Si la sociedad hablara, nos diría: «No me importan tus sentimientos hacia mí, sólo me importa lo que yo creo que tú sientes hacia mí».La sociedad también podría decirnos: «No me importa lo que eres sino lo que pareces ser».
Las cárceles y los hospitales psiquiátricos son empresas —generalmente estatales— cuyo único cliente es la sociedad.
Esta sociedad observa lo que hace un cierto ciudadano, piensa para sí misma: «Creo (me parece) que esta persona es peligrosa. Lo enviaré a una empresa de reclusión (cárcel u hospital psiquiátrico)».
Una de las características que la sociedad observa en los ciudadanos es su obediencia a las leyes y normas de convivencia.
En esas empresas (instituciones) de reclusión, se aplican algunos criterios que deberían ser terapéuticos pero que en muchos casos son punitivos (castigos). (1)
Cuando la sociedad observa si la obediencia de los ciudadanos es la adecuada, está determinando si estos tienen la humildad suficiente. Por lo tanto, algunas formas de orgullo (narcisismo, rebeldía, desacato), provocan la orden de reclusión.
El principal criterio («que debería ser terapéutico») sugiere que el internado abandone la mayor cantidad posible de elementos (libertad, documentos, prestigio) que pudieran conservarle ese orgullo que se manifiesta como antisocial.
Como digo en el artículo titulado La humillación terapéutica se combaten el orgullo, el amor propio y la autoestima obligando al internado a que se convierta en humilde, porque la sociedad entiende que «los ciudadanos humildes son buenos».
Las llamadas «laborterapia», «terapia industrial» o «terapia del trabajo» procuran que el internado se convierta en humilde haciendo tareas serviciales (fundamentalmente limpieza de lo que otros ensucian) pensando que así aprenderá a vivir en sociedad.
(1) Tan es así que con total soltura decimos que cuando un presidiario egresa, es porque «ha cumplido su condena» o «ha pagado su deuda con la sociedad».
●●●





