viernes, 22 de agosto de 2008

¡Combatid a los tiranos ya!

A las personas nos gusta que los demás tengan una conducta previsible pero simultáneamente nos gusta contar con la libertad de poder cambiar algunas promesas que hayamos formulado.

Cuando denunciamos que alguien es incoherente, lo que queremos decir en realidad es que está usando un derecho que desearíamos poseer sólo nosotros. Por ejemplo, siento ganas muy intensas de no trabajar hoy a pesar de que yo prometí venir 8 horas de lunes a viernes, pero me enfurece si a fin de mes el empleador no me paga en la fecha convenida.

Estamos todos de acuerdo con que la matemática es una ciencia difícil pero en realidad esta es una forma disimulada de decir que es antipática. No es que nos falte talento para comprender sus fórmulas sino que nos negamos a reconocer la legitimidad de un código tan insoportablemente coherente.

Y también nos llevamos mal con algunas indicaciones del maldito reloj. Queremos que la función teatral empiece en hora pero no soportamos tener que interrumpir el sueño porque a él se le ocurre hacer un ruido estridente.

Y que no decir del dinero que no solamente se lleva bien con la matemática (ya que siempre se está sumando, restando, dividiendo y multiplicando) sino que también es socio inseparable del reloj («El tiempo es oro»).

Una persona mentalmente sana tiene que llevarse mal con estos instrumentos de tortura que ha creado la imaginación maligna del ser humano: La matemática, el reloj y el dinero. Claro que como vivimos en una «dictadura de las mayorías», cualquier intento nuestro de rebelión será aplastado cruelmente.

Yo no lo intentaría.

●●●

17 comentarios:

Luis duardo dijo...

No es cierto: No quiero ser impuntual ni incoherente. Adoro las matemáticas y con el dinero me llevo de maravilla. Bórreme de su lista! jojojo

dulcinea dijo...

Nací fuera de época. Cada vez que miro esas pelis donde se recrean épocas pasadas, lugares campesinos, me lleno de nostalgia. Ahí debí nacer y no acá que es un infierno que me tiene gastada antes de tiempo.

alvaro dijo...

Tuve que cambiar el reloj despertador por recomendación del psiquíatra. Me estaban medicando contra el mal humor y el asunto se arregló con un sonido más dulce para despertarme.

gonzalo ferreira dijo...

Cuando la gente es antipática simplemente no la trato. A la matemática no la entiendo. (además de no ser gente)

celeste de los santos dijo...

Mi hija llora porque no entiende nada de matemática. La ayudamos pagándole un profesor privado. Sé que dentro de poco llorará tb pero no habrá profesor para entender a los hombres.

caridad dijo...

Sin embargo a mi me gustan las matemáticas porque confío en que todos los problemas tienen alguna solución, mientras que en la vida real la mayoría de las veces no.

eduardo dijo...

De niño odiaba que me incumplieran las promesas pero luego la vida me fue domésticando a los golpes.

mariela dijo...

Voy a tener que cambiar de empleada. La señora que viene a limpiar a casa es completamente imprevisible para guardar las cosas.

pablo dijo...

Lo que a mí me vuelve incoherente es que estoy cambiando de parecer con mucha frecuencia. Algunos amigos no se la bancan pero no puedo hacer nada en contra de eso.

gonzalo bermúdez dijo...

Mi reloj está bien educado: es flexible para mí y rígido para los demás.

mariana dijo...

Adoro la matemática porque es perfecta y el dinero por todo lo que me permite hacer, en cuanto al reloj, estamos negociando.

carolina dijo...

Andar siempre contra reloj me pone muy nerviosa ¡me gustaría guiarme por la posición del sol! Y si está nublado, día libre!

jorge dijo...

Mi dinero todavía no aprendió a multiplicar.

lautaro dijo...

Estamos presos de lo que hemos creado, por eso no nos podemos revelar.

susana dijo...

Me gustaría que mi esposo me sorprendiera con algo agradable. Estamos pasando una mala racha y por ahora las sorpresas vienen siendo temibles.

juan manuel dijo...

En el laburo nos acordamos de que el reloj está adelantado a la entrada pero a la salida siempre está en hora.

roque dijo...

Nuestro clima es tan imprevisible que han llegado a calificarlo de antisocial