
La tarea de introducir en la cultura a nuestros hijos, no es fácil.
Ellos funcionan según los impulsos que les da el instinto animal —del que todos estamos dotados— y los padres tenemos que inhibir muchos de esos impulsos para que se conviertan en personas civilizadas.
En esta molesta etapa, la tierna criatura se ve sometida a muchas contrariedades y los padres tenemos que desempeñar la antipática función de obligarlo a que coma, se vista, se calce, se lave, no toque algunos objetos e instalaciones, con la razonable pretensión de que llore lo menos posible, porque ese grito le destroza el sistema nervioso a cualquier adulto.
Aunque los adultos nos engañamos afirmando que la educación de nuestros hijos es hermosa, divertida y placentera, lo cierto es que nos cansa, nos quita calidad de vida y que tratamos de que otros la hagan (niñera, abuela, escuela).
Sin embargo, la primera infancia es la menos complicada si la comparamos con los requerimientos que nos imponen las etapas futuras.
En un resumen primario, se puede decir
— que nuestro instinto de conservación nos obliga a reproducirnos y
— que esta imposición del instinto nos somete a abundantes molestias, salpicadas con algunas satisfacciones, alegrías y momentos de descanso.
Cuando los niños crecen, demandan, piden, exigen, que le compremos ciertos bienes y servicios que sabemos que no deben serle entregados, al menos en las cantidades que ellos solicitan.
Muchas veces los padres nos tenemos que refugiar en el argumento (aunque sea falso), de que «no tenemos dinero».
Conclusión: La pobreza es una condición que nos ayuda en la difícil y antipática función de limitar algunos reclamos infantiles, sin sentirnos mezquinos por frustrar a nuestros propios hijos.
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