martes, 6 de septiembre de 2011

El poder del pensamiento

«Querer es poder» piensan quienes creen en la desgracia provocada por una maldición y hasta prefieren empobrecer antes que ser envidiados.

Nuestra flexibilidad de criterio está al servicio de nuestro bienestar.

Gracias a esa elasticidad podemos aplaudir a un narcotraficante porque donó una estufa eléctrica en la escuela de nuestro hijo, podemos votar al peor político de nuestro partido y hacer campaña en contra del mejor político del partido opositor y tenemos leyes que no consideran delito que un padre oculte a su hijo delincuente.

Y ya que menciono a la delincuencia, los humanos podemos sentirnos identificados con un ciudadano poderoso, popular, rico utilizando el mismo grupo de sentimientos con el que desconocemos la condición humana de quienes están pupilos en los centros de reclusión (cárceles, reformatorios, manicomios).

Dicho de otro modo: nos identificamos con los prestigiosos y no lo hacemos con los menos favorecidos. Amamos a los ganadores y despreciamos a los perdedores. Reverenciamos a los temibles y «hacemos leña del árbol caído».

Cuando nos complace identificarnos con un semejante, podemos sentir sentimientos de hermandad hacia él. De hecho algunas religiones lo explicitan cuando se refieren a otros adherentes al mismo credo.

«Nada mejor que formar parte de una familia», dice la mayoría.

Efectivamente existe el convencimiento en que una familia es la mejor forma de agrupación.

Sin embargo en este grupo también ocurren circunstancias adversas que arrancan lágrimas de indignación en algunos integrantes.

Los celos entre hermanos son eternos y universales.

Y los celos se agravan con la envidia. Quienes saben lo que se siente por un hermano envidiado, jamás querrían recibir ese sentimiento.

Quien cree en la omnipotencia del pensamiento («Si deseo que alguien muera, morirá»), se horroriza de que alguien sienta por él lo que él siente por quienes envidia.

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10 comentarios:

Filisbino dijo...

Es el mismo grupo de sentimientos el que me hace desear la riqueza y aborrecer la pobreza. Pero a no confundir. No necesariamente es el mismo grupo de sentimientos el que me hace admirar a los ricos y despreciar a los pobres.

Evaristo dijo...

Sería bueno que Filisbino explicara un poco su interesante intervención.

Filisbino dijo...

Yo lo digo así porque soy un militante del pensamiento humano. Me gusta dejar las cosas a medio terminar para que el otro tenga que pensar. Un poco soberbio lo mío. Bueno, lo que decía es porque a un rico lo podemos admirar por sus logros, porque ha materializado lo que en nosotros no son más que deseos. El motivo para despreciar a un pobre, no tienen por que ser la contracara de la admiración. Creo que es inevitable que todos nos identifiquemos con los pobres, ya que todos alguna vez lo fuimos (cuando éramos pequeños y en completo dependientes de otros). Por lo tanto el desprecio hacia los pobres incluye al miedo. La admiración hacia el rico no.

Jorge dijo...

Discrepo con Filisbino. Mieres dice "reverenciamos a los temibles". En la admiración al rico está icluído el miedo, porque tememos su poder.

Osvaldo dijo...

Los de la minoría decimos que formar parte de una familia te puede llevar a la ruina. Pueden quitarte lo poco que te corresponde, hacerte el vacío y destrozar tu autoestima, aliarse con tus enemigos, intentar dirigir tu vida, enfermarte con sus manejos enfermos, alejarte de quienes realmente amas, expulsarte.

Rulo dijo...

Una vez puse a prueba lo de la omnipotencia del pensamiento, y nada. Me cagué de frío, no logré nada, fue uno de los peores días de mi vida.

Verónica dijo...

Estaba muy celosa de mi hermano, así que hice todo lo posible para que él me envidiara: me convertí en la hija perfecta. Pero él fue más lejos: se convirtió en el más imperfecto de los hijos y logró que lo quisieran aún más!!!
Imperdonable.

Marcela dijo...

Hasta que punto es un juego colgar una cintita roja contra la envidia?
Será posible que gente capaz de tener y mantener un auto (digo, gente que no es boba), crea que con una cintita roja ahuyenta la envidia?

Daniel dijo...

Cuando decimos "no creo en brujas, pero que las hay, las hay", además de referirnos a algún femenino odiado, estamos diciendo que le dejamos un espacio a la duda. Es como decir: mi razonamiento no me permite creer en esas tonterías, pero vaya uno a saber cuántas cosas se me escapan. Por eso, casi todos le dejamos la puerta abierta al disparate. En realidad es un signo de humildad, pero no deja de ser un punto débil porque nos exponemos a actuar siguiendo un derrotero de pensamiento alocado.

Estela dijo...

Nos falta rigurosidad en el pensamiento. Pero todo es muy difícil. Hasta los pensadores más rigurosos, aquellos que no dejan ni un hilo suelto en sus ensayos, dicen cada disparates...