sábado, 30 de noviembre de 2013

Hacer falta no significa faltar


Nos dan trabajo donde «hacemos falta» y no podemos ausentarnos, pues nos pagan por estar presentes y por no faltar.

Cuando decimos “Hace falta Fulano”, estamos queriendo decir que la ausencia de Fulano es notoria, perturbadora, problemática.

Tengo la sensación de que es una forma muy popular, pero a su vez muy poco clara, de expresarnos.

Si no pensamos qué quiere decir exactamente todo anda bien, pero si nos detenemos en el significado surgen dudas.

La palabra «falta» significa varias cosas parecidas:

— Carencia, escasez: «Falta de dinero; falta de lluvias»;

— Ausencia: «Falta el profesor; falta del florero que estaba acá»;

— Transgresión: «Fulano cometió una falta menor»;

— Error: «Falta de ortografía».

Estas acepciones podrían resumirse aun más para concluir que la palabra «falta» tanto sugiere ideas de «ausencia» como de «infracción».

La pregunta es: Si solo me darán trabajo donde ‘yo haga falta’, ¿me van a pagar por HACER ausencia o por HACER infracción?

Algo está fuera de lógica. No puede ser que «hacer falta» signifique «ser necesario».

Aunque, pensándolo un poco más, puede haber una forma de pensar que explique este sinsentido.

La familia Pérez-González está compuesta por María, José y Pedrito, hijo de ambos. Para que la familia esté completa deben estar los tres, la ausencia de uno nos llevará a decir: «Hace falta José», que es como decir: «Sin José la familia Pérez-González está incompleta». En otras palabras: hace falta quien forma parte obligatoria del grupo.

¿Dónde podemos conseguir trabajo? Solo donde exista una vacante, es decir donde un grupo esté incompleto por la ausencia de quien desempeñe cierto rol, porque sin esa tarea el equipo no produce.

«Hacer falta» es poseer la condición de imprescindible para completar un equipo.

Nos dan trabajo donde no podemos ausentarnos, donde nos pagan por estar presentes y por no faltar.

(Este es el Artículo Nº 2.079)


 ●●●

viernes, 29 de noviembre de 2013

La compra de necesidades


Personas iguales a nosotros hacen gastos para obtener problemas, dificultades, realizar esfuerzos o para exponerse a riesgos patrimoniales.

Aunque suene extraño, a veces pagamos para tener problemas.

En realidad lo poco frecuente es que alguien lo diga como yo acabo de hacerlo. Por ejemplo, cuando jugamos con algún juego electrónico podemos llegar a pagar cifras importantes en la compra de más niveles de dificultad.

Aunque es notorio que nunca es dicho de esta forma, cuando pagamos los costos de un club deportivo, estamos pagando para caminar en una cinta, para pedalear frenéticamente en una bicicleta sin ruedas y así cosas por el estilo.

Vuelvo al párrafo inicial y repito: a veces pagamos para tener problemas, dificultades, trabajos, para sacrificarnos, para sudar. En estos casos correspondería entonces modificar la condena bíblica para convertirla en «ganarás problemas con el sudor de tu frente», en vez de «ganarás el pan con el sudor de tu frente».

Como vemos, hasta cierto punto es normal la compra de problemas, es normal gastar dinero en la adquisición de dificultades, es conocida la compra de riesgos que realizan quienes practican juegos de azar.

Acá entramos en la puerta patológica de este tipo de compra de problemas.

Los juegos de azar son negocios negativos en los que, el (irónicamente llamado) inversor, compra posibilidades de suicidio patrimonial.

Las personas que compran pequeños o grandes problemas, son como nosotros. No son personas venidas de otra galaxia: son seres humanos que evalúan su proceder con un criterio diferente al que usamos nosotros para evaluarlos a ellos.

Así como nos parece bien que alguien pague la cuota de un club para ir a sacrificarse y nos parece equivocada la persona que hace apuestas en un casino, todos ellos opinan que están haciendo las cosas bien.

Solo cambian los puntos de vista.

Artículo temáticamente vinculado


(Este es el Artículo Nº 2.078)


●●●

jueves, 28 de noviembre de 2013

Relación entre vivienda propia y salud


En nuestro idioma están lingüísticamente asociados conceptos tan dispares como las enfermedades de mal pronóstico y la vivienda propia.

En otro artículo (1) les comentaba que, desde cierto punto de vista, las personas funcionamos con si fuéramos palabras cuya definición está compuesta por todas las opiniones que genera nuestra existencia.

Si esto fuera aceptable, como intenté demostrar en el mencionado texto, las palabras de nuestro idioma tienen una influencia especial en nuestra forma de ser, en nuestras creencias, en nuestras decisiones.

Claro que, así como en nuestra conciencia no está la idea de que somos palabras tampoco está la influencia que tienen las palabras en nuestra vida.

Todo lo que tiene que ver con el lenguaje funciona, según el presente punto de vista, a nivel inconsciente, esto es, funciona sin que lo sepamos, sin perjuicio de lo cual podemos elaborar hipótesis como estas cuya utilidad práctica también operará a nivel inconsciente.

Veamos el caso que justifica este preámbulo.

La palabra desahuciar (2) tiene los siguientes significados:

1 — Quitar a uno toda esperanza de conseguir lo que desea:
siento ser yo quien te desahucie de tus fantasías.

2 — Considerar el médico que un enfermo es incurable:
le desahuciaron sin atender a más pruebas.

3 — Despedir el dueño de un piso, local o finca a su inquilino mediante una acción legal:
lo van a desahuciar por falta de pago.

Como vemos, la palabra desahuciar tanto significa un mal pronóstico para nuestras expectativas en general y sobre la evolución de una enfermedad en particular, como ser expulsados a la calle de nuestra vivienda.

Con esta particularidad de nuestro idioma nos explicaríamos por qué es lógica la convicción según la cual quienes no poseen una vivienda propia se exponen a múltiples infortunios, pues la eventualidad de un desalojo está, lingüísticamente, asociada a la salud.



(Este es el Artículo Nº 2.077)


●●●

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La propina y su explicación psicológica


La propina reproduce la escena en la cual una madre-cliente le promete algún premio-propina a su hijo-mesero, para que este sea obediente.

Por propina entendemos “Dinero que se da voluntariamente aparte del precio convenido por algún servicio”.

Es un concepto que todos conocemos bastante bien. Solo una minoría de nosotros ha recibido propinas y sabe qué se siente cuando eso ocurre.

Si trabajamos en un restorán y nuestro trabajo consiste en llevar de la cocina a la mesa del cliente lo que este solicita, seguramente cobramos un sueldo pagado por el dueño de la empresa.

Aunque se acostumbra dar propina a los conductores de taxis, a los maleteros de los aeropuertos, a los botones de los hoteles y a otros servicios, el mesero de una casa de comidas es el trabajador ideal para lo que intentaré comentarles.

En el rubro gastronómico, ese pago voluntario que hace el cliente está tan fuertemente instituido que en la negociación salarial el empleador y el empleado lo toman en cuenta para que la remuneración total esté dentro de ciertos valores razonables para cada mercado laboral.

La cantidad de dinero que deja el cliente está en función de sus hábitos en esa materia pero, fundamentalmente, de su real disponibilidad de dinero.

Ese dinero que el cliente paga voluntariamente tiene, como contrapartida beneficiosa para él, que el mesero se esfuerce por realizar su mejor desempeño para estimular una propina más generosa.

Este ejemplo es el ideal porque ningún otro imita mejor el origen psicológico del fenómeno. Me estoy refiriendo a lo que hace una madre con su hijo para que este tenga buena conducta.

La propina reproduce la escena en la cual una madre-cliente le promete algún premio-propina a su hijo-mesero, para que este se porte bien, para que no la contraríe, para que sea obediente.


●●●

martes, 26 de noviembre de 2013

La deseable incertidumbre del capitalismo


La incertidumbre que nos provoca la vertiginosa dinámica capitalista puede ser un atributo deseado aunque conscientemente la rechazamos.

El día que algún ser humano logre crear otro ser humano partiendo de los minerales primarios, recién ahí podremos comenzar a pensar que sabemos algo de biología. Por ahora solo podemos hacer que un espermatozoide fecunde un óvulo fuera de un cuerpo femenino. Comenzaremos a saber algo importante cuando también seamos capaces de crear un óvulo y un espermatozoide partiendo de elementos minerales (carbono, oxígeno, hidrógeno).

Como para vivir sin tantas preocupaciones nos unimos a quienes aseguran que ya hemos tocado el techo tecnológico, tratamos de imaginar con pasión que nuestra medicina lo sabe todo y que, si aún sigue habiendo fallecimientos, eso se debe a un ligero atraso tecnológico que estamos a punto de superar.

Sin embargo, nuestra psiquis también demanda la incertidumbre, la inseguridad, lo incógnito. Quizá no lo haga a nivel consciente pero el cerebro no busca seriamente saberlo todo pues le teme tanto a la felicidad completa como a la muerte.

En alguna neurona tenemos la idea de que la paz completa, que la serenidad perfecta, que el bienestar continuo, se parecen más a la muerte que a la vida.

Es muy probable que el fenómeno vida dependa de un movimiento binario del tipo prendido-apagado, alto-bajo, alegría-tristeza, tranquilidad-intranquilidad, y así por el estilo. En suma: el fenómeno vida, como un reloj mecánico, funciona con un inaudible tic-tac.

En otros artículos de reciente publicación (1) he mencionado algunas posibles explicaciones de por qué el capitalismo se presenta como un sistema de convivencia más longevo que otros (socialismo real, nazismo, fascismo).

En este artículo les comento que la incertidumbre que nos provoca la vertiginosa dinámica capitalista puede ser un atributo deseado aunque conscientemente nos molesta tanto que la rechazamos.





(Este es el Artículo Nº 2.075)


●●●

lunes, 25 de noviembre de 2013

La transitoria salud del capitalismo

  
La actual longevidad del capitalismo podría estar explicada por el acierto para entender cómo somos los seres humanos realmente.

En artículos anteriores (1) he mencionado que, por ahora, el capitalismo está siendo una forma de organización socio-económica exitosa. Algo que le aporta salud al sistema capitalista es que está pensado para la interacción de las personas como son y no como deberían ser.

Desde mi punto de vista, el socialismo concibe a un actor inexistente en la realidad pero existente en la imaginación de los idealistas, entre quienes querrían que fuéramos generosos, honestos, tolerantes, solidarios, austeros, modestos,  comedidos, respetuosos, humildes, sencillos, moderados, entusiastas, disciplinados, serviciales.

Repito: el ser humano que imaginan los socialistas solo existe en la imaginación de los socialistas, pero no existe en la realidad. Peor aún: la mayoría de los ideólogos y promotores del socialismo no saben que ellos tampoco tienen las características necesarias para poder vivir en dicho régimen.

Por el contrario, el capitalismo concibe a un ser humano codiciosos, individualista, hipócrita, inescrupuloso, proclive a evadir las normas, amante del poder, cómodo, orgulloso, ladino, avivado, acomodaticio, bastante infiel a la ética y a la moral, hedonista, cobarde aunque puede arriesgarse cuando la ganancia es tentadora, corporativista y eventualmente también mafioso, bastante avaro si no fuera porque para triunfar como avaro hay que esforzarse demasiado.

En otras palabras, la (transitoria) buena salud del capitalismo podría estar explicada por su realismo y la (transitoria) mala salud del socialismo podría estar explicada por su idealismo.

La ambición suicida del capitalismo lo condiciona para estimular fuertemente los cambios tecnológicos que lo autodestruyen e inmediatamente lo recrean.

Como el sistema está expuesto a cambios tan repentinos y a veces radicales, seguidos de un reacomodo que parece haberlo tonificado, las profecías confiables son casi imposibles y la incertidumbre es el estado predominante.




(Este es el Artículo Nº 2.074)


●●●

domingo, 24 de noviembre de 2013

El capitalismo y el miedo a morir

  
Según parece, viven más (combinando cantidad de años con intensidad de vida), quienes menos evitan la muerte.

El fracaso del comunismo no determinó el triunfo del capitalismo. El sentido común dice que sí, pero el sentido común se caracteriza por ser muy convincente a la vez que falso.

El mayor desafío para el sistema capitalista empezó cuando perdió a su compañero fiel, el comunismo real de la Unión Soviética (1989).

Al quedarse solo, el capitalismo se enfrenta a una prueba de fuego. Desde 1989, todos los errores y horrores ocurrirán en este régimen. La felicidad también, pero eso no cuenta porque las buenas noticias no son noticias.

Desde mi punto de vista la mayor longevidad del capitalismo obedece a su vocación de muerte. Obsérvese que el comunismo se postuló como el sistema que siempre gobernaría el mundo. Lo mismo le ocurrió al nazismo: se postuló como eterno e inmortal y padeció muerte infantil.

El capitalismo es mortífero, despiadado, brutal, cruel, indiferente a la muerte precoz hasta de sus participantes más mimados. Los gobiernos serios y comprometidos con el capitalismo no practican el proteccionismo de los agentes económicos que desaparecen devorados por la competencia, la mala suerte, la impericia.

La propia doctrina capitalista no parece tener mecanismos de defensa extremistas y desesperados. El libre mercado deja actuar a lo que su principal ideólogo (Adam Smith) llamó la mano invisible.

La libertad de los agentes económicos llega al extremo de que pueden conspirar contra el propio régimen sin que nadie los detenga. Las leyes que regulan las transacciones protegen a los agentes económicos de otros agentes económicos, pero no hay leyes que protejan al sistema capitalista de otros sistemas.

Quizá con los individuos ocurra lo mismo: viven más (combinando cantidad de años con intensidad de vida), quienes menos evitan la muerte.

(Este es el Artículo Nº 2.073)


●●●