
Esta suposición ha provocado el enojo de personas que saben por experiencia propia la tremenda mortificación que produce la depresión y suponen que es una ligereza de mi parte suponer que alguien puede tener algún motivo para no querer curarla cuanto antes.
Mi declarada enemistad por el «sentido común» no es caprichosa. Los motivos ocultos por los que alguien toma determinadas decisiones visiblemente perjudiciales, caen fuera de la sabiduría popular y de la lógica racional.
Habría un motivo para generar o mantener la pobreza, tan descabellado como la resistencia a la cura de las depresivas que por esta dolencia se saben (inconscientemente) seductoras ante ciertos hombres.
Por el mismo motivo amoroso de las depresivas, la pobreza genera entre muchas personas el maravilloso sentimiento de solidaridad.
Ya he repetido muchas veces que la doctrina cristiana promociona la pobreza por diferentes motivos pero el amor que circula entre personas que están solidarizadas produce un deleite muy difícil de abandonar.
El principal motivo por el que no se lo quiere abandonar es porque el sentido común no lo tiene asociado con la pobreza material. En general, quienes disfrutan de vínculos solidarios, suponen con optimismo que los participantes del fenómeno son personas naturalmente buenas, bondadosas, que aman incondicionalmente.
En ciertas circunstancias, los seres humanos somos solidarios y en otras no. Depende en gran parte de las circunstancias. La escasez de recursos materiales es un factor predisponente a la solidaridad, ésta incluye un sentimiento muy agradable y propongo que inconscientemente muchas personas no quieren abandonar la pobreza porque intuyen que si lo hicieran perderían las deliciosas sensaciones de la solidaridad.
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