sábado, 17 de mayo de 2014

A mí no me va a pasar



 
En este artículo comento algunas hipótesis de por qué usted, yo y el resto de la gente, disfrutamos con el mal ajeno.

La inagotable desigualdad es una fuente inagotable de noticias.

La desigualdad provoca atracción por varios motivos:

1) Porque nos excita la envidia, en tanto algunos están mejor que nosotros;

2) Porque nos alegra saber que otros están peor, por aquello de «Mal de muchos consuelo de tontos» y además, porque nos alegra saber que provocamos envidia;

3) Porque nos alegra saber que otros están peor, por aquello de «Ver las barbas del vecino arder y poner las propias en remojo», es decir, con la desgracia ajena podemos tomar precauciones;

4) Porque por medio de la identificación sentimos que el otro es «igual» a nosotros, pero resulta que el dolor que nos produce la desgracia ajena nos parece perfectamente tolerable. Entonces, la desgracia ajena nos provee una experiencia de insensibilidad, de fortaleza, de estoicismo.

Esta actitud está presente desde la más tierna infancia. Los niños disfrutan observando cómo otros lloran porque son castigados y, hasta donde pueden, colaboran denunciando a los amiguitos para disfrutar con el espectáculo de los rezongos y golpizas a hermanos o amiguitos.

En suma: usted, yo y el resto de la gente, disfrutamos con el mal ajeno, siempre y cuando no resultemos perjudicados. Si no conocemos estas particularidades humanas quedamos expuestos a participar en vínculos equivocados y a comunicarnos con sobreentendidos falsos.

Creo que es útil saber lo lindo y lo feo, de nosotros mismos y de los demás. Aunque los tragos amargos son desagradables para todo el mundo, peor es sufrir las pérdidas que generan la ignorancia o la ingenuidad.

(Este es el Artículo Nº 2.198)