
El uso de la corbata entre quienes trabajan en el sistema
financiero, sugiere la racionalidad en la administración del dinero depositado.
Estaremos de acuerdo en que el dinero tanto
puede usarse con fines nobles como con fines innobles. Tanto podemos usarlo
para comprar lo necesario para vivir (alimentos, vestimenta, alojamiento), como
podemos usarlo para comprar lo necesario para matar (armas).
Otra distinción podemos hacerla pensando que
tanto podemos usarlo racionalmente como apasionadamente, tanto para estimular
la producción como para estimular los gastos superfluos.
Tanto podemos usarlo con una actitud austera,
para que produzca la mayor cantidad de beneficiarios, como con una actitud
derrochona, para que unos pocos lo despilfarren en lujos, vicios,
ostentaciones.
Nuestra mente está predispuesta a pensar que
del cuello para abajo se encuentran nuestros instintos más terrenales,
mundanos, hedonistas y que, del cuello hacia arriba (la cabeza, el cerebro, la
mente), se alojan las ideas, el espíritu, el arte, lo sublime, la religiosidad,
la inteligencia que nos ubica por encima del resto de los seres vivos.
Esta predisposición a pensar así no es más que
eso: un prejuicio. En realidad somos una unidad. La división cartesiana en
cuerpo y alma es una concepción indemostrable... aunque para quienes no pueden
vivir sin imaginar ese dualismo sería imposible abandonarlo.
Estas consideraciones prologan mi comentario
referido al uso de la corbata como prenda casi exclusivamente masculina.
Si bien es cierto que ese trozo de género
podría representar al pene, en cuyo caso no pasaría de ser un exhibicionismo
perverso, también parece indicar con más poder significante una separación
drástica entre el cuerpo inferior y la mente superior.
Obsérvese que el uso de la corbata es casi
obligatorio en el sistema financiero, donde a los depositantes se les está informando algo así como: «Administraremos su dinero
razonablemente, sin despilfarrarlo en vicios».
(Este es el
Artículo Nº 1.656)
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