
Nunca (dije: nunca) oímos decir: «mi forma de pensar hace que este problema parezca complejo».
Podría darse por sobreentendido dirá usted, pero déjeme decirle que se hacen muchas aclaraciones sobreentendidas menos ésta.
Los rompecabezas son juegos que permiten entretener a grandes y chicos, individual y colectivamente.
Todas las figuras del cuadro que tenemos que armar están compuestas por más de una pieza. Por ejemplo, es difícil que el ojo de una cara esté en una única piecita.
Con los más complejos (compuestos por miles de piezas), es clásico que nos surja la duda sobre si no nos faltará alguna.
Cuando nos ponemos a analizar un problema (por ejemplo, cómo hacemos para pagar lo que debemos) nos enfrentamos a una especie de rompecabeza.
Es un defecto mental lo que convierte un problema normal en un problema de difícil solución.
Imagine dos científicos ubicados en diferentes partes del planeta que casualmente están tratando de resolver el mismo problema (por ejemplo, la causa de una enfermedad).
Uno de los científicos dispone de todos sus recursos personales mientras que el otro está tullido, inmóvil, acostado en una cama y depende de que muchas personas le traigan información para hacer su investigación.
La diferencia esencial entre ambos es que el primero puede observar el fenómeno completo mientras que el otro no tiene más remedio que trabajar con pequeños fragmentos del fenómeno.
Casi todos analizamos los problemas (los fragmentamos en trocitos) y por eso siempre nos rompemos la cabeza hasta con el fenómeno más sencillo.
Casi todos somos tullidos intelectuales.
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