
Hace poco leí que una de mis artistas predilectas (Björk, nacida en Islandia en 1965) dijo que «El fútbol representa el esfuerzo de once espermatozoides tratando de fecundar un óvulo».
La idea vale para los demás juegos donde los puntos se obtengan introduciendo una pelota dentro de un arco, aro u hoyo.
Tomo estas ideas porque soy un convencido de que las únicas «misiones» del ser humano consisten en lograr la supervivencia propia y la de la especie.
Incluyo estas ideas en este blog porque es asombrosa la cantidad de dinero que circula en torno a estas competencias.
Suponiendo que no existen transacciones ilegales ocultas detrás de las ligas, federaciones, clubes, intermediarios y deportistas por los que pasan esas grandes sumas de dinero, cada billete sale del bolsillo de algún trabajador.
Los canales afluentes a ese océano de dinero provienen sobre todo de entradas vendidas y de la venta de imagen, ya sea por la publicidad como por los derechos de televisación.
No puedo (al menos por ahora) ir más allá de un simple enunciado del fenómeno. Carezco de explicaciones que pudieran contribuir a entender la pobreza patológica.
El hecho —en pocas palabras— es que los trabajadores pagamos directa o indirectamente parte de nuestro dinero para ver una teatralización de esa lucha por fecundar (hacer goles, tantos, puntos) el óvulo y engendrar un nuevo ser (ganar un campeonato).
Sin duda el dinero es algo muy tangible pero lo ganamos y lo gastamos por motivos que en gran medida son metafóricos (simbólicos, teatrales).
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