
Antiguamente las monedas valían por su valor intrínseco. Valían por el metal que contenían. Las más valiosas eran las de oro, luego seguían las de plata, cobre y hierro.
Como no era fácil saber qué contenían realmente, los más sagaces estafadores empobrecían el valor real conservando el valor aparente para quedarse con la diferencia. Por ejemplo, si recibían monedas de oro puro, se las ingeniaban para fundirlas y volver a acuñarlas pero agregándole plata. Últimamente la proporción de oro era casi insignificante.
Como este deterioro sobre la moneda estaba complicando el uso de las monedas porque cada vez había menos comerciantes que las aceptaban, se crearon instituciones que se responsabilizaron de acuñar monedas confiables. Así fue como aparecieron los bancos emisores. Una vez creadas estas instituciones, los agentes económicos pudieron volver a confiar en las monedas y el comercio recobró el dinamismo perdido.
Modernamente esos bancos tienen que aplicar más y más tecnologías para evitar que los billetes sean falsificados por cualquier inescrupuloso propietario de una imprenta. Aún así, siempre aparecen billetes falsos que perjudican a los menos observadores.
Una práctica que conservan incluso los ciudadanos más honestos, es elegir los billetes más nuevos para pagarle a quienes aprecian (proveedores simpáticos) y los billetes más deteriorados a quienes menos aprecian (proveedores antipáticos).
Los siglos pasan, pero los seres humanos conservamos algunas características sin modificar.
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