lunes, 14 de noviembre de 2011

Autorización para portar dinero

El dinero suele estar en poder de quienes tienen el talento, la fuerza y la actitud para conseguirlo y conservarlo.

Las sociedades nos organizamos de ciertas formas y no de otras.

Esta obviedad sólo pretende reafirmar que, aunque no sea digno de mención, tenemos ciertas prohibiciones y autorizaciones tácitas.

Por ejemplo, nacemos con derecho a que los adultos (y en último caso, el estado) cuiden de nuestra vida y salud, a que nuestros padres se hagan cargo de nuestros gastos, a ser educados.

Por ejemplo, nacemos con la prohibición de contraer matrimonio, conducir ómnibus y portar armas de fuego.

¿En qué grupo está el tener y portar dinero?

Seguramente en el segundo, junto con la autorización

— a casarnos sin necesitar el consentimiento de nuestros padres,

— a conducir ómnibus siempre y cuando aprobemos algunos exámenes de aptitud, y

— a portar armas de fuego, siempre y cuando demostremos idoneidad para usarlas e inevitable necesidad de tenerlas.

Este artículo procura señalar un hecho poco comentado.

La organización social no es clara a la hora de autorizar o no a que un ciudadano posea y use dinero.

Está claro que una herencia sólo puede administrarse cuando se llegue a la «mayoría de edad» (dieciocho años en casi todos los países); está claro que un menor de edad no puede participar en juegos de azar porque si lo hace tendrá problemas en cobrar lo que pudiera ganar.

Los colectivos hacemos un chequeo muy rudo (violento, depredador, salvaje) para determinar qué adultos podrán poseer y portar dinero.

Simplemente permitimos (toleramos, hacemos la vista gorda) las acciones abusivas logrando de esta forma que si alguien no sabe tener y usar dinero, lo pierda a manos de otros agentes económicos que difícilmente castigaremos por apropiarse de aquellos bienes que no sean celosamente custodiados por su dueño.

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domingo, 13 de noviembre de 2011

La bondad de los débiles

Para muchos, nadie bondadoso es al mismo tiempo fuerte, excepto Dios.

El resumen de otro artículo (1) dice textualmente:

« Miles de obras literarias que hipnotizan a millones de lectores tienen como trama principal la heroica frustración de sus protagonistas.»

Esa «heroica frustración» es la fórmula de goce de muchos de nosotros.

Como si fuera una novela, nos imaginamos estar en el medio de dos grandes grupos de personas (personajes):

— las que nos dominan, gobiernan, explotan, castigan, abusan porque son naturalmente fuertes, egoístas, malos; y

— las que por ser más débiles que nosotros nos decepcionan, entristecen y a veces nos hacen sentir impotentes, pero a los que de todos modos, sacando fuerza no sabemos de dónde, igualmente ayudamos, protegemos y aconsejamos para que sepan compensar esa debilidad que los condena a ser maltratados por gente avara, inescrupulosa, corrupta, insensible, mala.

En este «novela» faltan los personajes buenos y fuertes.

Los «buenos y fuertes» no participan en la novela personal de quienes estoy describiendo porque en su lógica parece un contrasentido que alguien que sea fuerte también sea bondadoso.

La debilidad que sienten los integrantes de este gran grupo de personas no necesariamente es real. Pueden pertenecer a diferentes niveles de mando y protagonismo, pero lo importante es cómo tienen organizada su lógica interpretativa de la realidad que perciben.

Según ellos, por ser irremediablemente de buen corazón, están condenados a ser débiles y se cuidan de ejercer algún tipo de poder que no pueda ser descalificado por ellos mismos con frases tales como «no tuve más remedio que hacerlo», «si no lo hago yo, no lo hace nadie», «si aplico mano firme, lo hago por su bien».

En suma: estas personas construyeron un rol (personaje) coherente y convincente, para conquistar la cuota de amor que todos necesitamos.

(1) Las novelas como textos de estudio

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sábado, 12 de noviembre de 2011

Las novelas como textos de estudio

Miles de obras literarias que hipnotizan a millones de lectores tienen como trama principal la heroica frustración de sus protagonistas.

A los humanos nos encanta escuchar, ver o leer cuentos, historias, relatos. Los más lindos son aquellos en los que el personaje principal «casualmente» piensa y siente igual que nosotros.

Claro que el autor pudo haber utilizado la misma habilidad de los abuelos que inventan aventuras en las que el personaje principal, el héroe, el poderoso, es «casualmente» idéntico al nieto.

Claro que el que una vez quedó fascinado por las aventuras de un cierto personaje, muy probablemente trate de imitar e incorporar sus particularidades. Aquel nieto hechizado por las proezas del súper héroe, incorporará a sus tareas futuras la de parecerse al valiente defensor de la justicia o a la bella princesa infalible para conquistar el corazón de los hombres más hermosos.

Algo especial ocurre cuando esas historias son guionadas por profesionales con afán de lucro.

La princesa infalible no es tan infalible. Después de curar al héroe de las heridas recibidas para defender la causa de los más débiles, después de alimentarlo y enamorarse de él hasta la enajenación, termina despidiéndolo porque resulta que el señor tiene que ir a solucionar algún entuerto en un lugar lejano.

El héroe valiente, insensible al dolor de su cuerpo pero maternal ante el dolor de los más débiles, se enamora de la hermosa mujer que lo cuida, lo cura y le entrega lo mejor que tiene, pero el deber es más fuerte y tiene que irse doblegando sus verdaderas intenciones de quedarse, formar una familia, tener muchos niños y terminar con eso de hacerse pegar defendiendo a gente que después ni le agradece.

Estas deliciosas historias nos invitan a ser débiles protegidos por héroes o a ser héroes sufrientes eternamente frustrados.

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viernes, 11 de noviembre de 2011

Los sistemas económicos son ecológicos

Es probable que los regímenes económicos sean fenómenos naturales y que la ecología los entienda mejor que la economía.

Quizá no sea prematuro ir concluyendo que no existe la teoría económica que nos salve de las escaseces, ineficiencias, crisis.

Durante más de setenta años la Unión Soviética nos hizo creer que el comunismo es la solución, hasta que colapsó en 1989.

En este momento tenemos la isla cubana en la que hace más de cincuenta años se procesa una «revolución» que ya parece un giro descontrolado y caprichoso porque, por definición, una revolución es algo que gira, cambia el rumbo, se reorienta y luego deja de dar vueltas.

En China el comunismo maoísta tiene más de sesenta años y parece tener larga vida porque de la teoría ortodoxa conserva discretos indicios.

El capitalismo, bastante más longevo que el comunismo, lleva tres siglos de vida (si aceptamos que su origen se remonta al siglo 17 en Inglaterra) pero durante esta segunda década del siglo 21 está exhibiendo preocupantes quebrantos de salud

— Podríamos pensar que el ser humano necesita las crisis porque el «fenómeno vida» (1) depende de los cambios, el dolor, la muerte que habilite nuevas vidas.

— Podríamos pensar que no necesitamos este tipo de cambios pero que estamos empecinados en tratar los temas económicos como si fueran asuntos dependientes del dinero y la producción cuando en realidad dependen del deseo humano, del cual no sabemos prácticamente nada.

— Podríamos pensar que los regímenes económicos no dependen para nada de la voluntad humana sino que son fenómenos naturales, circunstancias propias de cada región geográfica, como lo son el clima seco, frío, ventoso, tropical, pero que los humanos, como integrantes jactanciosos de esos fenómenos naturales, nos creemos protagonistas, encargados, responsables, simplemente porque a nuestro cerebro le da por creer en su libre albedrío (2).

(1) Los estímulos para la vejez
Los perjuicios de las donaciones
(2) Blog que reúne artículos sobre el libre albedrío y el determinismo

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jueves, 10 de noviembre de 2011

Los pueblos industriales se parecen a Dios

Como Dios lo hizo todo se merece lo mejor y, por analogía, los países industrializados merecen ser ricos.

Probablemente es el instinto de conservación el que nos obliga a querernos tanto.

El narcisismo, tan injustamente criticado, es el instinto que nos induce un profundo amor por nosotros mismos e indirectamente por todo lo que imaginamos como propio («mi hijo», «mi cónyuge», «mi país»).

Para que los ciudadanos estén dispuestos a entregar sus propias vidas y la de sus hijos cuando el país los reclama para conquistar militarmente nuevos territorios o para defenderlo (al país) de quienes los invaden, la propaganda de los gobiernos ha criticado ese instinto de conservación que nos caracteriza a todos los seres vivos.

También ha sido necesario que los ciudadanos sean generosos con las arcas del estado, no solamente para solventar los mismos gastos bélicos de ataque o defensa, sino también para pagar los gastos habituales de limpieza, salud pública, conservación de construcciones transitables, proteger a los desvalidos.

Aquel instinto de conservación que se manifiesta en forma de narcisismo es causa fundamental de la resistencia a pagar, a colaborar, a donar, contribuir, ayudar. El instinto de conservación y el consiguiente narcisismo promueven el egoísmo, el individualismo, la avaricia.

Las religiones trabajan junto a los gobernantes para condenar el narcisismo. Los siete pecados capitales son: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia.

La soberbia es el principal derivado del narcisismo. Dios, porque es perfecto, es el único que puede ser soberbio. Él es el gran fabricante.

Podemos pensar que los países vendedores de «commodities» (1) vendemos lo que Dios nos regala (productos naturales) mientras que los países industrializados son como Dios porque fabrican, transforman, crean.

La religiones opinan que tanto Dios como los humanos que fabrican a la par de Él, se merecen las mayores riquezas.

(1) La inocencia de quien roba a un ladrón

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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los objetos robados valen menos

Si la humanidad siente (pero no lo dice) que los bienes naturales (commodities de agricultura, ganadería, minería) son «robados» al planeta, inconscientemente tratarán de pagar por ellos lo menos posible.

El astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473 - 1543) «opinó» que el planeta Tierra no está en el centro del universo como se pensaba en la época y como puede afirmar cualquiera de nosotros tan sólo mirar el cielo.

Recibió furibundas resistencias, calificativos demoledores sobre su «opinión» y también sobre su persona, luego aparecieron algunas tímidas voces que comenzaron a preguntarse si este señor no tendría algo de razón, más recientemente los libros científicos informan que efectivamente nuestro planeta gira alrededor del sol, pero seguimos diciendo que «el sol sale por el este y se oculta por el oeste», en vez de confiar en Copérnico y decir «al sol comenzamos a verlo por el este y dejamos de verlo por el oeste».

En otro artículo (1) opiné que la explotación que los países industrializados hacen de los países productores de «commodities» (materias primas, explotación ganadera y agrícola, extracciones mineras) puede explicarse porque la que realmente produce es la tierra, la naturaleza, y lo que vendemos es lo que le sacamos (robamos) al terreno.

Es tan antipática esta opinión que podría parecerse a la de Copérnico.

Sin embargo, no poder encontrar otras formas de interpretar lo que nos ocurre con la injusta distribución de la riqueza depende en gran medida de no poder describir los hechos desde otros puntos de vista. Quizá nuestro error está en el planteo.

En suma: una de las causas de la injusticia distributiva está en que los humanos rechazamos la receptación (tráfico de objetos robados) (2), no podemos explicitar que los commodities sean percibidos como «objetos robados» (a la naturaleza) y por eso nuestros compradores desvalorizan lo que vendemos.

(1) La inocencia de quien roba a un ladrón

(2) El robo y las ideologías de izquierda

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martes, 8 de noviembre de 2011

La inocencia de quien roba a un ladrón

Existe una especie de «cadena de robos» (explotación, abuso), donde quienes vendemos «commodities» somos un «eslabón» más.

La palabra inglesa «commodity» también es usada por quienes hablamos español.

Se denomina así a la materia prima difícil de diferenciar pues son casi idénticos el petróleo venezolano y el de Arabia, el trigo argentino y el mexicano, o las bananas brasileras y las de Ecuador.

Esa dificultad para diferenciarlos hace que su precio sea casi el mismo en todos los mercados.

Yo supongo, basado exclusivamente en razones fonéticas, que el vocablo «commodity» significa «común» [common], es decir, «lo que no está diferenciado», lo que no es raro.

Pero también supongo otra cosa y es que «commodity» está vinculado lingüísticamente a «accommodation», es decir, «un lugar donde vivir».

Probablemente no sea casual (aleatorio, azaroso, fortuito) que en los países productores de alimentos y minerales (commodities), también padezcamos una mala distribución de la riqueza.

Si no es por mala suerte (casualidad) que los países productores de materias primas tengamos la peor justicia distributiva, entonces llegamos al lugar donde también ha llegado el sentido común: algo estamos haciendo mal los pueblos.

Naturalmente, quien piensa que existe el libre albedrío tratará de buscar culpables.

Quienes creemos en el determinismo podemos suponer que la misma naturaleza que ha puesto en nuestros territorios la generosidad de una tierra fértil y de un subsuelo rico, puso pueblos adaptados a una especie de «paraíso» («accommodation»), desmotivados para agregar mano de obra diferenciadora que le aumente el valor a sus productos exportables.

En suma: Si abandonamos las hipótesis de culpabilidad que sólo nos han traído gobiernos militares, persecuciones y dictadores, es natural que los vendedores de «commodities», que no hacemos más que «robar» lo que produce u oculta nuestro suelo, quedemos expuestos a que otros nos «roben» (exploten) sin que podamos evitarlo.

Artículo vinculado:

Ignorar para no sentirse culpable


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