóvil pero si abollamos sin querer un carro estacionado, nos preocupa saber si alguien nos vio para huir sin llamar la atención.

Por lo tanto, las personas ajenas interesadas en que tengamos una fuente segura de ingresos son las que de alguna manera:

— se beneficiarán (vendedores, recaudadores de impuestos, banqueros); o

— dejarán de perjudicarse con nuestra falta de ingresos (padres, esposa e hijos, compañía aseguradora de desempleo).

Aunque después de leída esta descripción parece inútil, les pido un voto de confianza: la sensación de que todos sabemos lo que acabo de escribir no significa que lo tengamos en cuenta las veces que haga falta.

En otras palabras: requiere un esfuerzo bastante significativo no dejarnos gobernar por las ideas placenteras, por las ensoñaciones y fantasías.

Querríamos de corazón que todos estén interesados en nuestro bienestar personal, gratuitamente, desinteresadamente, por puro amor.

Flotar en esta hermosa nube, imaginarnos amados como fuimos amados en nuestra infancia, creernos dignos de un amor desinteresado, sólo nos provocará desilusiones y la ruina económica.

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sábado, 11 de febrero de 2012

La inflación como mentira del Estado - (Artículo Nº 1.461)

La inflación es una forma engañosa de aumentar la contribución de los ciudadanos al Estado.

«Ojos que no ven, corazón que no siente» dice un refrán y es cierto.

Cuando nos preocupamos por las mentiras, engaños, falsedades, que perjudican nuestra existencia, pensamos en quien perpetra la falta de sinceridad pero difícilmente observemos qué participación tuvo la víctima.

Tendemos a ser demasiado condescendientes con las víctimas y excesivamente severos con los victimarios.

En este, como en otros casos, las víctimas pueden ser provocadoras de la mentira que reciben.

Esto es así cuando el engañado, sin querer o voluntariamente, emite señales del tipo «No me digan nada que pueda molestarme».

Las veces que esto ocurre, debemos reconocer que es una injusticia llamar «mentiroso» a quien lo único que hace es no molestar a quien pide que le permitan ignorar las malas noticias. La deferencia, el cuidado, la precaución de no molestar a quien desea permanecer apartado de algunas novedades desagradables, termina incriminándolo por mendacidad, falsedad, disimulo, falacia.

Una de las mentiras más grandes y que nos afecta a todos los habitantes de un país es la devaluación silenciosa de la moneda local.

La inflación es una manera de quitarnos más dinero, de aumentar los impuestos, de exigirnos más esfuerzo para solventar los gastos del Estado.

Los gobernantes que incurren en esta deslealtad lo hacen porque su capacidad de liderazgo no es la suficiente como para lograr que los ciudadanos acepten vivir según la realidad: tienen que aumentar su contribución al Estado, este tiene gastos imprevistos, aumentó la carga salarial de sus funcionarios, no sabe administrar.

Para que los ciudadanos paguen lo que tienen que pagar, es preciso recurrir al refrán «Ojos que no ven, corazón que no siente». Todos verán afectada realmente su economía, pero al no darse cuenta, no se defenderán.

Artículos anteriores que refieren a «inflación» o «devaluación»:

Cuando una moneda se convierte en monedita

Panfleto en no mayor

El burlador burlado

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viernes, 10 de febrero de 2012

Los cubanos también consumen malestar - (Artículo Nº 1.460)

La verdadera situación en Cuba es imposible de entender si no aceptamos que los humanos consumimos «malestar» en ciertas dosis.

No se sabe a ciencia cierta cuál es el origen del nombre del la República de Cuba ni tampoco se tienen datos sobre qué utilidad podría tener saberlo.

Lo que en definitiva parece bastante creíble es que si alguien quiere informarse sobre este país, no podrá saber casi nada.

Usted quizá piense que la dificultad está causada porque el régimen de los hermanos Castro (Fidel y Raúl), líderes del Partido Comunista gobernante, no permite la libertad de prensa. Falso.

No se puede saber casi nada de Cuba porque el sistema de vida impuesto por el gobierno desde hace más de 50 años (estoy redactando este artículo en 2012) es muy controversial, discutible, apasionante.

Claro que aquellos que huyen de la pasión rápidamente la apagarán con abundante agua fría diciendo que «la isla se ha convertido en un Paraíso» o «se ha convertido en un Infierno».

Otra forma de extinguir la polémica es afirmar que los hermanos Castro son dictadores de la peor calaña o futuros santos si el Vaticano no se deja presionar por el capitalismo judío.

En pocas palabras quiero decir que si bien la libertad de prensa no existe bajo este longevo gobierno, el desconocimiento de lo que realmente ocurre no es accesible ni para los nativos adultos.

Un motivo que puede estar haciendo obstáculo para conocer un poco mejor a este pueblo y sus peripecias está brevemente expuesto en otro artículo (1).

En ese artículo comento que los humanos precisamos el dolor, la carencia, el malestar, en ciertas dosis.

Con esta hipótesis nos acercarnos a comprender que vivir en la pobreza colectiva (no individual y solitaria), quizá sea gratificante, estimulante, deseable.

(1) Necesitamos dolor y alimentos

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jueves, 9 de febrero de 2012

Las tarjetas de crédito simulan ser dinero limpio - (Artículo Nº 1.459)

El dinero es valorado hipócritamente por la mayoría de nosotros. Las tarjetas de crédito intentan «vendernos» «dinero limpio».

Para que un hecho se convierta en noticia debe ser raro, insólito, sorprendente, trágico, inesperado.

— El más clásico es el que dice «Un hombre mordió a un perro»;

— Otro que acabo de inventar podría decir: «Un ladrón, varias veces reincidente, devolvió un paquete con cien mil dólares a quienes lo habían extraviado».

— Otro muy famoso, dice «Hay cosas que el dinero no puede comprar».

Precisamente esta «noticia» se convirtió en una frase con la que intenta identificarse la tarjeta de crédito MasterCard.

La frase completa expresa: «Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás existe MasterCard».

La idea es aportarle glamur, santidad, amor a esa parte tan ambivalente de nuestra psiquis cuando piensa en el dinero.

— Un joven participa con entusiasmo en la compra (con MasterCard) de objetos que necesitan sus padres para irse de viaje, porque él podrá disfrutar de algo que el dinero no paga: la libertad de usar la casa para divertirse con los amigos;

— Un señor utiliza la tarjeta para hacer varias compras vinculadas a su trabajo, pero al final del día obtiene lo que el dinero no puede comprar: divertirse con sus hijos saltando sobre una cama;

— Una voz en off nos va diciendo lo que una pareja de jóvenes compró con la tarjeta (lentes, canasta, calzado), pero la chica hace maravillas «impagables» con una pelota de fútbol que le llega accidentalmente.

A esta campaña publicitaria se la llama «Priceless» (sin precio – ver imagen).

Hipótesis: Quienes quieren vender una forma de dinero (plástico, de MasterCard), tratan de convencernos de que el dinero, culturalmente repelido, hipócritamente repudiado, teatralmente criticado, participa con fuerza en nuestros momentos felices, sobre todo cuando MasterCard limpia su mala imagen.

Nota: Estos anuncios pueden verse accediendo al link de Nuestros anuncios

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miércoles, 8 de febrero de 2012

«Ya lo vamos a atender» - (Artículo Nº 1.458)

Contratamos servicios que pagamos rigurosamente, pero no siempre sabemos qué hemos comprado hasta que llega el momento de utilizarlos.

¡Qué desagradables son las malas noticias! ¿Y las desilusiones? ¡Horribles!

Un amigo está muy desilusionado porque recibió varias malas noticias juntas.

El padre necesita una atención médica con urgencia y la empresa a la que le paga mes-a-mes una cuota para que le asegure la asistencia tan pronto la necesite, está incumpliendo su obligación con variados argumentos: falta de espacio transitorio, próximo reintegro del especialista más adecuado, accidental rotura de un artefacto imprescindible.

El argumento más sólido que estuvo esgrimiendo mi amigo para presionar a la empresa fue el referido a la antigüedad de su papá como afiliado.

Eso fue así hasta que se enfrentó a una mujer particularmente agria, malhumorada y desconsiderada que aparentemente le dijo la verdad.

Pensamos que se trata de «la verdad» porque, como la mayoría de las verdades, contiene una mala noticia.

La mujer le dijo a mi amigo que para ellos es lo mismo un afiliado que tenga tres meses que otro que tenga cincuenta años como socio.

— ¡¿Cooomo?! —, gritó mi amigo en un justificado arranque de ira.

La funcionaria, para terminar su obra destructora de ilusiones, respondió más serenamente.

La explicación tiene una lógica de hierro y nos dejó pasmados, abrumados e impotentes:

— Señor, su papá pagó puntualmente mes-a-mes un dinero que cubría su riesgo de que necesitara atención médica. Al finalizar cada mes, el derecho se extinguía y lo recuperaba pagando otra cuota. Por eso, cada 30 días su papá perdía todos los derechos y los recuperaba al pagar de nuevo. Esto explica por qué una persona con mucha o poca antigüedad da lo mismo, todos están iguales. No insista con los cincuenta años de afiliación. Ya lo vamos a atender.

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