
Si una persona aislada se jacta de que sabe mucho de matemática o que es un excelente intérprete de violín, todos desconfiamos de su salud mental.
Por el contrario, si todos juntos decimos que somos la especie más perfeccionada, la más poderosa, la dueña del planeta, seguramente guardaremos un respetuoso silencio de aprobación.
Coherentes con la veleidosa creencia de que somos seres superiores, nos dedicamos a enmendarle la plana a la naturaleza. Hacemos correcciones, alteraciones, «perfeccionamientos».
Nuestro cerebro no es tan eficiente como para permitirnos diferenciar lo que somos de lo que nos gustaría ser.
En el artículo titulado Un ratón es más perfecto que un mouse comentaba que las naciones podemos organizarnos con criterio liberal (capitalismo de mercado) o con criterio socialista.
Es un hecho constatable que la mayoría de los países aceptan el criterio liberal.
Una posible explicación de esta predominancia podría ser que estamos comenzando a aceptar que la naturaleza propone (e impone) un orden mucho más perfecto que el que veleidosamente inventamos los humanos.
El liberalismo (capitalismo de mercado) supone que la naturaleza debe funcionar lo más libremente posible para que la armonía y el bienestar sean posibles y sustentables (duraderos).
El socialismo por el contrario parece pensado con un máximo de arrogancia porque supone que todo puede ser organizado, planificado, decretado.
Se da una paradoja que dificulta aceptar esta propuesta: Los regímenes liberales son más ricos que los socialistas y en muchas personas existe el prejuicio de que los ricos son jactanciosos y los pobres modestos.
Quizá valga la pena rever esta creencia y probar otra: los ricos son eficientes y los pobres son ineficientes.
(1) Acá mando yo
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