martes, 14 de julio de 2009

«Tu competidor lo vende más barato»

El verano no es la mejor temporada para comprar refrigeradores ni el día del padre el mejor día para comprar una corbata.

Hay muy pocas personas que nacen con el talento de captar rápidamente cuál es la situación de los demás. La mayoría tenemos que trabajar muy duro para desarrollar esa sensibilidad.

Para ganar el dinero suficiente para satisfacer nuestras necesidades y deseos nos será preciso conocer qué necesitan y desean los demás.

Ese dinero nos llegará si podemos entregar nuestro trabajo a quien lo demande y esté dispuesto a pagarlo.

Cuando vamos a comprar algo también nos enfrentamos a una tarea en la cual podemos mejorar nuestra situación económica gastando lo menos posible.

El valor de los bienes y servicios se establece por medio de la oferta y la demanda.

El criterio universal consiste en que todos queremos obtener el mayor beneficio y eso conduce a que los vendedores pongan el precio más caro mientras que los compradores están dispuestos a pagar el precio más barato.

De esta oposición de intereses surgen negociaciones entre ambas partes que pueden ser pasivas o activas.

En la negociación pasiva, el comprador sólo busca el mejor precio y efectúa la compra donde le parece más conveniente.

En la negociación activa, el comprador regatea con el dueño del objeto o el servicio, aplicando técnica de persuasión que pueden lograr resultados diversos.

En ambas modalidades, quien va a comprar inicia un trabajo que consiste en recorrer, buscar, pedir información, hacer anotaciones, comparar (pasiva) o en esperar el mejor momento, conocer el costo y regatear con quien esté facultado para hacer rebajas (activa).

Cuando vamos a comprar entonces también estamos trabajando y dependerá de nuestra habilidad y persistencia la rentabilidad que produzca ese esfuerzo.

●●●

lunes, 13 de julio de 2009

«Cuídate que nos cuidaremos»

En el artículo publicado ayer con el título Las órdenes contradictorias prometía aportar algunos fundamentos de por qué el criterio principal que debe orientar nuestra conducta es el de cuidarnos a nosotros mismos sin perjudicar a los demás.

En otras palabras, lo que propongo es el de permitir que se exprese nuestra natural condición egoísta sólo hasta el límite en que podamos empezar a perjudicar a los demás.

La educación que recibimos desde el nacimiento nos premia si somos altruistas y nos castiga si somos egoístas. Por su parte el instinto de conservación opera en sentido contrario. Para resolver el conflicto, nos educan para que podamos dominar nuestros instintos, es decir, para contrariar lo que la naturaleza ha logrado con le evolución de milenios.

Lo que suele suceder es lo siguiente:

1) Para no tener problemas de convivencia con mis educadores, prometo que cuidaré de los demás;

2) Pero a cambio exijo que los demás se encarguen de cuidarme;

3) Como el instinto de conservación nos obliga a todos, desatenderé disimuladamente el cuidado a los demás que había prometido pero los culparé de todo lo malo que me pase.

Conclusión: En este esquema de funcionamiento, quienes digan apartarse del egoísmo que la naturaleza les impone, finalmente no podrán evitar ser irresponsables en el cuidado de los demás y de sí mismos, o sea totalmente irresponsables.

Por lo tanto, las culturas que inculcan el altruismo en desmedro del egoísmo están creando ciudadanos irresponsables (que se «lavan las manos» como sugiere la imagen).

Los trabajadores irresponsables sólo pueden ofrecer bienes o servicios inseguros, poco confiables y es claro que nadie está dispuesto a comprar inseguridad y desconfianza, causándoles la pobreza patológica.

●●●

domingo, 12 de julio de 2009

Las órdenes contradictorias

Cuenta alguna leyenda que Dios le dijo al ser humano: «cuídate que te cuidaré».

Si esta frase ha sobrevivido miles de años es porque muchas personas ratifican su validez. De lo contrario se habría olvidado y nadie la repetiría ya.

Las compañías de seguros, aunque parecen desvinculadas de la religiosidad, aplican el mismo criterio. Cada contrato de seguro está lleno de condiciones para que nadie se llame a engaño: ellos indemnizarán por un siniestro determinado con precisión, no por cualquier descuido, negligencia o dolo.

En esta asociación podríamos decir que Dios oficia como una compañía de seguros que sólo cuida a quienes se cuidan.

Ayer publiqué un artículo titulado Mi amigo el policía en el que les comentaba que para mantener el orden en las comunidades, se nos educa (adiestra, disciplina, condiciona) para ser más cuidadosos de los intereses ajenos que de los propios.

Como podrán observar es probable que muchas personas padezcan las consecuencias de estar recibiendo órdenes contradictorias: por un lado Dios nos dice que nos cuidemos y por el otro lado nuestros padres y maestros nos dicen que cuidemos a los demás.

La respuesta a esta confusión es clara: tenemos que cuidarnos a nosotros mismos sin perjudicar a los demás.

Ésta parece ser la solución más ponderada, justa, salomónica... aunque sería razonable que fundamente por qué. Espero hacerlo más adelante.

●●●

sábado, 11 de julio de 2009

Mi amigo el policía

En el artículo de ayer titulado Yo y tú digo que Adam Smith propuso hace 233 años que el egoísmo bien entendido es esencial para que se genere el «crecimiento económico» necesario para lograr el «bienestar social», pero que sin embargo aún hoy existen «quienes con la mejor intención están saboteando ese necesario egoísmo».

Para convivir en paz tenemos que mantener el orden y para lograrlo hace falta ponerle ciertos límites a la libertad individual. Aunque nos moleste, tenemos que aceptar la existencia y cumplimiento de miles de normas, reglamentos y leyes que nos imponen prohibiciones y los correspondientes castigos para los infractores.

Como la sola existencia de esas normas no es suficiente para garantizar una convivencia pacífica —sobre todo porque es imposible controlar eficazmente su cumplimiento— la educación hogareña y escolar nos condiciona para que algo de nuestra psiquis se encargue de inhibirnos, frenarnos, dificultarnos el cometer ciertas acciones.

En otras palabras: como la sociedad no puede poner un policía vigilando a cada ciudadano, entonces la educación nos instala una especie de policía interior. La vergüenza, el miedo, el asco son las manifestaciones visibles de esas auto-prohibiciones, de ese «policía interior» que la educación nos instaló para que en definitiva la convivencia social sea lo más pacífica posible.

Un efecto secundario indeseable de esa educación es el negar que primero debemos atender nuestras necesidad y luego las necesidades ajenas.

La cultura nos adiestra para ser buenos ciudadanos pero indirectamente nos distorsiona un punto de vista que es imprescindible para que se genere el «crecimiento económico» necesario para lograr el «bienestar social», bloqueándonos excesivamente el egoísmo.

●●●

viernes, 10 de julio de 2009

Yo y tú

En el artículo publicado ayer con el título Lo constante es el cambio les presentaba al escocés Adam Smith como el fundador de la ciencia económica.

En el año 1776 escribió su obra más trascendente titulada La riqueza de las naciones donde ya postulaba que el «bienestar social» depende en gran medida del «crecimiento económico» y que éste depende en gran medida de la división del trabajo que ya les comentara en el artículo titulado Mamá-papa.

Hoy en día los políticos siguen pregonando que para poder satisfacer las demandas económicas del pueblo que gobiernan es imprescindible «el crecimiento de la torta» (para referirse metafóricamente al «crecimiento económico» que proponía Adam Smith hace 233 años).

Pero este filósofo-economista se animó a decir algo más y que aún hoy es tenazmente resistido por muchas personas, quienes con la mejor intención están saboteando ese necesario «crecimiento económico».

Adam Smith dijo que el egoísmo es una cualidad muy valiosa para lograr el «bienestar social» en todos sus aspectos. Su idea es la siguiente:

1) Debo reconocer que un ser humano mentalmente sano, primero satisface las necesidades propias y luego —si puede— las ajenas;

2) Si logro ser consciente de esto quedo en condiciones de comprender que mis semejantes también priorizarán sus propias necesidades y si pueden, quizá atiendan las mías;

3) Cuando se cumplen ambas condiciones (aceptar mi egoísmo y el ajeno), recién entonces puedo «ponerme en el lugar del otro», «empatizar», «simpatizar», «amar al prójimo», posibilitando de esta única manera una convivencia que propicie la productividad generadora del «crecimiento económico» que nos posibilite el «bienestar social».

●●●

jueves, 9 de julio de 2009

Lo constante es el cambio

Muchos coinciden en afirmar que el fundador de la economía como ciencia fue el filósofo escocés Adam Smith (1723 – 1790).

Él puso en duda algo que hoy continúan pensando muchas personas: que el ser humano tiene una forma de ser estable. Por el contrario propuso que los humanos tenemos un comportamiento muy dinámico, cambiante, que se va adaptando a las circunstancias.

Hay quienes sostienen que los dinosaurios desaparecieron de la tierra porque no fueron capaces de adaptarse a los cambios climáticos que se produjeron en el planeta. Por el contrario, las antipáticas cucarachas reaccionaron mejor y continúan tan campantes.

Nuestra especie parece ser muy adaptable a las diferentes condiciones. Hay seres humanos viviendo en lugares muy inhóspitos. Habrán observado que las demás especies viven en ciertas regiones y en otras no. Quizá lo único imprescindible para nosotros es el aire y el agua más algún alimento sólido.

Por lo tanto es muy probable que la idea de Adam Smith haya sido la correcta: la conducta del ser humano no es estática sino dinámica.

Es muy importante tener en cuenta esta característica porque en múltiples ocasiones perdemos oportunidades que podrían mejorar nuestra calidad de vida porque tenemos la creencia de que «eso que nunca hicimos, no podremos hacerlo».

Pero podemos sacar otro beneficio al reconocer nuestra condición cambiante y se refiere a que en nuestra interacción con otras personas, es muy probable que nos sorprendan cambios de actitud como si estos fueran una irregularidad, cuando en realidad lo extraño (y hasta enfermizo) es que los individuos se mantengan incambiados.

●●●

miércoles, 8 de julio de 2009

El león es el rey de la cultura

Los animales gregarios y jerarquizados son los que viven en comunidades compuestas por individuos dominantes y dominados (humanos, lobos, felinos).

La teoría evolucionista propuesta por Charles Darwin (1809–1882) supone que el liderazgo del más fuerte surge de una lucha mediante la cual la naturaleza encuentra el ejemplar genéticamente mejor dotado.

De forma similar, la lucha entre machos cuando una hembra está en celo es una forma de recurrir al mismo procedimiento para propiciar el mejoramiento de las especies.

Cabe aclarar que «el mejoramiento de las especies» apunta fundamentalmente a lograr que las nuevas generaciones se adapten mejor a los permanentes cambios que se producen en el ecosistema que habitan (océano, montaña, estepa).

En las economías capitalistas el liderazgo está a cargo de quienes tienen más dinero o a cargo de quienes estos designen. Dicho de otra manera, el jefe es «el capital» y éste siempre tiene opositores que comprueban la conservación de su fortaleza.

Si hacemos las comparaciones que surgen de estos datos, podemos decir que:

1) Los humanos que vivimos en economías capitalistas intuimos que los individuos mejor dotados genéticamente son los que poseen el capital;

2) Por lo tanto, ponemos en el poder a los ricos (o a quienes estos designen);

3) Quienes luchan contra los ricos cuidan la salud del sistema porque nos aseguran que mientras el jefe no caiga es porque aún sirve como jefe.

●●●