miércoles, 7 de julio de 2010

Momento de cambio

Los mecanismos de defensa son reacciones automáticas que construye nuestra mente para aliviar o evitar ciertos problemas.

Les comento algunos de ellos.

La negación consiste en desconocer la realidad. Por ejemplo, nuestro cónyuge hace días que no duerme en casa y seguimos pensando que «ya volverá»; hemos rendido varias veces el mismo examen y pensamos «lo salvaré y me diplomaré cueste lo que cueste»; gastamos demasiado, pero «¡Dios proveerá!».

La proyección consiste en convencernos de que nuestro problema en realidad es ajeno. Por ejemplo, tropezamos con un árbol y nos indignamos con quien lo plantó ahí; nuestro cuadro de fútbol tiene un mal desempeño que se manifiesta en los resultados y acusamos ferozmente al juez de favorecer a los contrarios; nuestro aparato digestivo no está funcionando bien y le reclamamos a quien cocina que preste más atención a lo que hace.

La formación reactiva consiste en disimular un deseo censurable, al punto de manifestar exactamente lo contrario. La suegra amorosa con su yerno a quien no soporta porque «acapara» a su hija; el mujeriego que en realidad es un homosexual reprimido; el devoto de la moral que apenas puede controlar sus perversiones.

Todas estas soluciones las inventamos cuando fuimos pequeños, sin experiencia, muy débiles, con un cerebro mínimamente desarrollado, cuando no habíamos comenzado nuestra educación. Es decir: en el peor momento para inventar algo.

Sin embargo, de no mediar un psicoanálisis profundo, esas soluciones tan precarias, serán las que usaremos por el resto de nuestras vidas.

Por motivos similares, son pocos quienes comienzan su vida laboral donde realmente están conformes, porque la eligen cuando aún no saben bien quiénes son ni qué es trabajar.

Si usted no falleció, ¡puede cambiar! (los mecanismos de defensa y la forma de ganarse la vida). Si ya falleció, ¡no puede cambiar!

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martes, 6 de julio de 2010

Las armas lujosas

Algunos antropólogos descubrieron una conducta humana en estado puro, que luego nos permitió entender otras actitudes menos evidentes.

En algunas tribus de Estados Unidos y Canadá, hacían fiestas con un gran derroche, en las que los caciques hacían gastos y obsequios notoriamente excesivos.

Estos derroches festivos, generaban la obligación en los invitados de retribuir los agasajos y obsequios, tratando en lo posible de superar en lujo, gasto y exhibicionismo, al anterior.

Estas prácticas dieron lugar a un concepto denominado «destrucción suntuaria».

Cuando alguien rompe, malgasta, regala bienes muy costosos, lo hace para demostrar su fuerza. Es un alarde de grandeza, de poder, de superioridad.

El derroche colabora para que los pobres teman a los ricos, cuando son sus empleados, sus proveedores o se organizan para reclamar una mejor distribución de la riqueza y la justicia.

Otra característica de la «destrucción suntuaria» tiene relación con el miedo que inspiran las psicopatías.

Los psicópatas son personas que no responden a los criterios de la mayoría. Sus acciones no están ponderadas por los escrúpulos, la moral, las buenas costumbres y —mucho menos— por la ley.

La destrucción de bienes propios, sugiere que su dueño no está bien de la cabeza.

Quienes desean amedrentar (atemorizar) con este tipo de comportamiento, intentarán inducir el terror haciéndose pasar por psicópatas ricos.

El terrorismo consiste en provocar «destrucciones suntuarias» que inspiren pánico en la mayor cantidad de gente posible.

La consecuencia buscada es que más personas consideren que el sistema de convivencia en el que viven, se ha vuelto peligroso, porque convoca a estos psicópatas de quienes algún día pueden ser sus víctimas.

«Destrucción suntuaria» fue la que hizo Al Qaeda con la Torres Gemelas (11/09/2001) para demostrar que occidente es débil y está equivocado (?).

Nadie sabe evaluar los resultados de una «destrucción suntuaria».

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lunes, 5 de julio de 2010

¿Nos podemos conectar?

Habrá observado que algunos electrodomésticos vienen provistos de un cable, en cuyo extremo han instalado una clavija (enchufe, conector eléctrico) que no coincide con los receptores (hembras, toma-corriente) que tenemos en casa.

Para que el artefacto pueda ser usado, será necesario hacer algunos cambios:

— disponer de un adaptador-transformador;
— sustituir la terminal por otra que calce en el receptor electrificado que tenemos;
— cambiar esta para que pueda recepcionar la que acabamos de comprar.

Para que tengamos vínculos con la sociedad, es preciso que exista por lo menos un canal habilitado, es decir, que podamos hablar, escribirnos, dialogar, vernos, tocarnos, intercambiarnos bienes y servicios.

Excepto quienes conservan una existencia primaria porque viven exclusivamente de lo que producen y fabrican (herramientas, calzado, medicamentos), todos los demás dependemos —para ganarnos la vida— de la buena comunicación que logremos establecer con el resto.

Si establecemos la analogía con el electrodoméstico adquirido, la buena comunicación significa tener la conexión adecuada, compartir algunos códigos, usar el lenguaje con eficacia, crear y conservar vínculos con la sociedad.

Hoy contamos con la posibilidad de conectarnos con otras personas que están en la web.

Si queremos acceder a ese colectivo, deberemos saber usar una computadora y comprender la lógica de quienes ahí se presentan, ofrecen, demandan, cobran y pagan.

Muy importante! Para vincularnos con personas de otras culturas, necesitamos conocer cómo hablan, qué les gusta y qué no.

En suma: Porque «la convicción mueve montañas» y «si no lo veo, no lo creo», podemos acceder a una buena convicción «viendo» que para recibir la energía de los demás (dinero, trabajo, oportunidades, ofrecimientos), tenemos que poder conectarnos adecuadamente, aprendiendo sobre el lenguaje, los medios de comunicación y la idiosincrasia (forma de ser y sentir) de los demás.

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domingo, 4 de julio de 2010

Lo feo de ser lindo

Observe esto: sobre las miradas recibimos miles de escenas cinematográficas o descripciones literarias de esas imágenes.

Por el contrario, la literatura sobre cuánto necesitamos ser mirados, no abunda.

Todos necesitamos ser reconocidos, queridos, amados, reclamados, demandados, buscados.

Esta quizá sea la característica más fuerte de nuestro instinto gregario aunque simultáneamente, de la que menos hablamos y escribimos.

Ser mirados es una necesidad importante, significativa, cuya carencia resulta muy perturbadora.

En algunos artículos (1) he publicado ideas sobre una especie de antropofagia que ocurre entre nosotros, cuando sentimos deseos de comernos a una persona porque nos gusta, la deseamos, nos apetece.

Cuando nos miran, sentimos el regocijo de sabernos reconocidos. Quien nos mira, nos tiene en cuenta.

En principio no importa mucho cómo nos miran, sino lo que necesitamos es que lo hagan.

Pueden mirarnos con gesto de aprobación, de crítica, de amor, de furia. El gesto comienza a ser importante a partir del momento en que dejamos de preocuparnos porque «nadie nos mira».

Cuando tenemos confianza en que somos capaces de atraer la mirada de nuestros familiares, amigos, conocidos y extraños, entonces nos ponemos un poco más selectivos, y comenzamos a discriminar «lindas miradas» de «feas miradas».

Si estamos conformes con la cantidad de «lindas miradas» que recibimos, nos sentimos aprobados y procuramos repetir lo que venimos haciendo. Nos esforzamos por no cambiar lo que da resultado: aspecto físico, forma de hablar, ámbito social al que frecuentamos.

Por el contrario, tomamos distancia de las «feas miradas» porque nos desaprueban, desautorizan, parecen hirientes, dolorosas y hasta mortíferas.

Uno de los problemas que padecen las personas lindas, es que no pueden cambiar su forma de ser por temor a perder ese suministro narcisístico vital.

Esta favorable condición provoca el temor a cambiar, causándoles dificultades para madurar, vincularse y trabajar.

(1) «¡Me gustas tanto que te comería!»
¡Hola bombón!

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sábado, 3 de julio de 2010

Los regalos y la fuerza

Las leyes de la naturaleza, interpretadas por la inteligencia humana, son unas pocas, pero aplicadas a las diferentes circunstancias, parecen diferentes.

Por ejemplo, una de esas leyes es que «no hay efecto sin causa».

En otras palabras: la naturaleza, observada por un ser humano, muestra que cada fenómeno está precedido por una causa (algo lo provocó y no habría ocurrido sin esa causa).

No pensaríamos de esta forma si fuéramos eternos.

En esta forma de interpretar la realidad influyen nuestras características. Como nacemos y morimos, suponemos que todo tiene un principio y un fin.

Por lo tanto, pensar en el origen del universo es un planteo que resulta de imaginar que somos el modelo de todo lo que ocurra.

Si los humanos nacen, entonces todo nace. Si los humanos tienen padre, entonces todo tiene un padre.

Pero estas son ideas demasiado abarcativas. Hay otras más sencillas que pueden exponerse en un artículo de 300 palabras.

Hemos comprendido que «la unión hace la fuerza».

Si unimos dos hilos, tendremos un cordel más fuerte que cada uno de los hilos. Si trenzamos varios hilos, tendremos una cuerda aún más fuerte.

De modo similar, lo que yo pueda hacer solo, es mucho menos de lo que puedo hacer asociándome con otro y con ese criterio, un equipo tiene más fuerza que un dúo, y así sucesivamente.

Para aumentar nuestra fuerza nos unimos y por eso, hace miles de años, prohibimos que nuestros jóvenes se casen dentro de la familia y sí puedan hacerlo con jóvenes de otras familias. Así se unen dos grupos y aumenta la fuerza de todos.

Los regalos tienen el mismo objetivo: «Yo te regalo a ti y tú me regalas a mí». Esta obligación, trenza (une, asocia) a quienes participan del intercambio, porque «la unión hace la fuerza».

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viernes, 2 de julio de 2010

Pobres naturales y ricos artificiales

Para encontrar las causas de por qué tantos millones de seres humanos viven en condiciones de pobreza que no desean, es preciso desconocer deliberadamente todo lo que se ha pensado y actuado hasta ahora.

Mi postura podría simplificarse con la consigna: «Todas las hipótesis explicativas de la pobreza y las acciones realizadas para erradicarla, son erróneas hasta que demuestren lo contrario».

Por eso mis puntos de vista difieren del sentido común.

En realidad están apartados de lo que hasta ahora se ha propuesto ... y por ahora pienso que este es un buen procedimiento.

En esta línea, les propongo la siguiente idea.

Es muy probable que la organización natural (la anatomía y fisiología del universo, dentro del cual somos una parte), incluya el criterio —ya propuesto por Charles Darwin— denominado «selección natural».

Según él, se producen muchos nacimientos (en cualquier especie), para que luego sobrevivan como puedan, los más fuertes.

Casualmente a nosotros (los humanos) se nos ha ocurrido enmendar los criterios naturales y tomamos decisiones que se les oponen.

Por ejemplo, la medicina ha realizado grandes progresos tecnológicos capaces de salvarles la vida a personas que, de otra forma no habrían sobrevivido por su deterioro físico o funcional.

No caben dudas de que los inventores y fabricantes de esos recursos, lo hacen porque así se ganan la vida o acrecientan sus patrimonios.

Es ingenuo suponer que lo hacen desinteresadamente por puro amor al prójimo.

Así tenemos un escenario en el que los humanos menos educados (culturizados) se comportan más naturalmente, que los más culturizados.

Los pobres tienen más hijos y mayores índices de mortalidad, mientras que los ricos tienen menos hijos y menores índices de mortalidad.

Y agrego con suspicacia: los estudiantes de medicina suelen investigar y ensayar sus precarios conocimientos, con pacientes pobres. Los ricos jamás lo permitirían.

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jueves, 1 de julio de 2010

¡Ganamos, ganamos!

El dinero individualiza, aísla, identifica.

En la relación psicoterapéutica, es imprescindible que el paciente le pague al técnico para que ambos perciban claramente que uno y otro son personas en situaciones diferentes.

Alguien podría alegar diciendo, por ejemplo: «Deberían estar demasiado locos si no se dieran cuenta de que al tener cuerpos separados, son también personas separadas».

No alcanza con tener diferentes cuerpos para sentirse dueños, responsables y encargados de la propia existencia.

Por ejemplo, cuando escribo este artículo (julio de 2010), en Sudáfrica se disputa un campeonato mundial de fútbol.

Pues bien, con total convicción, los hinchas de cada equipo festejan y sufren los resultados como si se tratara de triunfos y fracasos personales.

Nadie dudaría de la salud mental de dos desconocidos que se abrazan ante un televisor, gritando eufóricos «¡ganamos, ganamos!», siendo que en todo caso fueron los once jugadores del encuentro quienes efectivamente obtuvieron el triunfo.

El fenómeno tiene sus raíces en aquella primera etapa de nuestra existencia (1) en la que, el escaso desarrollo neurológico, nos hacía pensar que estábamos fusionados con el resto del entorno, que no había ni diferencias ni separaciones entre nosotros y el entorno.

Esa sensación de que pertenecemos a un todo indivisible, poderoso, inmortal, conocido como la palma de nuestra mano, es motivo suficiente como para sentir una gran alegría.

De modo semejante, cuando nuestro terapeuta nos escucha gratuitamente, tenemos el placer (también imaginario, como en el fútbol), de que nuestros problemas no son nuestros sino de todos.

El hecho es que los problemas de todos en realidad no son de nadie y por lo tanto se resuelven, tarde, mal o nunca.

En suma: cuando no pagamos para restablecer nuestra salud a quien trabaja para resolver nuestro problema, la recuperación puede demorarse o no llegar nunca.

(1) Tú y yo, ¡un solo corazón!

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