
Si una persona no puede soportar la idea de que algún día morirá definitivamente y esta constatación la atormenta al punto de volverle la vida insoportable, es probable que adhiera a alguna religión en la cual se promete seriamente que nada termina con la muerte sino que, por el contrario, recién ahí empieza lo mejor.
Si una persona no puede controlar la envidia que siente cuando observa que a otra persona le va mejor que a él, es probable que adhiera a alguna ideología que le asegure que es un error a corregir que algunas personas tengan más que otras.
Si una persona no puede controlar los celos que siente cuando supone que lo que considera de su propiedad está siendo usufructuado por otra persona, es probable que adhiera a alguna filosofía en la cual se considere que el verdadero amor debe incluir los celos como un rasgo saludable ya que su ausencia estaría denotando un desinterés propio de los desamorados.
En general suponemos que luego de sesudas cavilaciones llegamos a la convicción de que la verdad está en tal religión, en determinada filosofía, dentro de cierto partido político, pero el proceso es al revés: Adherimos a la ideología que mejor se lleva con nuestras características inevitables.
●●●