
«Adoro a los pobres. Son personas dulces, cariñosas, bondadosas, con buenos sentimientos.
Con ellos nunca tengo los problemas que tengo con las personas de mi clase social. Por eso prefiero estar la mayor parte del tiempo con ellos y no con los míos.
Los pobres no están permanentemente tratando de provocarme envidia con sus éxitos. Los de mi clase son irritantes. Siento que me agreden silenciosamente y eso me lleva a tratar de hacer lo mismo con ellos. Los pobres nunca me despiertan la agresividad. Me dan paz espiritual.
De alguna manera me hacen acordar de mi propia niñez, cuando yo no era dueño de casi nada, dependía de los demás y los demás cuidaban amorosamente de mí, como yo ahora los cuido a ellos.
También recuerdan a mi niñez porque se visten como yo les digo [siempre y cuando yo les dé la ropa, claro].
Los amo porque siempre me están consultando sus dudas y por supuesto que casi todas las veces tengo que ayudarlos con algo para que puedan seguir mis recomendaciones al pie de la letra.
Entre los pobres aún se conserva aquella antigua actitud de ser agradecidos con quien nos ayuda desinteresadamente. Ellos no se cansan de darme las gracias una y mil veces.
Cuando hacen lo que no deben y me veo forzado a rezongarlos, bajan la mirada reconociendo que tengo razón. Ellos son la única reserva de humildad y reconocimiento que queda en esta humanidad deteriorada, que ha perdido los valores más preciosos de nuestra especie.
¡Haría cualquier cosa con tal de que nunca falten los pobres!»
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